El relato, el guiri y la legítima turismofobia

Recuerdo que fue en Puerto de la Cruz, hace décadas, cuando sentí por primera vez la altísima presión turística. Una procesión católica se abría paso entre tiendas de souvenirs y terrazas abarrotadas de rubitos centroeuropeos ahogándose en jarras de cerveza. En aquel momento pensé que se daba una suerte de sincretismo, donde sobrevivían distintas formas de estar en el territorio. Poco después comprendí que más que sobrevivir, una aplasta a las otras, pura turistificación que se extiende por todos los rincones de Canarias. Ni el barrio obrero en el que crecí se libra ya de la quema.

En el Puerto estaba precisamente hoy, leyendo los relatos de Elena Correa, Niñas sucias, ambientados en este contexto de saturación de esta industria que factura bien lejos, dejándonos sólo trabajos basura y residuos, devorando territorio…

Justo leía el relato Los ingleses, protagonizado por una joven que soporta abusos de turistas en su trabajo como camarera de piso en un hotel. Lidiando, entre los más suave, con que se diviertan mojando entre burlas a quienes trabajan en las próximidades de las piscinas.

En esas estaba, sentado en el muelle de Puerto de la Cruz, cuando alguien se lanzó al agua a mi lado y, literalmente, me empapó (cara, cuerpo, gafas, libro…). Fue como una inmersión en el texto que leía, como esas fantasías cinematográficas donde los personajes salen de las pantallas, pero al revés.

Primero pensé que habría sido algún adolescente inconsciente. «Ya estamos», me dije. Pero no. Para mi asombro, se trataba de un centroeuropeo entrado en años que llevaba un rato sentado a pocos metros de distancia.

Obviamente, esto me molestó más, pero me pudo el maldito complejo de colonizado para reducir mi reacción a rumiar algunos exabruptos, sin intención siquiera de ser escuchado.

Lo peor vino después, cuando el tipo se lanza a la marea por segunda vez ocasionando los mismos efectos. Sí, me empapó de nuevo.

Esta vez, esperé a que saliera y le hablé desde donde estaba. «Hola», «oye»… pero nada. El personaje miraba al infinito y no me hacía ni caso. Llegué a pensar si era sordo o ciego, la verdad. Ante la sospecha principal, que fuera imbécil, me acerqué y, con un tono sorprendentemente educado, le dije que si no se había percatado. Hasta ahí, porque me interrumpió, sin mirarme a la cara, repitiendo como un mantra: «No quiero hablar contigo. No quiero hablar contigo. No quiero hablar contigo…», en un castellano de acento extranjero. Encima lo hacía de perfil, ni siquiera me miraba. Como si no fuera merecedor de ser atendido, mucho menos reconocido.

No sé de donde saqué la calma. Me sorprendía al escuchar mi propio tono y mis palabras, sin pronunciar ninguno de los miles de insultos que me bombardeaban la cabeza. Le repetí: «Quizás no te has dado cuenta, pero me has mojado en dos ocasiones. Debes tener más cuidado, porque fíjate, no estás solo aquí». Todo eso, mientras él seguía repitiendo su mantra con desprecio, sin mirarme.

Insisto, que no sé porqué ni cómo le hablé con esa parsimonia, con ese tono entre educado y condescendiente, como quien le habla a un chiquillo, si bien mi cabeza me invitaba a llamarlo tronado guiri de mierda, vuelve a la puta tierra de donde saliste. También, confieso, con muchas ganas de escacharle la cabeza, pero no he dado ni una piña en 61 años y hoy tampoco era el día de cambiar la tendencia, la verdad, a pesar de lo mucho que lo deseara.

Este negocio depredador, potenciado por las administraciones locales que cínicamente se inflan con discursos de canariedad, consigue aplastar estas islas con más de 18 millones de turistas al año (el doble que Brasil y otros destinos históricos que multiplican por mucho el territorio de este archipiélago) y que, como el de hoy, no vienen a conocer el lugar ni a quienes lo poblamos. Creyéndose dueños y señores, nos tratan con el mayor de los desprecios. Por eso, no se trata de turismofobia. Es pura defensa propia. Hace tiempo que superamos todos los límites, o guiris o Canarias.

O sí, esta invasión genera una lógica reacción fóbica de pura supervivencia.

Y no, nunca sabré si el tolete de hoy era un arrogante o simplemente idiota. En cualquiera de los casos, no nos correspone soportarlos. Mucho menos para que sigan enriqueciéndose unos señoros a miles de kilómetros de aquí.

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