reciclajes

En las calles de mi barrio han puesto un nuevo recipiente, otro más para la recogida selectiva de basuras. El nuevo es violeta y no sirve para echar bolsas ni vacíar ceniceros. Éste, curiosamente, recibe visitas solitarias de los vecinos que, en silencio, le depositan emociones pesadas y otras pesadillas.
El abuelo cascarrabias lo rebosó el otro día con su enfado crónico de décadas. La vecina del quinto dejó en él su colección de desamores. Mi hermano estuvo horas junto al depósito, hasta lograr desprenderse de sus silencios. El chico del estanco vomitó en su interior todo el vacío que cultivó con tanta relación esporádica. La señora de la tienda dedicó un buen rato a aliviar sus miedos por los abismos cotidianos. Mi madre sacudió en él la alfombra del salón, repleta como estaba de discusiones y desencuentros.
No sé qué hacen con estos desperdicios. No he logrado averiguar quién, cuándo ni adónde se los llevan. Me intriga especialmente en qué los convertirán. Sólo sé que en mi barrio, desde entonces, la gente pasea sonriente.
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