Extraña emoción ésa del odio. No sé si alguna vez la sentí. Conozco la rabia, la frustración, la ira, la impotencia… y otras muchas poco recomendables, pero el odio se me escapa. Quizás sea por puro gandulismo, porque siempre lo imaginé un sentimiento pesado, un lastre que daña más a quien lo carga que a quien lo recibe. Ni siquiera la prohibición católica me invitó a probarlo. La rebeldía no me pudo tanto.
Aunque muy de vez en cuando aparece alguien que me hace entender los boleros, jamás comprendo esas canciones desgarradas que hablan de rencores eternos y odios viscerales, presuntamente por amor. Hay contradicciones a las que, sencillamente, no alcanzo.
Por más vueltas que le doy, no lo entiendo. El egoísmo, por ejemplo, es el motor de las mayores ruindades que azotan desde siempre a esta humanidad nuestra, pero conserva el instinto de autoconservación, exagerado por definición. El odio, en cambio, lleva a sus portadores a autolesionarse, a sacrificarse a sí mismos o a quienes, se supone, más quieren en un afán patológico de machacar a su contrincante.
Si hay que ponerse de mal humor, práctica poco aconsejable aunque muchas veces inevitable, yo prefiero la indiferencia. Siempre me resultó más cómoda y ligera, prima hermana del olvido. Qué rico el olvido, tan higiénico él, como decía Benedetti.

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