masculinidades fracasadas

No soy partidario de los adjetivos con los que insisten en acompañar al sustantivo masculinidades. Intencionadamente o no, ocultan una distinción entre supuestas masculinidades buenas y malas, dejando casualmente a salvo a quienes las enuncian.  Así y todo, admito que al reencontrarme estos días con la noticia sobre violaciones con sumisión química no tardó en venirme la expresión «masculinidades fracasadas«, con la que bromeábamos en los corros de un foro reciente sobre violencias machistas. Aunque en este caso, confieso, también me valdría «el timo de masculinidad»

Alguien que para tener un encuentro pretendidamente erótico precisa de manipulación química -no lo sabe, lo patético es que no lo sabe-, lo que genera no tiene nada que ver con la erótica. Ni siquiera con lo que popularmente se llama sexo o sexualidad. El sujeto que realiza semejantes prácticas intenta cumplir un ridículo mandato de la masculinidad hegemónica para aparentar lo que no es y, encima, a costa de cosificar/drogar/agredir a terceras personas: alardear cuantitativamente de encuentros y parejas, en la simplona creencia de que más es mejor. Objetivo que, obviamente, nada tiene que ver con Eros, mucho menos con la seducción, sino que está directamente relacionado con el poder, con la proyección de una imagen artificial sustentada en mandatos tan irreales como la presunta insaciabilidad y descontrol del deseo de los varones, eso que llamaban libido y parecía estar en la base de lo que consideran virilidad. Invento biologicista dirigido a justificar agresiones, tiñéndolas de irracionales e incontrolables, y que va siempre acompañado de la estúpida creencia en la ausencia de deseo de las mujeres. Ellas, por tanto, estarían al servicio de la satisfacción de ellos (quienes siguen en estos postulados ni siquiera han digerido la revolución sexual de la segunda mitad del XX, que si bien no fue tan tan reliberadora, sí que ayudó a dar unos pasitos necesarios).

De la artificialidad y objetivo real de estas prácticas habla la necesidad que tienen sus autores de relatar sus malas mañas en grupos de wasaps u otras redes más públicas, donde llegan a elaborar tutoriales de sus modus operandi. Las llevan a cabo para un público que no está presente en su ejecución, pues no tiene que ver con las mujeres a las que agreden. Su única finalidad es ser validados por el grupo de varones a los que consideran sus iguales y de quienes esperan su bendición o, incluso, su aplauso. Como explica Rita Segato, son los varones que dudan de su masculinidad, de «dar la talla», quienes precisan de estos refuerzos. Varones que cargan miles de inseguridades y frustraciones sobre quienes son y el lugar que ocupan en el mundo ante la imposibilidad de cumplir con las exigencias de la masculinidad hegemónica.

No olvidemos que para que alguien obtenga el éxito individualista que nos exigen por haber nacido con pene, en cualquier ámbito de la vida (económico, deportivo, laboral, emocional, académico, político…), el resto tendremos que fracasar. Los fracasados seremos siempre mayoría.

Volviendo al caso, resulta obvio que si para aparentar ser un seductor (más allá de la dudosa idoneidad del objetivo en sí mismo) tienes que recurrir a engañar y drogar, no es precisamente seducir lo que estás haciendo. No sólo no estás viendo a la otra persona, tampoco ella te ve ni mucho menos elige estar contigo.

Seré más claro: si para tener un encuentro con alguien tienes que engañarla y drogarla en contra de su voluntad, más que presumir ante otros trogloditas (heterosimios*), deberías empezar por revisar el concepto que tienes de ti mismo, que te consideres indeseable para nadie.

Si tu objetivo fuera netamente mecánico, la mera consecución de placer sin que medie un Otro, obviamente existen miles de posibilidades que no pasan por la agresión, que no precisan del uso de otro cuerpo carente de voluntad por la sumisión química.

El encuentro erótico es otra cosa. Precisa del reconocimiento de un Otro. Un otro al que ver, escuchar, reconocer… Un otro que nos vea, escuche, reconozca… Supone un compartir, más allá de fluidos, que también. Precisa de voluntariedad, de confianza y, sobre todo, de deseo. Un anhelo de fusión imposible, de saberse acompañado en el deambular por los abismos de estar vivo. Aunque sea por un instante. Va de perder el control, no de imponerlo. 

Ese vacío que tienes no se rellenará jamás machacando a nadie. Así no va. Tampoco dependiendo del golpito en la espalda de tus bros de turno.

Lo masculino y lo femenino son categorías culturales que responden a roles funcionales para la economía (productividad y espacio público versus cuidados). No existe lo masculino ni lo femenino en estados puros, porque todos somos seres peculiares, biográficos, combinaciones únicas de biología, experiencias, culturas… que contenemos características de todas las categorías, más allá de que nos identifiquemos y construyamos una identidad en torno a alguno de estos conceptos, u otros.

Intentar ser el machirulo que creíste debías ser es tu propia opción. Por alcanzar ese objetivo te perderás muchísimas cosas maravillosas de la vida y asumirás riesgos aparejados a las actividades que se asocian a los varones. Pero no olvides que está de tu mano salirte del guión. 

Esta noticia pone también de relieve la inutilidad del enfoque punitivista. Cómo el agresor es plenamente consciente del carácter delictivo de su comportamiento y, lejos de evitarlo, intenta sortear los controles legales sin más escrúpulos.

Otra reflexión a la que me lleva esta información es a las coincidencias entre machirulismo y nuevos fascistas. Por una parte, ambos niegan el género al tiempo que exaltan la masculinidad más casposa. Por otra, los dos parecen necesitar de la exhibición pública de sus violencias, desde las barbaridades de Trump a las exaltaciones de las violaciones en foros misóginos.

En estas elucubraciones estaba cuando saltó la noticia de la denuncia a Julio Iglesias. Más de lo mismo. Otra representación de masculinidad exitosa que extiende sus raíces en la violencia.

(*) Pillo prestado el palabro a Thais y Vivi, mientras sigo a la espera de que lo desarrollen convirtiéndolo en representación artística, performance… y otros artilugios que delaten semejante forma esperpéntica de habitar el planeta.

javierlópex

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