El sueño


Desde pequeño guardaba en su bolsillo un sueño recurrente. El mismo que acariciaba a escondidas, girándolo con la punta de los dedos cuando nadie lo miraba.

Darle vueltas le proporcionaba la tranquilidad necesaria para afrontar momentos incómodos. Desde las remotas preguntas del profesor al más reciente apilamiento de facturas y otros retrasos.

Era como partir a un viaje secreto, en los que la brisa le daba en la cara, sacudiéndole todo el moho de los sinsabores cotidianos. A su alrededor apenas notaban nada, algo así como unos segundos de ensimismamiento, una ráfaga de ausencia, y poco más.

El sueño fue cambiando con los años, ganando en matices y concreciones. Recurrir a él era ya como volver a casa y sacarse los zapatos para, aliviado de ropa, tumbarse cómodamente en el sofá de siempre, adaptado ya al peso y las formas de su cuerpo cansado.

Tan cómodo era que, una tarde, se entretuvo más de la cuenta. Se dejó dormir hasta desaparecer, sospechamos que envuelto en su propio sueño, el de siempre.

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