biografías

Nos perdimos

en la fila de la escuela

en la letra de los himnos

en el patio de cristal

 

Nos perdimos

en las barras de los bares

en los pasillos de la universidad

en asambleas eternas

que no cambiaron nada de lo que pretendían cambiar

 

Nos perdimos

en la exigencia de no ser iguales

de no dejarnos atrapar

en el reto de no consumirnos

a cambio de un salario indigno

 

Nos perdimos

en amores inciertos

en el vértigo de inventarnos

en las ganas de crear

 

Nos perdimos

desenredando desencuentros

para no volver a tropezar

#microcuentoLS

Guardaba una idea para el último relato. La mimé tanto que, claro, acabó creciendo… Y ahora no hay quien la meta en un tuit

Se quisieron con la naturalidad de la lluvia. Como quien ve atardecer sin esperarlo, sabiendo que mañana se repetirá. Quizás

Hizo un zulo donde solo dejó entrar a sus fieles más fundamentalistas. El mundo agradeció el silencio

Por el laberinto del cementerio corren olvidos y recuerdos. Recuerdos olvidados, deformes de tanto ser contados. O callados

Por no errar no habló. No anduvo por no tropezar. Para no caer, no saltó. Por no pisar nunca bailó. Por no morir, jamás vivió

Dieron la vuelta al mundo en direcciones opuestas. Apenas se cruzaron en las antípodas. Ya en el barrio, otra vez se miraron

Detestaba las perdices. Tampoco quería pareja ni le molaba la monogamia. Así que, sin nada que perder, improvisó otro cuento

Se cruzaron en 1 chat. Compartieron biografías, fantasías, mentiras. Al despertar ninguno seguía allí. Tampoco el dinosaurio

Pero, ¿qué más te da?, le dijo. Es una tontería, no te cuesta nada, insistió. Justo por eso, contestó. Apuró la copa y se fue

Se fundieron en un abrazo eterno. Bueno, de un rato largo. Suficiente para recolocarse las costillas, los abismos y miedos

La familia, empantallada y silenciosa, escribía en sus móviles. La abuela, aburrida, suspiraba por los relatos de siempre

Se le escapó la luna como quien pierde la guagua. Pies en tierra, anda sin dejar de mirarla. El mundo sigue girando sin rumbo

La vio y la inventó. A su gusto le diseñó una vida y se metió en ella. Luego se extrañó porque ella no era y él no cabía

Fui un genio, hasta que hipotequé mis deseos y perdí la lámpara. Ahora vivo en un cajero, otro expendedor de sueños

Despiste total. Al irse dejó en casa sombras, olores, ecos de risas y gemidos, algún beso casual… y el cepillo de dientes

Perdido en el laberinto, desanduvo sus pasos tirando de la hebra de lana. No llegó a la salida, solo volvió a la entrada

Se impresionó tanto con sus ojos que cayó dentro. Quedó atascado en el lagrimal hasta 2018, cuando logró cita oftalmológica

Escribí un cuento de desencuentros, pero ahora no lo encuentro y estoy en tiempo de descuento. En otro momento te lo cuento

Dijo que era un ser de luz. Lo cierto es que me encandiló. Tanto, que sigo sin verlo claro

“El mundo soy YO”, dijo. “Quien me cuestione es extraterrestre”, espetó. Y, tan pancha, brindó por la biodiversidad

(*) microrrelatos que inventé por culpa del Festival Internacional de Cuento de Los Silos (Tenerife) de 2016, donde finalmente decidieron premiarme como finalista. Lindo divertimento.

redeconstruirme

Empiezo de nuevo

y bromeo con la eternidad

aunque parasiempre y yo nunca simpatizamos

Puede que pronto vuelva a desmontar todo

por puro placer de reiniciar

Salir de lo conocido

aunque sea bueno

para aventurarme a la nada

convencido de que también podrá resultar habitable

A veces preciso huir del calor

tiritar de frío

volver a colgar los pies sobre el abismo

sentir el viento

resecarme la cara

Morir de miedo

y renacer

tareas

Llevaba días revisando emociones. Como tarde espesa en patio de casa antigua.

Reorganizó el armario de sus sentimientos. Desechó los que habían quedado estrechos, pasados de moda, amarillentos… Los que ya no le hacían vibrar. La oscuridad de los roperos sazona todo de sabor olvido.

Separó batallas para regalar. Aunque siguieran activas, ya no se veía en ellas.

Se reservó solo las imprescindibles, las que seguían retorciéndole el ombligo o le plegaban la espalda. No estaba por dejarse gobernar por su sistema límbico, pero tampoco sabía vivir sin emocionarse. De autómatas insensibles ya estaban los telediarios llenos.

Con las inevitables puso una lavadora, las tendió al sol y dejó que el viento se encargara de airearlas bien. Luego, dedicó toda la tarde a plancharlas, una a una. Mejor sentir sin pliegues, se dijo.