erre de reinventarnos

De las muchas facultades humanas, me fascina de modo especial la de renacer: la capacidad de reconstruirnos, de superar los malos tiempos y las caídas, de reinventarnos para seguir adelante.
Como estrellas de mar, como rabos de lagartija, tenemos la posibilidad -no siempre indolora, me temo- de volver a levantar el castillo de arena que se llevó el último oleaje.
Tan sólo que, si no aprendemos, si nos limitamos a reproducir diseños, materiales, esquemas… corremos el serio peligro de caer derrumbados por la próxima marea. 

Rituales macabros

Hoy tuve doble cita con la muerte. 
Este viernes, 18 de junio de 2010, murió José Saramago. También se celebró el funeral  por la amiga Marga. 
El primero deja una obra extensa, numerosas reflexiones y análisis críticos sobre los siglos que le tocó vivir, sobre el pensamiento y la injusticia de las sociedades humanas.
La segunda, una familia desolada que encabezan dos hijas desorientas, que ni juntas suman la mayoría de edad. También a un montón de amigos.
A Saramago le harán numerosos suplementos, programas especiales, reportajes en todos los soportes y, por supuesto, las editoriales volverán a hacer caja con las sucesivas reediciones de sus novelas.
A Marga le celebraron una misa a la que acudí esta tarde, donde reviví el ritual masoca de la religión católica en torno a la muerte.
Mi incursión por la obra del luso fue desigual. Me gustaban más sus intervenciones públicas, sus posicionamientos y análisis preclaros sobre los muchos conflictos contemporáneos. En sus libros naufragué, por su, en mi personalísima opinión, espesa escritura. Para gustos, colores. Las tesis de sus textos, básicamente, las comparto. El que sí me cautivó hasta el final fue su Evangelio según Jesucristo, donde lo presenta como un personaje de lo más humano, mucho más creíble que al que adoran los curas.

De todas formas, tengo que reconocer que el cura del funeral de Marga era un tipo especial. Dejando a un lado la parafernalia del ritual, de modo especial, el mal gusto en la elección de las canciones y repetidas alusiones a la muerte como salvación -¿cómo se le puede decir semejante barbaridad a una primera fila con dos niñas ahogadas en lágrimas por el incomprensible, para ellas, abandono de su madre?, ¿a la madre y hermanos de la fallecida?, ¿a su pareja?-, así todo, el cura en cuestión, el que dirigía el rito, me sorprendió con numerosos referentes culturales nada habituales en los tipos con sotana que escuché de pequeño. Citó a Saramago, y hasta le dio la razón en sus críticas a la biblia, claro que reinterpretando al portugués a su gusto, ¿cómo no? Seguidamente se aventuró en una explicación teocéntrica del requiem de Mozart, para acabar recomendando el regalo más grande, de Tiziano Ferro.
Ante semejante exhibición, no pude reprimir mi impulso de acercarme a felicitarlo por su discurso. Desde la pose propia de su rol, me lo agradeció, si bien perdió fuelle al reconocerle que mi sorpresa la causó su repertorio cultural, ya que no compartía la esencia de sus palabras. Ante la imposibilidad de reevangelizarme, se despidió.
El segundo cura, aunque tuvo menos minutos, no desaprovechó la oportunidad de dejarme boquiabierto. Entre sus lecturas, hubo una que me conmocionó sobremanera: «En el cielo no hay polillas ni carcoma ni ladrones que hagan boquetes para robar». Estoy pensando en mudarme, así que buscaré por ese barrio.
Metafísicas aparte, puedo compartir la necesidad de colectivizar el adiós a los muertos, también de manifestar el dolor en gruupo. De todas formas, hay actos sociales que me resultan especialmente crueles, hirientes, lacrimógenos. La verdad es que no le encuentro maldita utilidad.
Adiós Marga.
Adiós Saramago.

oda a mi mano derecha

A ti, mano derecha, es a quien hoy echo en falta.
A ti, que dibujaste mis primeros garabatos y supiste traducir en letras mis desconciertos.

A la que nunca levanté en las manifestaciones, con la que me cepillo los dientes y cambio las marchas del desvencijado coche, la que lleva a mi boca la comida, el cigarro, la cerveza… La que abre y cierra la cafetera, buf, cuánto te añoro.

A la que sabe encontrar los rincones secretos de mis placeres… con la que exploré cuerpos ajenos y otras espirales.
A ti, que me afeitas y firmas, me enjabonas, me limpias, me sacas los mocos. Con la que friego, hago clikear el ratón y disparo mi cámara. La que gira las llaves, abriendo puertas.
A la que hace rebotar las piedras sobre la marea, la del corte de mangas, el saludo formal – sonrisa plástica y “encantado, ¿qué hay?, ¿qué tal?”-, la del “chócala pibito”.
La mano del adiós, adiós ilusión querida (1).

A ti, mano derecha, te echo estos días tanto de menos, que no hago más que esperar tu regreso, pues ¿por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo? (2)
(1) De Domingo Hernández, mi abuelo.
(2) De Domingo Rivero, en Yo, a mi cuerpo.

el don de fluir

Hay personas tan tan tan maravillosas, nos fascinan tanto tanto, que para no joderlas, lo mejor es dejarlas pasar.
Existen ritmos que enlazan al primer compás. Otros distorsionan de tal modo que no pasan ni por improvisación ni por jazz. Por mucho ensayo que le eches, no hay manera.
Veces nos emperramos en sincronizar procesos irreconciliables. Y no es derrotismo, aún consciente de las fases habituales de desarrollo de todo grupo (de dos o infinitas personas): enamoramiento, crisis, organización…
Aclaro: las que empiezan y acaban en un polvo, u dos, escapan a esta categoría.
Cuando se llega al esfuerzo de intentar reorganizarse para que todo funcione, la cosa merece un aplauso. Cuando se insiste en varias ocasiones y no se sale del fondo del charco… El asuntito ya no va de ovaciones. Me temo que no. Mejor será reconocer que cada cual baila a su ritmo, que es eso precisamente lo que nos hipnotiza. ¿Qué le vamos a hacer si, al aproximarnos, no somos capaces más que de pisarnos?
Lo dice Drexler en su don de fluir: le gusta verla bailar y hasta que se empeñe en convidarlo, sólo que él sabe bien de sus flojas rodillas.