Valores, ¿para qué?


Cuando hablamos de educar en valores, después de apartar todo el humo metodológico de educación transversal y toda esa verborrea que suena tan tecnócrata y culta, ¿de qué estamos hablando realmente?

Educamos para la paz, por la igualdad, en contra de toda violencia… Cumplimos todo el calendario de onomásticas políticamente correctas… y luego, ¿qué?

Discursos aparte, los valores no entran con palabras, son de ese tipo de cosas que las mamamos de pequeños o nos cuesta mucho pillarlas más tarde. Esas formas de actuar, razonar, posicionarse que, para ser más exactos, se imitan, se respiran en la familia, la escuela, el medio social, el grupo de iguales…

Sospecho que pocos padres no afirmarían que desean que sus hijos sean buenas personas. Pero, sin ánimo de ser catastrofista, ¿se sobrevive en este medio que habitamos siendo buena gente?¿Los conceptos de bondad, honradez, sinceridad de nuestros abuelos en qué se parecen a los de nuestros padres? ¿Queda algo de ellos en nuestra vida cotidiana?

El mundo cambia, sí, pero desde hace unas décadas lo hace de un modo frenético. Mucho más aceleradamente de lo que podíamos soñar anteayer.

Durante siglos, los valores y habilidades que se transmitían de padres a hijos eran herramientas útiles para manejarse por la vida. De una generación a otra siempre se producían cambios, claro, pero eran más sutiles que reales.

Si echamos una mirada a Canarias, vivió siglos inmersa en una sociedad rural, repartida en pequeños grupos de población, en los que apenas destacaban uno o dos en cada isla, por comarca, donde se centralizaba la actividad comercial. Con el boom turístico y de la construcción, cambiaron nuestros hábitos, nuestra cultura… un fenómeno imprescindible para adaptarse a los nuevos tiempos, para sobrevivir en las nuevas realidades. Mucho más si atendemos a la aparición de todas las nuevas tecnologías: las domésticas, de transporte y de comunicación. Los cambios metamorfosearon también nuestros valores, los códigos y habilidades sociales necesarios para manejarse por estos nuevos mundos que evolucionan como los pokemon, a ritmos desorbitados.

Por si fuera poco, en medio nos pilló un cambio de sistema político. Pasamos de la dictadura a la democracia formal y entramos en catarsis. De la educación con vara y tarima nos fuimos a la creencia de que mi niño es el centro del universo. Y claro, que no me lo toque nadie. De la sumisión del menor, al niño tirano.

Visto lo visto, no sé si valdrá la pena redefinir los valores, pues cabe una alta probabilidad de que, acabado semejante esfuerzo, ya queden caducos. Por el contrario, se me antoja posible y deseable buscar y definir aquellos que perduran o deberían mantenerse en el tiempo. A bote pronto, se me ocurren unos cuantos: honradez, esfuerzo, sinceridad, control emocional, no violencia, empatía…

Aunque claro, en lo que no hay cambios es en el único canal de transmisión eficaz: el aprendizaje vicario. O sea, que o nos ven practicarlos día a día o no habrá manera de engañarlos para que los integren en sus vidas.


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