con todo

Con las zapatillas viejas

el olor de los armarios

los mantras de las iglesias

el vacío

 

El estruendo de los voladores

las fiestas de mis barrios

la mano de mi padre

el salitre pegado al cuerpo

 

El reggae, Bob Marley y mi adolescencia

las siete estrellas

las cuestas de La Isleta

ida y vuelta a Las Canteras

 

El caballo del Guernica

las pelis del Oeste

los sábados por la tarde

el nogal de La Longuera

 

Las resacas, los insomnios

el niño asustado a las puertas del cole

los segundos que separan la roca y el mar

Bakunin, Marx y otros desencuentros

 

Los encuadres que busco

los que encuentro

los que me asaltan

Benedetti

 

La arena entre los dedos

los pies de barro

los desamores y otras páginas amarillentas

las escaleras de colores

 

García Márquez

mi soledad, que no es tanta pero reconforta

los futuros inciertos

 

Los portazos que di

los que reprimí

 

La playa

una

cualquiera

La bruma lagunera

 

Los sueños

las incredulidades

los trucos para seguir

 

Saulo

Torón y el otro

Alonso Quesada

la oda al cuerpo de Rivero

mi gastritis y mi colesterol

 

La curiosidad, toda

Las inseguridades, muchas

Las arrogancias, pocas

 

Los mitos de los hernández

los de los lópez también

 

Los abrazos que no me dieron

Los semáforos que me salté

 

Cortázar, Borges, Kundera

 

las clases de las que me fugué

las gradas de la cancha de mi viejo instituto

Todo lo que me queda por leer

 

Los partidos que perdí

los que no jugué

los besos que inventé

las músicas que no bailé

las que olvidé

 

Todo lo que me sé

y el que me desconozco

 

Aquí estoy

con todo

contigo

 

javierlopex.com

el fumador

Cuando lo conocí todavía era legal fumar en los bares. En un local oscuro con jazz en directo, la escasa luz y el humo daban ese ambiente cortaciano de bohemia trasnochada. Su barba desaliñada y sus pelos largos se mezclaban con el vaho y el humo que transpiraba. Era un hombre alto, desgarbado, con aspecto atormentado. De esos que pretenden resolver todas su preguntas en madrugadas alcohólicas de tertulias eternas.
Fue una de esas noches que acabamos juntos. Repetíamos prácticamente la misma ruta de bares cada fin de semana. Ya nos habíamos visto antes, compartiendo reflexiones y análisis etílicos entre amigos comunes. Sinceramente, me daba igual quién tuviera razón en aquellas discusiones infinitas sobre síncopas o estilos literarios.
La misma noche coincidimos en la cola del baño y, casi seguidamente, en la barra, haciendo aspavientos para que la camarera nos sirviera otra copa. No recuerdo qué me dijo, seguramente ni lo entendí. Sí recuerdo sus dedos largos y secos haciendo pinza para sujetar el cigarro, al tiempo que agitaban el vaso cliqueando los hielos. Minutos más tarde, cuando le dije que no escuchaba nada, que me asaba de calor allí dentro, esos mismos dedos de olor a tabaco revolvían mi pelo mientras nos besábamos en la calle. Esas manos manchadas de nicotina me sacaron una a una cada prenda de ropa, hasta acabar desnudos retozando por los rincones de mi casa.
Aquel cuerpo huesudo me transportó durante varios fines de semana a ese lugar donde no existen las dudas, donde no se formulan preguntas graves. Lástima que no dura más que un instante, hasta que el resuello reoxigena el cerebro y éste se empeña en entender. Quizás por eso repetíamos como posesos, para recaer rendidos de agotamiento.
Los cuerpos fueron cada vez menos desconocidos, los encuentros perdieron poco a poco la magia del descubrimiento. El olor a tabaco se adueñó de cada habitación de la casa y supongo que la nicotina se me antojó rutina.
En uno de aquellos regresos a la conciencia, cuando repitió el ritual de hacerse un cigarro, sin saber bien porqué, le propuse que fumara fuera, en el patio. No contestó. Se vistió y se abrigó bien, hacía frío afuera.
Mi casa tardó unas semanas en recuperar el olor a “mi casa”. No volví a sentir los dedos largos de aquel hombre seco.

banda sonora

Lo hice adrede. Jamás compartí con ella ninguna melodía. No sonaba música en mi casa cuando me visitaba, ni siquiera para amenizar la coreografía de nuestros cuerpos enfrascados en el sudor y el sexo. Nunca fuimos juntos a ningún concierto, solo escuchábamos noticias y tertulias en las radios de los coches

Lo decidí incluso antes de conocerla. Cuando me di cuenta de todas las músicas que me habían arrebatado los amores que archivé, los que me empeñé en olvidar para no revivir más desencuentros.

