Se fue a vivir con las arañas. Después de que su barrio fuera tomado por los especuladores del turismo, se fue al extrarradio, a los límites de la ciudad. Pero hasta allí también llegaron. Primero como paseantes curiosos. Luego se quedaron a dormir. Codazo a codazo lo fueron sacando, de una frontera a otra… hasta que no quedó isla en la que cobijarse.
Mientras, gobiernos de Canarias de todos los colores vendían aquel infierno habitacional como paraíso de la especulación, de Fitur en Fitur…
Cuando no quedó sitio, cuando todos fueron centroeuropeos ociosos… entonces se supo un bicho extraño.
Asumió su destino, el que habían diseñado para él desde lejanos centros económicos, y se escondió en una vieja farola, donde al menos no pagaba recibos de luz.
Desde allí, de vez en cuando alcanzaba a devorar a algún arrastrador de maletas, para chuparle hasta el último hueso, las pieles pálidas churruscadas al solajero.