Y van tres
Tercera cita con la muerte en menos de un mes. Demasiadas, sí.
Ayer se fue Diego. Lo conocí hace unos meses y, la verdad, nunca logré entenderlo. Mucho menos me siento capaz de comprender ahora esa decisión de irse, con algo más de treinta años. Imprevisible. Indescrifrable para mí.
Siempre pensé que el suicidio es una de esas decisiones irreversibles que se toman en un momento de ofuscación, cuando no vemos más allá de nuestros propios problemas, por pequeños o grandes que sean. Muchos tienen soluciones que no adivinamos, otros se nos escapan sin darnos el permiso ni la humildad de dejar que el tiempo se encargue de ellos.
Repito, no entiendo nada. Y las miles de hipótesis que me bombardean sólo traen más oscuridad, hasta resultar molestas.
No creo en el más allá ni en otras vidas. Esas opciones no sacian mis interrogantes. Prefiero pensar en la descomposición orgánica que facilita los ciclos vitales. No lo descubriré nunca pero, sea como sea, espero que en cualquiera de sus formas, alcances y saborees la calma que, sospecho, no disfrutaste hasta ahora.
Adiós, Diego.
antípodas
reciclajes
En las calles de mi barrio han puesto un nuevo recipiente, otro más para la recogida selectiva de basuras. El nuevo es violeta y no sirve para echar bolsas ni vacíar ceniceros. Éste, curiosamente, recibe visitas solitarias de los vecinos que, en silencio, le depositan emociones pesadas y otras pesadillas.
El abuelo cascarrabias lo rebosó el otro día con su enfado crónico de décadas. La vecina del quinto dejó en él su colección de desamores. Mi hermano estuvo horas junto al depósito, hasta lograr desprenderse de sus silencios. El chico del estanco vomitó en su interior todo el vacío que cultivó con tanta relación esporádica. La señora de la tienda dedicó un buen rato a aliviar sus miedos por los abismos cotidianos. Mi madre sacudió en él la alfombra del salón, repleta como estaba de discusiones y desencuentros.
No sé qué hacen con estos desperdicios. No he logrado averiguar quién, cuándo ni adónde se los llevan. Me intriga especialmente en qué los convertirán. Sólo sé que en mi barrio, desde entonces, la gente pasea sonriente.
mañana de verano
reflejos
Imagen: Saulo López.
El puerto de Granadilla, el PGO de Santa Cruz de Tenerife, la perversa desprotección de la biodiversidad en Canarias, el proyecto de Ley de Función Pública… Más motivos que manifestantes.
Hay quien le echa las culpas a haber centrado la convocatoria de la protesta del pasado 26 de junio en internet, abandonando el puerta a puerta, asociación a asociación, barrio a barrio. Fuera por lo que fuere, no recuerdo una concentración tan minoritaria desde mi época estudiantil, casi casi que desde el instituto.
Todos parecemos convencidos de algo: sobran los motivos. Así todo, la calle estaba vacía.
No comparto los discursos rimbombantes de cambio total, me huelen a moho, pues los vengo escuchando desde hace más de treinta y tantos años. Tal cual, sin apenas mover una coma. Y no soy de los fundadores de esta movida, ni por asomo. De cualquier forma, no es sano dejarse robar, estafar, mangonear, especialmente cuando es tan explícito y evidente que casi no queda nadie que no sea consciente de semejante escarnio, sin el más mínimo pudor. El silencio en estos casos tampoco es sano. Es por eso que reivindico y echo en falta el ejercicio colectivo del legítimo derecho al pataleo.
Qué le voy a hacer, ya poco me queda, perdida la confianza en la honradez humana, la de ese bicho capaz de corromperse y traicionar desde que de lejos huele y ensaliva el poder.
También por coherencia teórica. Suponer que con un giro en las elecciones, un cambio de gobernantes, de leyes, de sistemas, de modelos…, de lo que quieran cambiar, íbamos a pasar a un estado cuasi divino, paradisíaco, donde todas las luchas de poder y las injusticias estén neutralizadas, no sólo es patética inocencia infantil, puro populismo, sino que hasta contradice el materialismo dialéctico del venerado Karlitos. Los puristas dirán.
Con todo, me resulta necesario, imprescindible, el ejercicio de la protesta, aunque sólo sea por la dignidad de no sentirnos tan idiotas ante el descaro ajeno. Por eso, me resulta tan gráfica a la vez que preocupante la imagen que tomó Saulo en el espejo, la que nos devuelve el reflejo de la sociedad que formamos, de lo que somos.
políticamente incorrecto
Más de una vez escribí que las cosas que no tienen nombre, de las que no se habla, en las que no se piensa, no existen o acaban desapareciendo. Estaba convencido desde entonces de la importancia de las palabras para conocer el mundo, discriminar, sentir, pensar sobre objetos, procesos, emociones… Así y todo, mantuve y mantengo que existen cuestiones en las que más vale no pensar, en las que mejor no ahogarse, básicamente, porque su solución o evolución escapa de nuestro alcance, no está en nuestras manos.
Estos días, leyendo a Arnold Mindell, un gurú de la conflictología, encontré la cita que reproduzco al final y me llevó a deshacer el mismo ovillo hasta reconocer que el silencio también es aliado de las situaciones injustas, de las batallas eternas, que perpetúa las diferencias al hacerlas invisibles, negándolas. En muchas ocasiones es preciso reconocer la existencia del conflicto, del otro, de la diferencia, instalarlos en lugar visible y afrontarlos a plena luz.
En el terreno social, esta lectura desmonta la presunta idoneidad del lenguaje políticamente correcto, tan aparentemente progresista.
«La corrección política -la idea de que la gente no debería ser racista, sexista, antisemita, homofóbica, etc.- olvida que los prejuicios no tendrían por qué prohibirse si no existieran. La corrección política lleva a ocultar los prejuicios. La gente que pertenece a una minoría política o a un grupo marginado se siente paranoica porque la corrección política oculta la dominación bajo el subsuelo, haciendo que sea más difícil trabajar con ella.»
MINDELL, A. Sentados en el fuego. Editorial Icaria. Barcelona, 2004




