infiernos educados

Aquel día el infierno tocó en mi puerta y le agradecí que fuera un infierno educado, porque todo el mundo sabe que los infiernos son más de colarse sin invitación, de pringarlo todo sin que te des cuenta hasta que, de pronto, te saltan a la cara y te comen la boca. Y las certezas.

 

imagen: Mónica Palacios
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el fumador

Cuando lo conocí todavía era legal fumar en los bares. En un local oscuro con jazz en directo, la escasa luz y el humo daban ese ambiente cortaciano de bohemia trasnochada. Su barba desaliñada y sus pelos largos se mezclaban con el vaho y el humo que transpiraba. Era un hombre alto, desgarbado, con aspecto atormentado. De esos que pretenden resolver todas su preguntas en madrugadas alcohólicas de tertulias eternas.
Fue una de esas noches que acabamos juntos. Repetíamos prácticamente la misma ruta de bares cada fin de semana. Ya nos habíamos visto antes, compartiendo reflexiones y análisis etílicos entre amigos comunes. Sinceramente, me daba igual quién tuviera razón en aquellas discusiones infinitas sobre síncopas o estilos literarios.
La misma noche coincidimos en la cola del baño y, casi seguidamente, en la barra, haciendo aspavientos para que la camarera nos sirviera otra copa. No recuerdo qué me dijo, seguramente ni lo entendí. Sí recuerdo sus dedos largos y secos haciendo pinza para sujetar el cigarro, al tiempo que agitaban el vaso cliqueando los hielos. Minutos más tarde, cuando le dije que no escuchaba nada, que me asaba de calor allí dentro, esos mismos dedos de olor a tabaco revolvían mi pelo mientras nos besábamos en la calle. Esas manos manchadas de nicotina me sacaron una a una cada prenda de ropa, hasta acabar desnudos retozando por los rincones de mi casa.
Aquel cuerpo huesudo me transportó durante varios fines de semana a ese lugar donde no existen las dudas, donde no se formulan preguntas graves. Lástima que no dura más que un instante, hasta que el resuello reoxigena el cerebro y éste se empeña en entender. Quizás por eso repetíamos como posesos, para recaer rendidos de agotamiento.
Los cuerpos fueron cada vez menos desconocidos, los encuentros perdieron poco a poco la magia del descubrimiento. El olor a tabaco se adueñó de cada habitación de la casa y supongo que la nicotina se me antojó rutina.
En uno de aquellos regresos a la conciencia, cuando repitió el ritual de hacerse un cigarro, sin saber bien porqué, le propuse que fumara fuera, en el patio. No contestó. Se vistió y se abrigó bien, hacía frío afuera.
Mi casa tardó unas semanas en recuperar el olor a “mi casa”. No volví a sentir los dedos largos de aquel hombre seco.

#microcuentoLS

Guardaba una idea para el último relato. La mimé tanto que, claro, acabó creciendo… Y ahora no hay quien la meta en un tuit

Se quisieron con la naturalidad de la lluvia. Como quien ve atardecer sin esperarlo, sabiendo que mañana se repetirá. Quizás

Hizo un zulo donde solo dejó entrar a sus fieles más fundamentalistas. El mundo agradeció el silencio

Por el laberinto del cementerio corren olvidos y recuerdos. Recuerdos olvidados, deformes de tanto ser contados. O callados

Por no errar no habló. No anduvo por no tropezar. Para no caer, no saltó. Por no pisar nunca bailó. Por no morir, jamás vivió

Dieron la vuelta al mundo en direcciones opuestas. Apenas se cruzaron en las antípodas. Ya en el barrio, otra vez se miraron

Detestaba las perdices. Tampoco quería pareja ni le molaba la monogamia. Así que, sin nada que perder, improvisó otro cuento

Se cruzaron en 1 chat. Compartieron biografías, fantasías, mentiras. Al despertar ninguno seguía allí. Tampoco el dinosaurio

Pero, ¿qué más te da?, le dijo. Es una tontería, no te cuesta nada, insistió. Justo por eso, contestó. Apuró la copa y se fue

Se fundieron en un abrazo eterno. Bueno, de un rato largo. Suficiente para recolocarse las costillas, los abismos y miedos

La familia, empantallada y silenciosa, escribía en sus móviles. La abuela, aburrida, suspiraba por los relatos de siempre

Se le escapó la luna como quien pierde la guagua. Pies en tierra, anda sin dejar de mirarla. El mundo sigue girando sin rumbo

La vio y la inventó. A su gusto le diseñó una vida y se metió en ella. Luego se extrañó porque ella no era y él no cabía

Fui un genio, hasta que hipotequé mis deseos y perdí la lámpara. Ahora vivo en un cajero, otro expendedor de sueños

Despiste total. Al irse dejó en casa sombras, olores, ecos de risas y gemidos, algún beso casual… y el cepillo de dientes

Perdido en el laberinto, desanduvo sus pasos tirando de la hebra de lana. No llegó a la salida, solo volvió a la entrada

Se impresionó tanto con sus ojos que cayó dentro. Quedó atascado en el lagrimal hasta 2018, cuando logró cita oftalmológica

Escribí un cuento de desencuentros, pero ahora no lo encuentro y estoy en tiempo de descuento. En otro momento te lo cuento

Dijo que era un ser de luz. Lo cierto es que me encandiló. Tanto, que sigo sin verlo claro

“El mundo soy YO”, dijo. “Quien me cuestione es extraterrestre”, espetó. Y, tan pancha, brindó por la biodiversidad

(*) microrrelatos que inventé por culpa del Festival Internacional de Cuento de Los Silos (Tenerife) de 2016, donde finalmente decidieron premiarme como finalista. Lindo divertimento.

tareas

Llevaba días revisando emociones. Como tarde espesa en patio de casa antigua.

Reorganizó el armario de sus sentimientos. Desechó los que habían quedado estrechos, pasados de moda, amarillentos… Los que ya no le hacían vibrar. La oscuridad de los roperos sazona todo de sabor olvido.

Separó batallas para regalar. Aunque siguieran activas, ya no se veía en ellas.

Se reservó solo las imprescindibles, las que seguían retorciéndole el ombligo o le plegaban la espalda. No estaba por dejarse gobernar por su sistema límbico, pero tampoco sabía vivir sin emocionarse. De autómatas insensibles ya estaban los telediarios llenos.

Con las inevitables puso una lavadora, las tendió al sol y dejó que el viento se encargara de airearlas bien. Luego, dedicó toda la tarde a plancharlas, una a una. Mejor sentir sin pliegues, se dijo.

emociones

El frío se nos cuela por las piernas y trepa rodillas arriba.

La tristeza se nos posa en la cabeza y se deja derretir, cuerpo abajo, como cera de vela, como chocolate caliente.

El miedo nos muerde la espalda, a la altura de los riñones.

El frío, la tristeza, el miedo avanzan cuerpo adentro, pretenden instalarse en nuestros huesos. Si lo consiguen, si no los sacudimos a tiempo, entonces sí que estamos jodidos.