septiembre

Se repite el ritual. Ejércitos de preguntas, proyectos abandonados, fracasos airados… salen de esquinas y cajones. Se abalanzan a mi paso enredándome los pies, desorientando mi equilibrio.

Los deber ser hacen piña y se cuadran frente al espejo de la mañana. Hasta el retrovisor del coche me devuelve imágenes rescatadas del olvido más grotesco.

La nueva cifra que llega proyecta un personaje que nunca fui, el traje a medida que encargaron para mí por estas fechas, hace ya mucho. Un terno en el que no entro, no sé si por grande o pequeño. No es para mí.

No tengo respuestas. Solo sé que los días pasaron en su fluir. Las decisiones eran inherentes a los pasos. Me obligué a probar corsés asfixiantes que no tardaron en amoratarme. Escapar o morir. Y seguí gravitando.

La gente camina deprisa. A veces envidio su decisión, como si supieran hacia donde van. Una misteriosa meta les atrae, como imantados. Los veo pasar. Probé a tirarme a su paso, pero no me arrastran.

Los catecismos que me amamantaron cayeron derrocados por las verdades adolescentes, pero éstas también se desdibujaron al poco.

La única verdad es que no existe ninguna. Ni metas. Ni fórmulas. Ni trucos. Ni atajos.

Qué difícil llegar a puerto sin faro, cuando no hay faro ni orilla.