Tres lópez

Aquellos brazos fuertes que me alzaban al aire

hoy son hueso y pellejo, manchado por el tiempo.

La mano que me protegió de las caídas

busca mi apoyo para salvar el equilibrio.

La fuerza abandonó la vehemencia,

se hizo ternura.

La mente ágil, competitiva y exigente,

la que me contagió la obsesión por los números,

hace mucho que decidió desconectar,

instalarse en el ensimismamiento,

en la felicidad de hacerse inmune a los estímulos.

Ahora me toca aprender la lección del tiempo,

la del equilibrio compartido,

que pasó de tu cuerpo a mi cuerpo,

digerir los cambios,

interpretar la presión de tus manos,

deambular por tu mirada ausente,

disfrutar tus silencios,

acumular recuerdos.

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