De espaldas

El Estado español sigue mirando hacia otro lado. Da igual quien esté en el poder. La historia tiene siglos: colonización, descolonización, machaque de derechos humanos…
Aquella vieja disculpa de mantener contento al corrupto Marruecos para que frene el islamismo radical, ¿alguien se la sigue tragando? Han entrado hasta la cocina. De la migración clandestina, válvula de escape de sus contradicciones sociales y económicas, de eso mejor ni hablamos. De la inversión española en sus infraestructuras o del capital canario en su industria, ¿qué decir? ¿Qué contar de los privilegios del reino alauí en sus exportaciones a la UE? ¿Y de su control del banco pesquero canario-sahariano?

Como suele ocurrir, no basta con mirar para otro lado. El conflicto no sólo está cerca. Está en casa. Por mucho que al ilustre Moratinos todo le suene a demagogia.

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Conversaciones trenzadas

Barranco Hondo. La Victoria / Javier López

Me acordé de ellos mirando las piedras acumuladas en la orilla, esas rocas redondeadas por las olas, que se apiñan como si se abrazaran, dándose calor, protegiéndose del frío.

Mi gurú de pies de agua se fascina con las piedras. Aunque se maravilla con la autonomía del reino vegetal, el único que se basta con el sol, el agua y los minerales de la tierra, sin depender de ninguna otra especie para sobrevivir, ella ve en las piedras la concentración de la memoria eterna, la historia de la Tierra y el Universo.

Mi admirado veinteañero Mr. Trivial defiende airado la superioridad del ser humano por encima de cualquier otra especie. Por su capacidad de construir y destruir, argumenta.

Mientras, los jóvenes de biografías perversas gritan desde el interior de sus jaulas ¡¡¡Soy el puto amo!!!

Puestos a construir jerarquías, me pregunto con qué variables debemos medir la superioridad, ¿es la autonomía la medida o debe serlo la capacidad de modificar el entorno?, ¿por qué no valorar la habilidad de adaptarse a la naturaleza causando en ella las mínimas repercusiones? Ya puesto, sigo cuestionándome si el mérito está en la mera superviviencia o en la calidad de la existencia ¿Quién es más feliz, el humano o la hormiga, el perro o su amo?

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La próxima semana, parece que el miércoles, se dedica un día en contra de eso que llaman violencia de género. No soy amigo de celebrar-conmemorar jornadas contra esto ni a favor de lo otro… esa agenda de la progresía saturada de eventos solidarios y buenas intenciones.

Hay actitudes que se interiorizan o no, que es preciso mamarlas desde pequeño o someterse a tratamiento de choque. Las vallas publicitarias ni los anuncios televisivos corrigen males endémicos.

Tampoco creo que esto de la violencia en la pareja sea nada nuevo. Sólo que ahora se cuenta y hasta abre telediarios. Algo que, hace unas décadas, era un derecho de los machos sobre sus hembras que, si huian de sus maltratadores, eran detenidas por abandono del hogar.

De cualquier forma, encontré este vídeo que, dentro de su dramatismo, me resultó estético, impactante. Aunque quiero pensar que ninguna de las personas que se asoman a este blog, ya sea por casualidad, precisan que les recuerden estos mensajes.

A saber, porque para el egoísmo patológico y violento no existen edades, clases sociales ni niveles culturales.

Desnudez sin prisas

Buscaba imágenes para acompañar no sé qué reflexión o dislate, cuando me encontré este cuadro de no sé qué autor. Me dejó tan relajado la escena que olvidé el cuándo, el cómo y el qué iba yo a escribir.

Así que ahí les dejo, con esta mujer tranquila, en la frescura de su desnudez sin prisas.

Opciones

Durante la caída desde lo alto de un rascacielos, se decía a sí mismo: “Por ahora todo va bien”. Y se divertía jugueteando con las corrientes de aire, disfrutando del paisaje que descubría desde las nuevas perspectivas.

Durante la caída de lo alto de un rascacielos, se aterró tanto pensando en el porrazo que inevitablemente se iba a dar que su corazón, agarrotado, no soportó la tensión. Un infarto lo mató minutos antes de llegar al suelo.

realidades concéntricas

Las realidades se superponen, concéntricas, coetáneas.

Me sumerjo en mundos opuestos que conviven en planos geográficos comunes, aunque sin verse. Quizás, sin querer conocerse.

Paso unos días con jóvenes atrapados en biografías perversas y, sólo unas horas más tarde, celebro la luna llena con mujeres que sueñan con mundos justos, organizando bancos de tiempo solidario, dejando que fluya la energía, cuestionando roles sexuales…

Poco después, otra mujer llora una relación muerta y asume el luto por los años felices que pasaron, sacando fuerzas para esquivar las culpas por el amor desvanecido, los tics y otras dependencias.

El otoño avanza y, aunque el calor persiste, el estado gripal se instala en mis huesos, con ese ligero cosquilleo superficial que anuncia la llegada de la fiebre.