Cada relación estaba asociada a una banda sonora, melodías que insonorizaba para pasar página, para superar el duelo de los desamores sucesivos.

Así, una a una se fueron llevando a Bob Marley, a Supertramp, a Queen, a Silvio y a Pablo, a toda la Trova junta, a Víctor Jara y al resto de cantautores… Con otras se fueron ACDC, la Polla Récord, Kortatu…  También Radio Futura y el pop de los 80. Beethoven, Mahler, Stravinsky, Satie… Ellos también me abandonaron, se marcharon con ellas. Vetusta, De Pedro, Altraste, el Kanka… Todos y cada uno se largaron. Como bienes gananciales a los que no tuve derecho ni parte.

Por eso, fue por eso que decidí no volver a compartir ni un acorde más, no caer en la trampa de anclar ritmos con guiños ni afectos.

Fue entonces cuando apareció ella, que también acabó marchándose. Y con ella, el silencio. 

A este lado del océano

A este lado del océano

flanqueadas por hambres ancestrales

guerras subvencionadas

trampas financieras

fascismos realimentados

naufraugios anunciados

gobiernos tramposos

entrampados

horizontes de torres petrolíferas

y turistas de cartón piedra

 

Con presupuestos que lo legitiman todo

y democracias trileras

 

A este lado del océano

chapoteamos

y nos celebramos

 

Sin mirarnos

Sin creernos

Sin querernos

 

A lo peor no lo saben

A lo peor no lo saben. Veo a esas niñas disfrazadas de novias, a niños engominados ataviados de cantantes de verbenas de los setenta, cargados de regalos, a sus padres, madres y demás familiares sacando fotos a las puertas de iglesias, en parques y plazas, en restaurantes ruidosos de mesas abarrotadas.

A lo peor no lo saben, pero siguiendo los rituales de la iglesia católica -o de otra-, con esas catequesis de años, con los mantras sacramentales, están inculcando a sus hijos mensajes que bien deberíamos ir desechando. Por evolucionar, digo, solo por eso.

Con esas tradiciones, casi sin querer, transmiten a la siguiente generación que todos cargamos con la culpa, por el simple hecho de ser. Una culpa que no se sabe bien qué es ni porqué me cayó precisamente a mí, qué porras habré hecho. Inculcan también que este mundo no tiene arreglo, que hay que estar dispuestos a sufrir a cambio de una recompensa en el más allá (o de una nómina de mierda a final de mes); que lo que ocurre no es del todo responsabilidad nuestra, que no lo podemos resolver.

De paso  les cuentan que la homosexualidad es, más que pecado, una aberración, que el sexo, también el hetero, es sucio, salvo que tenga como único fin la reproducción, que eso del placer es ilegítimo y dispara todos los vicios. Les dicen que las mujeres no deben asumir cargos de responsabilidad, que deben cuidar de hijos y maridos, a quienes tienen que soportar para siempre, por muy cáncamos que sean. Les transmiten que la organización ha de ser jerárquica y, en la cúspide, solo hombres.

Si tampoco creen ya en todo eso pero insisten en repetir con sus hijos lo que hicieron con ellos, todo a cambio de no abrir conflictos familiares, de recibir regalos, de no ser mirados como raros… Peor lo pintan si todo vale con tal de ser aceptados o para conseguir recompensas materiales.

Si realmente madres, padres o tutores varios creen en todo eso, no hay más opción que el respeto. Mucho me temo que, en el peor de los casos, ni se han parado a pensarlo. A lo peor no lo saben.

De seres y enseres

De seres y enseres

de trazos y espinazos

de encuentros

de olvidos

De errores milenarios,

                                           dice Ángel González

De miedos y risas

aciertos

despistes

De cuerpos que se encuentran

                                        por azar

                                      por amor

                                      por calor

De silencios

aplausos y castigos

De todos los cuentos de León Felipe

De los mitos de todas las biblias

                       de todos los macondos

De seres y enseres somos

 

descanso

Dejó pasar el silencio

se liberó de la obligación de responder

de cuestionar

de intentar comprender

de teñirlo todo de lógica,

de coherencia.

 

Se permitió no tener que resolver nada

ni ordenar

ni retocar

ni

nada.

 

Respiró

sintió el eco vacío en su cabeza

el cosquilleo del aire

el roce de las sábanas

el crujir de los electrodomésticos

las rutinas de la calle.

 

Se dejó dormir

sin preguntas

sin respuestas

se enroscó con la tranquilidad del perro viejo

de quien sabe

a ciencia cierta

que mañana todo estará igual,

manga por hombro.