infiernos educados

Aquel día el infierno tocó en mi puerta y le agradecí que fuera un infierno educado, porque todo el mundo sabe que los infiernos son más de colarse sin invitación, de pringarlo todo sin que te des cuenta hasta que, de pronto, te saltan a la cara y te comen la boca. Y las certezas.

 

imagen: Mónica Palacios
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sin más

Se me atragantaron las palabras

las letras se apelotonan

desordenadas

incapaces de describir imágenes

las emociones

el horror

que ya se anunciaban inolvidables

de digestión pesada

inasumibles

 

Revoloteas

estás pero no te miro

Aunque sé que de todas formas vendrás

sin cita previa

Darás un golpe en la mesa

y todo saltará de nuevo por los aires

recuerdos y vísceras girando ingrávidos en madrugadas sin sueño

 

Cuestión de tiempo

lo cotidiano volverá a imponerse

cada esquina encontrará su pieza

 

Lo que no mata, engorda

y ayuda a rodar más fácilmente

emociones

El frío se nos cuela por las piernas y trepa rodillas arriba.

La tristeza se nos posa en la cabeza y se deja derretir, cuerpo abajo, como cera de vela, como chocolate caliente.

El miedo nos muerde la espalda, a la altura de los riñones.

El frío, la tristeza, el miedo avanzan cuerpo adentro, pretenden instalarse en nuestros huesos. Si lo consiguen, si no los sacudimos a tiempo, entonces sí que estamos jodidos.

tarde de domingo

La tarde de domingo se pliega, como todas
como retroceden las olas al llegar a lo más alto de la orilla
lo más lejos que saben
que pueden
se atreven
según la hora
según la ola

Y en cualquier trinchera
dos gametos se juntan y fecundan
para ser paridos en cualquier barricada
para echar a andar entre la balacera
intentando volar entre misiles.

egómetro

Hace mucho que estoy por inventar instrumento tan necesario. Me empeño por puro altruismo y mucho de salud mental. Como no me motiva hacerme rico con la patente, regalo mi invento a quienes quieran darle uso. Ojalá sean multitud.

Sin ánimo de caer en defenestrados psicologismos, no me negarán la necesidad de una herramienta que ponga freno a las inútiles y aburridas batallas que dinamitan tantas convivencias y proyectos, que tanto animan -al menos a mí, confieso- a un retiro anacoreta, alejado del mundanal absurdo grupal. Lo hago como penúltimo intento, antes de rendirme y tirarme definitivamente al monte, aunque preferiría una playa desierta, la verdad, si quedaran o quedasen.

Me concentro en la búsqueda de algo que reubique los egos para que adquieran una dimensión realista de sí mismos, con el objetivo de pasar al consciente de cada cual sus propias limitaciones, sin que por ello deban menospreciar sus virtudes que, seguro, son muchas, como la de cualquier otro hijo o hija de vecina.

Tras observar numerosas reuniones de tres o más personas, opto por descartar el diseño de un mero medidor de egolatrías. Esa función ya la ejercen las constantes meadas, el famoso “a ver quién mea más alto” en cualquiera de sus modos rituales. Cuando se trata de grupos exclusivamente masculinos, las consabidas mediciones pasan a ser fálicas en sus múltiples modalidades: a ver quien tiene el coche más grande, el salario con más dígitos, el historial sexual más largo… Entre otras muchas formas de competir que es capaz de inventar una mente cuadriculada por el género masculino.

Así que mi aportación al empeño de vivir en sociedad de la especie humana ha terminado por concretarse en las siguientes instrucciones:

1. Practique preferiblemente cada mañana, al poco de levantarse, tras la ducha matutina.

2. Sin vestirse aún, mírese al espejo. Haga un recorrido por su cuerpo y transmítale agradecimiento. Al fin y al cabo es el único que tiene, el que siempre le acompaña. Hágale un guiño a sus curvas o planicies, a su brillo o a sus arrugas. Siéntalo suyo, siéntanse uno.

3. Mírese a los ojos y enumere sus deseos. Sus deseos y capacidades. Márquese los objetivos de la jornada. No permita que la ensoñación le acabe provocando frustración al final del día. Tampoco deje que la modestia lo deje rumiando todo lo que pudo haber hecho y no hizo. Sacúdase todas las etiquetas, las suyas y las ajenas. Que nada ni nadie le condicione.

4. Vuelva a su cuerpo, aún desnudo. Acariciése. Desde el pelo, la cara, recorra su cuello, baje por los pechos o pectorales, la barriga. Cruce por sus costados, hasta alcanzar sus glúteos. Busque camino entre ellos, recorra su esfinter. Sí, sin pudor, no pasará nada. Hágalo con la firmeza necesaria para adentrar su dedo en la terminación del colon. Con un poco bastará. No es preciso entretenerse.

5. Huela su dedo y procure conservar todo el día el aroma que lo impregna. Así recordará que, por dentro, todos y cada una llevamos una buena porción de mierda.

sin tiempo

Ve la lluvia a través del cristal de su ventana. Se siente protegida del frío de la intemperie. De las gotas. Del viento. Se siente segura y capaz bajo su techo. Capaz de afrontar lo que queda de día, de semana, de año, de vida. Tiene un lugar del que partir. Un lugar al que volver.

Vuelve a mirar la lluvia pero algo ha cambiado. El cristal ya no le protege. La ventana no le defiende del frío ni de las gotas ni del viento. Se siente insegura, así, sin techo. Incapaz de afrontar lo que queda de día, de semana, de año, de vida. No tiene ningún lugar del que partir, ningún lugar al que volver.

Hogar, dulce hogar

Hogar, dulce hogar

Esta semana, más de un año después de sacar esta fotografía, escuché al alcalde de la ciudad asegurar que trabaja concienzudamente para evitar que estas personas vivan en estas condiciones aunque, matizó, no sabe cuándo lo va a lograr.