Como sardinas

Como sardinas en lata. Ésa fue la sensación que me dio ver los desnudos que retrató en Sidney el fotógrafo ése que da la vuelta al mundo captando imágenes de masas en bolas.


Al día siguiente, al cruzar a pie uno de los puentes sobre la autopista, pude ver decenas de coches que corrían por segundo, carretera arriba, carretera abajo. Miles de historias enlatadas circulando ordenadamente por las vías: solitarios escuchando la radio, parejas enfrascadas en viejas discusiones, progenitores adiestrando a la tropa camino de la escuela, soñadores de vidas lejanas conduciendo de memoria, administrativas retocándose el presente en el retrovisor, apuradores de mocos en el semáforo de turno…


Desde que nacemos, nos instalan en cubículos reducidos. Antes de darnos cuenta, nos ponen a formar filas vestidos de uniforme. Nos entrenan para trabajar hacinados en minúsculos puestos.

Ya puestos, cuando perdemos el empleo, seguimos haciendo cola.

Lo interiorizamos de tal manera que hasta nos cuesta entender el ocio sin bullicio.

Pasamos el año ahorrando para presuntamente descansar unas semanas en tumultos diferentes.

Así, hasta el final de nuestros días.

pecado original


Y si el pecado original, ése sobre la que tanto nos adoctrinaron, no es más que la insatisfacción constante. La duda omnipresente sobre si la vida que vivimos es la única, la mejor o la menos mala de las posibles. El no saber si lo que hacemos es la apuesta ganadora.
Si así fuera, me quedo con otra duda existencial: La de no saber quién ha aprovechado mejor ese sentimiento. Si las religiones, especialmente la católica, o el capitalismo. Las primeras, llamando a la resignación de los desfavorecidos por el presunto bienestar al otro lado de la muerte. El segundo, haciéndonos creer que la solución a nuestra insatisfacción es el último modelo de cualquier electrodoméstico, el trapito de temporada, el auto de mayor cilindrada… en fin, el deseo por el consumo, motor y esencia de su estructura.
Fuera como fuese, no nos queda otra que aprender a convivir con esa duda. En la medida de nuestras posibilidades, domesticarla, para que no nos revuelva más de lo imprescindible o necesario. Es que, visto así, si no hubiera sido por ella, por esa angustia por cambiar, nos habríamos quedado en la edad de piedra. Aunque, como diría Groucho, para llegar a las más altas cotas de la miseria, quién sabe si ha valido la pena.
Reflexiona Vinyamata en su manual de Conflictología: “Creerse en posesión de la verdad llevará con facilidad a adoptar actitudes y planes tendentes a establecerla que se alejarán de la tolerancia y del respeto de la diferencia y de la disidencia. La duda persistente también puede conducirnos hacia un pesimismo, así como a la indiferencia frente a los problemas ajenos”.

Tormentas de colores


Recuperar el silencio
Ése que a ratos ensordece
Al que hoy salpican los golpes de viento.

Disfrutar de la calma
del sinreloj
Improvisar

Dejarse llevar por lo que pida el cuerpo.

Ordenar los rincones agolpados de papeles y trastos viejos
Descubrir en el fondo del armario que los años no pasan sin más
Tener tiempo para todo lo pendiente
Y hasta para decidir «mejor, mañana«

Botarse en el sofá
Saborear la música, con ese sonido especial que toma después de organizar el caos de CDs
Encontrar la ocasión de ver aquella peli que bajaste hace tanto.

… Son algunas de las bondades de estas rachas de tormentas y alertas coloridas.
Nunca saqué tanto partido a una recomendación oficial.
Mucho menos a la de quedarme en casa.