el fumador

Cuando lo conocí todavía era legal fumar en los bares. En un local oscuro con jazz en directo, la escasa luz y el humo daban ese ambiente cortaciano de bohemia trasnochada. Su barba desaliñada y sus pelos largos se mezclaban con el vaho y el humo que transpiraba. Era un hombre alto, desgarbado, con aspecto atormentado. De esos que pretenden resolver todas su preguntas en madrugadas alcohólicas de tertulias eternas.
Fue una de esas noches que acabamos juntos. Repetíamos prácticamente la misma ruta de bares cada fin de semana. Ya nos habíamos visto antes, compartiendo reflexiones y análisis etílicos entre amigos comunes. Sinceramente, me daba igual quién tuviera razón en aquellas discusiones infinitas sobre síncopas o estilos literarios.
La misma noche coincidimos en la cola del baño y, casi seguidamente, en la barra, haciendo aspavientos para que la camarera nos sirviera otra copa. No recuerdo qué me dijo, seguramente ni lo entendí. Sí recuerdo sus dedos largos y secos haciendo pinza para sujetar el cigarro, al tiempo que agitaban el vaso cliqueando los hielos. Minutos más tarde, cuando le dije que no escuchaba nada, que me asaba de calor allí dentro, esos mismos dedos de olor a tabaco revolvían mi pelo mientras nos besábamos en la calle. Esas manos manchadas de nicotina me sacaron una a una cada prenda de ropa, hasta acabar desnudos retozando por los rincones de mi casa.
Aquel cuerpo huesudo me transportó durante varios fines de semana a ese lugar donde no existen las dudas, donde no se formulan preguntas graves. Lástima que no dura más que un instante, hasta que el resuello reoxigena el cerebro y éste se empeña en entender. Quizás por eso repetíamos como posesos, para recaer rendidos de agotamiento.
Los cuerpos fueron cada vez menos desconocidos, los encuentros perdieron poco a poco la magia del descubrimiento. El olor a tabaco se adueñó de cada habitación de la casa y supongo que la nicotina se me antojó rutina.
En uno de aquellos regresos a la conciencia, cuando repitió el ritual de hacerse un cigarro, sin saber bien porqué, le propuse que fumara fuera, en el patio. No contestó. Se vistió y se abrigó bien, hacía frío afuera.
Mi casa tardó unas semanas en recuperar el olor a “mi casa”. No volví a sentir los dedos largos de aquel hombre seco.
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#microcuentoLS

Guardaba una idea para el último relato. La mimé tanto que, claro, acabó creciendo… Y ahora no hay quien la meta en un tuit

Se quisieron con la naturalidad de la lluvia. Como quien ve atardecer sin esperarlo, sabiendo que mañana se repetirá. Quizás

Hizo un zulo donde solo dejó entrar a sus fieles más fundamentalistas. El mundo agradeció el silencio

Por el laberinto del cementerio corren olvidos y recuerdos. Recuerdos olvidados, deformes de tanto ser contados. O callados

Por no errar no habló. No anduvo por no tropezar. Para no caer, no saltó. Por no pisar nunca bailó. Por no morir, jamás vivió

Dieron la vuelta al mundo en direcciones opuestas. Apenas se cruzaron en las antípodas. Ya en el barrio, otra vez se miraron

Detestaba las perdices. Tampoco quería pareja ni le molaba la monogamia. Así que, sin nada que perder, improvisó otro cuento

Se cruzaron en 1 chat. Compartieron biografías, fantasías, mentiras. Al despertar ninguno seguía allí. Tampoco el dinosaurio

Pero, ¿qué más te da?, le dijo. Es una tontería, no te cuesta nada, insistió. Justo por eso, contestó. Apuró la copa y se fue

Se fundieron en un abrazo eterno. Bueno, de un rato largo. Suficiente para recolocarse las costillas, los abismos y miedos

La familia, empantallada y silenciosa, escribía en sus móviles. La abuela, aburrida, suspiraba por los relatos de siempre

Se le escapó la luna como quien pierde la guagua. Pies en tierra, anda sin dejar de mirarla. El mundo sigue girando sin rumbo

La vio y la inventó. A su gusto le diseñó una vida y se metió en ella. Luego se extrañó porque ella no era y él no cabía

Fui un genio, hasta que hipotequé mis deseos y perdí la lámpara. Ahora vivo en un cajero, otro expendedor de sueños

Despiste total. Al irse dejó en casa sombras, olores, ecos de risas y gemidos, algún beso casual… y el cepillo de dientes

Perdido en el laberinto, desanduvo sus pasos tirando de la hebra de lana. No llegó a la salida, solo volvió a la entrada

Se impresionó tanto con sus ojos que cayó dentro. Quedó atascado en el lagrimal hasta 2018, cuando logró cita oftalmológica

Escribí un cuento de desencuentros, pero ahora no lo encuentro y estoy en tiempo de descuento. En otro momento te lo cuento

Dijo que era un ser de luz. Lo cierto es que me encandiló. Tanto, que sigo sin verlo claro

“El mundo soy YO”, dijo. “Quien me cuestione es extraterrestre”, espetó. Y, tan pancha, brindó por la biodiversidad

(*) microrrelatos que inventé por culpa del Festival Internacional de Cuento de Los Silos (Tenerife) de 2016, donde finalmente decidieron premiarme como finalista. Lindo divertimento.

tareas

Llevaba días revisando emociones. Como tarde espesa en patio de casa antigua.

