luna de agosto

No sé qué tiene el verano que me transforma. Me saca el hedonista silencioso que llevo dentro y termina de anestesiar lo poco de hormiga que puede quedarme en algún bolsillo perdido. Los meses se me esfuman embelesado con los ritmos de las mareas, en cualquier orilla, lagartijeando al solajero.

No sé si la tan versionada luna de agosto tiene algo que ver en todo esto, si es por la conjunción de astros en estas fechas o si, simplemente, el calor me atonta.

Siempre lo tuve por mi estación favorita y aquí estoy, disfrutándolo por cuadragésimoa quinta vez consecutiva. Como la primera.

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silencios

En esta era de telefonías y teclados, televisiones a borbotones, parlanchines sin feria  y demás blogueros desconocidos, levanto la bandera del silencio, en defensa de sus virtudes. 
El de las bibliotecas, rebosantes de palabras ordenadas en mudos kilómetros de estanterías, aguardando calladas en renglones infinitos.

El silencio de las melodías, el que salpica los pentagramas, entre notas y acordes, construyendo el milagro del ritmo y la armonía.

El de bodegas, catedrales y bosques, fermentador de uvas y almas.
El silencio compartido en las amistades enraizadas. El de la compañía acogedora y la mirada cómplice.
El silencio ensordecedor de la soledad y el desierto, el que nos deconstruye y renace.
El placentero, sí, el de la placenta, al que necesitamos volver de vez en vez.
La ausencia de ruido y palabras que desacelera los remolinos de emociones, la que siembra paciencia y permite decidir o esperar cuando las cartas vienen marcadas.
Al que me abrazo cada noche para hundirme en las imágenes de mis sueños.
Por eso, donde haya un buen silencio…