despareja

Le gustó de él que siempre quería estar sólo.

De ella, su convicción en mantener a toda costa su independencia.
Les fascinó tanto su coincidencia en los principios antipareja que, desde entonces, permanecieron siempre juntos.
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El péndulo de Micandi

Lo explicaba en un taller de risoterapia: funcionamos como péndulos. Si estamos alegres y nos acercamos a la tristeza y mal humor de otro, uno de los dos será abducido por el estado de ánimo ajeno. Así, como las bolas de un péndulo, la que estaba quieta se mueve con la otra o, quizás, la inmóvil acaba paralizando a la segunda.

El otro día una frase de una canción comercial salió de la radio de mi coche para devolverme y mezclarse con aquella idea.

Nos levantamos por la mañana y nos dejamos arrastrar por los estados de ánimo de quienes nos rodean, de las noticias de la radio, del estrés de quien pita en la caravana de cada dia, de la arrogancia de algún mediocre, de la alegría de cualquier paseante… Sí, claro, interactuamos, nos empapamos del contexto… pero ¿cuántas veces nos escuchamos, miramos para dentro y vemos cómo nos sentimos ese día realmente?

No sólo está bien eso de la empatía, de interactuar con el entorno y los semejantes. En realidad es inevitable. Pero, se me ocurre, estaría mejor si atendiéramos a lo que de verdad sentimos, saborear nuestra tristeza, vibrar con nuestra propia alegría… Sólo así seremos menos maleables a emociones ajenas y, en su caso, contagiaremos lo más real de nosotros mismos.

¡Vaya! Pues sí que dan de sí un taller de risoterapia y una frase de cancioncilla comercial.

Castañas sobre fondo azul





Salimos en busca de las imágenes para el reportaje de un sendero por los castaños. Quizás también para la portada de la revista. No teníamos el día inspirado. Jugueteamos. Trepamos a los árboles. Sacamos decenas de fotografías, pero ninguna nos dejó satisfechos.

De vuelta a la Casa, me vacié los bolsillos sobre una mesa azul. Fue entonces cuando comencé a jugar con las castañas y la luz que se colaba por la puerta de cristal.

Un trato de coherencia

Hagamos un trato. Un pacto de coherencia. Si alguna vez te has quejado del disparate consumista navideño; si en más de una ocasión, sin comerlo ni beberlo, te has visto arrastrad@ a comprar regalos innecesarios con la previa seguridad de que acabarían en el rincón más perdido de un armario que nadie abre, si esto de la Navidad te parece un rollo patatero, bienvenid@ al pacto.


A ver. Definamos los puntos:

En primer lugar, ¿qué tal si a todas las personas proclives a gastar su dinero en regalarnos, les pedimos que se abstengan? Bastará con decirles que no necesitamos nada material. Que muchas gracias, pero no.

Para seguir, podemos no caer en la tentación de comprar nada innecesario a nadie, por mucho que lo queramos, convencidos como estamos de que el cariño, también el amor, es francamente otra cosa.

A nadie le gusta quedar como el bicho raro, el amargafiestas de la pandilla, de la familia, del grupo de lo que sea. Hagamos el esfuerzo, sacudámonos el peso del qué dirán.

Para compensar, propongo que regalemos horas de conversación, de compañía, paseos silenciosos por la orilla de cualquier abismo, un rato de atención, empatía, asertividad, la propuesta firme de escuchar sus proyectos -por mucho que de antemano nos puedan resultar absurdos-, un saco de abrazos, unas risas compartidas, una siesta con babas frente a un televisor la tarde de cualquier domingo…


Vale, vale. Lo sé. Estos regalos cuestan más, pero estarán conmigo en que son obsequios realmente necesarios, no contaminan y, por ahora, ninguna multinacional ha inventado como sacar tajada de ellos.

¿Se apuntan?


Vivir de pie

Hay episodios de la historia contemporánea que requieren mayor esfuerzo imaginativo que revivir el terciario o el cuaternario.

Albañiles analfabetos, hombres hechos a sí mismos, convertidos en líderes honrados, que entregan sus vidas a la justicia social, a la revolución, a un mundo mejor…

Cipriano Mera, según cuenta el documental de su biografía, era un tipo así.

Me cibercrucé con el personaje en unos días en que le daba vueltas a las exigencias de cada momento: aquellos que reclaman acción, intervención decidida, frente a los que no permiten otra cosa que esperar, aguantarse la frustración y la rabia, en los que es preciso recogerse y, en todo caso, aglutinar herramientas para cuando vuelva la hora de actuar.