Reorganizó el armario de sus sentimientos. Desechó los que habían quedado estrechos, pasados de moda, amarillentos… Los que ya no le hacían vibrar. La oscuridad de los roperos sazona todo de sabor olvido.

Separó batallas para regalar. Aunque siguieran activas, ya no se veía en ellas.

Se reservó solo las imprescindibles, las que seguían retorciéndole el ombligo o le plegaban la espalda. No estaba por dejarse gobernar por su sistema límbico, pero tampoco sabía vivir sin emocionarse. De autómatas insensibles ya estaban los telediarios llenos.

Con las inevitables puso una lavadora, las tendió al sol y dejó que el viento se encargara de airearlas bien. Luego, dedicó toda la tarde a plancharlas, una a una. Mejor sentir sin pliegues, se dijo.

emociones

El frío se nos cuela por las piernas y trepa rodillas arriba.

La tristeza se nos posa en la cabeza y se deja derretir, cuerpo abajo, como cera de vela, como chocolate caliente.

El miedo nos muerde la espalda, a la altura de los riñones.

El frío, la tristeza, el miedo avanzan cuerpo adentro, pretenden instalarse en nuestros huesos. Si lo consiguen, si no los sacudimos a tiempo, entonces sí que estamos jodidos.

una historia viajera

al volante

En la M-503, la vieja carretera de Castilla que recorro cada día, es allí donde siempre me ocurre. Es subirme al coche y acordarme de él. No sé si ejerce de San Cristóbal o qué porras significa.

Es un tipo de mi ciudad que conocí hace algunos años. Cuando coincidimos la primera vez apenas lo vi, la verdad es que casi ni me acuerdo de aquella época. Yo estaba enamoradísima de un cabrón que acabó marcándome la vida -con mi consentimiento y disfrute, todo hay que decirlo-, sin tiempo para distracciones secundarias. Diez años más tarde, o así, ya en era cibernética, volvimos a encontrarnos. Perdón, a ciberencontrarnos.

A decir verdad, ahora sí que me despierta interés. Interés y otras apetencias que no voy a describir aquí, delante de tanta gente. Claro que, como suele pasar, por estas fechas anda entretenido en sus cosas y nunca encontramos el momento. Tampoco descarto que su experiencia de hombre invisible le haya dañado el orgullo y prefiera disfrutar de la frialdad que da una década a la venganza.

La cosa es que en los viajes de ida y vuelta al trabajo, más en los de vuelta a casa, para ser exacta, la imagen de aquel hombre se me repite. Sin ningún sentimiento definido. Con algo de nostalgia, quizás. La luz que envuelve su silueta es la de las calles y plazas donde crecí, donde están los pocos referentes familiares que me quedan, donde vuelvo por Navidad, donde no me siento tan sola. Así que, mientras me dirijo sola a mi casa de la capital, donde vivo sola, cada día me acompaña su recuerdo que no sé cuánto tiene ya de real o imaginado.

No, no jueguen a psicoanalistas, por favor. Todos sabemos sacar conclusiones fáciles de las vidas ajenas. Es bien sencillo. Y hasta nos hace sentir ocurrentes e inteligentes. Lo dicho, ahórrenselo conmigo, porfa. Si les cuento esto es por lo que aún no he contado, que es lo que realmente me intriga.

Lo curioso es que me acuerdo de este hombre puntualmente cada día. Y, ahora que pienso, no es solo cosa de la M-503. La semana pasada cogí el AVE a Barcelona y ¡zas!, allí estaba él, rondando entre mis pensamientos y cosas, entre cabezada y cabezada, expedientes, contratos y negociaciones colectivas.

Hay algo que me sorprende más todavía. Los fines de semana no pienso en él. En realidad, sábados y domingos tengo algo más de tiempo para teorizar sobre ésta y otras chorradas inexplicables que  hacen de mi vida algo menos previsible. No, creo que “menos previsible” no es la expresión correcta para este caso, precisamente. ¿Menos racional, quizás? La cosa es que los fines de semana, lo que realmente pienso es que esos dos días no pienso en él. Pienso que no pienso, que no es otra forma de pensar. Es algo diferente. Y eso que los domingos son mis días más eróticos, ya saben: las mañanas alargadas en la cama, el sol por la ventana… Pero él nunca aparece. ¿Dónde se meterá este hombre los domingos?

Lo bueno es que los lunes, cuando nos volvemos a ver, ni él ni yo nos pedimos explicaciones.