la flor y el erizo



La flor, curiosa, se fijó en el erizo.
Él la admiraba desde la sombra de sus púas.


De vez en vez, ella estiraba su tallo por si alcanzaba a verlo.
Él se colaba silencioso en su jardín, oculto entre la maleza.


Las búsquedas se convirtieron en encuentros.
Y éstos fueron cada vez más largos, más  frecuentes.


El erizo sentía tanto respeto por la flor que temía hacerle daño con sus rarezas.
A ella le gustaba verlo corretear con su puntiaguda corteza.


Cuando se acercaron lo suficiente, a él se le enredaron las agujas.
Ella se sintió incapaz de frenar el temblique de sus pétalos.


Fue así que descubrió que la melena del erizo, aunque punzante, era también flexible. Él supo de las espinas de la flor.


Fue por eso que se animaron
tragaron saliva, ablandando los miedos, y se atrevieron.
Simplemente se atrevieron.


Desde entonces se les ve corretear juntos
atravesando vientos
sorteando montañas
cruzando autopistas
reinventando jardines…

despertar

Al despertar encontró sus sueños esparcidos por la cama.

En un primer momento pensó hacer lo de siempre: abrir la ventana y sacudir las sábanas, aireándolo todo mientras él se metía en el molde de su vida cotidiana.

Esa mañana, en cambio, prefirió recoger cada una de sus ilusiones y llevarlas consigo. El resto del día las fue repartiendo por rincones, macetas y jardines, con la silenciosa esperanza en que alguna acabara por germinar.

sms

Aún no había soltado los bolsos en su nueva habitación cuando escuchó el sonido del móvil. Un mensaje: “Se te va a echar de menos”, decía. No reconoció el número del remitente, pero  tampoco dudó que fuera para ella. Acababa de aterrizar en su nueva parcela de universo, apenas seis metros cuadrados de habitación en un piso de estudiantes de capital de provincia.

Después de ordenar armarios, colocar libros y recuerdos, le dio por contestar: “Gracias, yo también añoraré. Quién eres?”

A la mañana siguiente, enganchaba las nuevas llaves en el viejo llavero mientras bajaba las escaleras. Ahora le tocaba adentrarse en el nuevo hábitat. Descubrir calles, ruidos, tráfico, paisanaje. Con tanta tarea y emociones, no le quedó tiempo para recordar el mensaje de la noche anterior, hasta que recibió uno nuevo: “Te conozco desde siempre. Hemos sido vecinos hasta ahora”. 

No sabía bien cómo interpretar aquellas notas. La broma rebuscada de algún viejo compañero, un admirador secreto, un familiar burlón, un perverso vecino… Todas las opciones estaban abiertas, unas más divertidas que otras, algunas hasta desagradables. Y claro que se inflaba pensando en la posibilidad de despertar pasiones en un desconocido o, quién sabe, en un conocido que no se atrevía a confesárselo a la cara. Buf, qué idiota, pensó. Un tipo así no valdrá la pena. Y si es un viejo o un vecino casado. Y si es una broma y me están tomando el pelo. Por eso prefirió no darle más vueltas.

Durante los meses siguientes continuaron llegando mensajes que, sin darse cuenta, se acomodaron poco a poco en su vida. Se escribían los buenos días cada mañana. Se contaban los planes de cada jornada y, cada noche, esperaban para despedirse con sendos eseemeeses.

En Navidad tocó volver al pueblo. Tenía ganas, muchas, de ponerle cara a tanto escrito furtivo. No habían quedado en nada. Nada parecido a una cita. En tanto tiempo, ni siquiera se habían escuchado. Ella lo llamó en más de una ocasión, pero él no contestó. Se limitaba a enviar otro sms: “Todavía no. Mejor así”. Estuvo tentada a acabar con este juego macabro. ¿Hasta dónde iba a dejarse llevar? Pero, ella lo sabía mejor que nadie, era demasiado tarde. Le gustaba.

Paseaba por el pueblo mirando a todas partes. Tenía sospechas, por supuesto. Algunas más apetecibles que otras. Soñaba con una aparición al doblar cualquier esquina. No soltaba el teléfono, mirándolo compulsivamente. Pero en esos días no llegó nada diferente a los anteriores. En las miradas de sus vecinos no descubrió ningún brillo ni un guiño ni un gesto que le confirmara o delatara quien estaba al otro lado del teclado.

Ya estaba subida al coche, de vuelta a la ciudad, cuando escuchó el pitido. “Te queda muy bien ese pañuelo, aunque se te ve triste. Cuándo vuelves?” Al leerlo, dibujó una leve sonrisa, pero la decepción era evidente. No le quedó más remedio que darse el tiempo necesario para digerirla.

Así y todo, no interrumpió el contacto. Los sms continuaron viajando de un móvil a otro durante las siguientes semanas. Hasta que no pudo más. Tampoco ella se reconocía en el envío de aquel texto. “Estaré en el pueblo este fin de semana. Te espero el sábado en el cine. Iré a la sesión de las ocho.”

Cuando llegó a la sala, no tuvo dudas. Había pocos espectadores y sólo uno estaba solo. Se dirigió a aquella sombra y, pese a las muchas butacas vacías, se sentó justo a su lado.