Lecciones

Mis chicos de biografías perversas tienen una facultad que siempre les agradeceré, la de llevarme a mis propios límites, allí donde tengo que redescubrirme, reformularme, reinventarme.
Uno de ellos, hace unas semanas, me transmitía sus inseguridades, sus temores, su incapacidad para afrontar el miedo a sus abismos. Sin proponérselo, me llevó a rebuscar entre mis recursos cotidianos, ésos que manejamos sin darnos cuenta, sin plena consciencia. Mecanismos de defensa, artimañas para autoengañarnos y echarle morro a cada nueva mañana. Me hizo ver que mi truco es fijarme en lo bueno, que es lo que me hace prestar atención y percatarme de todo lo genial y maravilloso que ocurre a mi alrededor cada día. Que cuando me ofusco en lo malo, no veo más que la mierda y se me escapa todo lo demás, que no es poco.
Otros, cuando sacan su ira irracional acumulada, me enseñan a controlar la mía. Especialmente cuando la disparan contra mí y sin motivo. Me dan lecciones en el borde de mi frustración y mi impotencia. Aprendo a respetarles sus tiempos, a observarles y  a adivinar sus estados de ánimo, sus motivos, descubriendo en ellos los míos.
Mis chicos de biografías perversas son una pasada. Y se supone que a mí me pagan por educarlos. No viceversa. La repera.

peticiones

Lo que encontramos por el camino, nos sorprende y gratifica.

Lo que conseguimos a fuerza de peticiones, jamás se desprende de un cierto saborcillo a inseguridad. No se le cae la duda de si está con nosotros porque era nuestro o si lo atraimos a empujones, de puro compromiso o intimidación, si es o no real, veraz.
Orgullos aparte, claro está.

muros

Conocí a Rafael porque era amigo de mi abuelo. Trabajaron juntos en los astilleros de Bazán y, ya jubilados, solía sumarse a las visitas a la finca que PapaMingo tenía en San Mateo, donde echábamos las mañanas de los sábados con mi primo Octavio. Ellos regaban los frutales y arreglaban desperfectos de la vieja casona. Yo cabalgaba a lomos de la gruesa rama del un viejo nogal, rumbo a mis fantasías.
Rafael pasó sus tardes de juventud, durante la República, jugando al ajedrez y al dominó en el Parque Santa Catalina, donde también solían reunirse militantes de izquierdas, comunistas, socialistas, anarquitas… Él no tenía ideología definida pero gustaba de aquellos juegos y del ambiente.
Con el golpe de Estado de Franco, los tertulianos fueron cayendo en manos de la represión. También fueron a por Rafael. Su afición al tablero le supuso ni sé cuantos años en el campo de concentración de La Isleta. Allí lo ocuparon levantando eternos muros de piedra que, seguidamente, le ordenaban que tirara al suelo para, acto seguido, volverlos a levantar.
Así pasó Rafael la guerra y parte de la posguerra, levantando y tumbando muros inútiles en los descampados de La Isleta.

Cuestión de ritmos

Hay relaciones de mera complicidad y otras que hacen entender los boleros (Gema, dixit). Sólo que a éstas, de vez en cuando, les da por cambiar de ritmo y convertirse en tangos. O, peor, en desafinada versión de algún tema de la olvidada adolescencia.