El camino del agua

Llueve sobre Canarias y el agua hace lo que mejor sabe: buscar camino. Deslizarse por los barrancos que erosionó durante siglos, desde el cielo ennegrecido hasta el océano.

Cuando le cubren de cemento y asfalto sus senderos, el agua no destroza, recupera lo que es suyo o, a lo sumo, busca alternativas.

Y si las avenidas tapan las salidas al mar, sin dejarles una tubería ni un simple arco, pasa por encima o las arrastra. Si las carreteras cortan las laderas, ella las salta. Si urbanizan las faldas de las montañas con alcantarillados ridículos, los rebosa.

En mis primeros años laguneros, en mis universitarios ochenta, recuerdo semanas de lluvia desenfrenada que parecían escenificar las tormentas del Macondo que leía por entonces. De esos tiempos no recuerdo metros cúbicos ni destrozos como los de ahora. Claro que aún no habían llegado los tiempos del ladrillo desenfrenado ni el nacionalismo se medía en kilómetros de autopista subvencionada por la Metrópoli.

Me aburren las teorías de la conspiración, pero no termino de rechazar la existencia de cerebros mercantilistas que se frotan los dedos con la caja que harán en los proximos meses reparando tanto destrozo. Y hasta la próxima lluvia.

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