debe de ser

Debe de ser  maravillosa la vida del anacoreta, sin nadie que venga a tocarte las narices porque sí, de puro aburrimiento, porque no encuentra quien le quiera. O vaya usted a saber qué ocultas razones arrastra, que la mente humana está repleta de recovecos donde  se crían toda clase de ideas. Muchas de ellas, perversas.
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violencias

Si aparece una pistola en escena, decía Chejov, siempre hay un personaje que la utiliza a lo largo de la trama. En la vida real, la Psicología confirma que nos ponemos más violentos cuando hay armas presentes.

De cualquier forma, mucho me temo que las cosas nunca son tan fáciles de delimitar. Yo mismo, procuro evitar los juguetes bélicos y las armas me dan tremendo repelús, por aquello de que las carga el diablo, pero no olvido que pasé la infancia imaginándome a lomos de un caballo desde donde disparaba a indios o vaqueros, según me diera.

Y quién no conoce o padece a quien sin armamento ni argumento enreda con su mal genio y su versátil violencia.

ingrávido

Nos aferramos a seudoverdades que nosotros mismos inventamos. Hasta las más elementales. Empezando por las físicas y geográficas. El Norte, el Sur, los planetas… Es nuestra necesidad de estabilidad, de sentirnos seguros en entornos constantes. Como la rutina de los niños.

Todos lo sabemos, todos lo estudiamos pero preferimos olvidarlo, pensar en otras cosas. Es una evidencia que vivimos en una partícula insignificante de un planeta que, a su vez, es una minucia que gira alrededor del Sol, una estrella enana que… no se sabe bien qué hace en ese enorme vacío que llamamos Universo.

No existe el arriba ni el abajo, la derecha ni la izquierda, lo mucho y lo poco, avanzar ni retroceder… son meros conceptos relativos, contextuales.

Somos seres menos que microscópicos deambulando sin rumbo en un espacio que no abarcamos ni con la imaginación.

Con todo, igual que las hormigas, caminamos con apariencia de seguridad, veloces, atareados en cuestiones banales con gesto terso y arrogante, como si nos fuera la vida en ello.

Claro, es muy sencillo alienarse con estupideces, llenando el gran vacío con modas, trapitos, facebooks, amores, músicas, títulos, libros, canciones, deportes, coches, ambiciones materiales, apariencias, religiones, electrodomésticos, luchas de poder… y hasta militancias políticas.

Es mucho más llevadero enredarse en cualquier asuntillo cercano que vivir siendo conscientes de que la vida es un flotar en la nada, sin rumbo ni sentido. Que no se puede avanzar porque no hay adónde ir. Que nada es mejor ni peor. Que sólo tenemos medidas subjetivas con las que autocomplacernos y anestesiarnos para seguir enredándonos en cualquier tontería, alguna que nos tape los ojos a lo inmenso de la realidad y sólo nos permita enfocar los primeros planos, las minucias de lo cotidiano más inmediato.

Alienarse es absurdo pero, debo admitir, provoca menos vértigo que la ingravidez.

sin rutina

Hay días en los que no puedo más que envidiar a los dogmáticos, a ésos de orejera y mirada fija, a quienes jamás garraspean ni dudan ni les tiembla el pulso.

Días en los que me gustaría aplanarme el encefalograma y vegetar, disfrutando.

Jornadas en las que no paro de vomitar interrogantes y otras desconfianzas, cuando pagaría por saborear la felicidad de la ignorancia, de la incapacidad de prospección.

… todo porque me asomé a este lunes buscando mi rutina y, para mi sorpresa, nada estaba donde lo había dejado.

ríos de gentes

Un verso de no recuerdo quien (Octavio Paz?) cuestionaba ¿cómo puede ser usted indiferente a ese gran río de gentes?, o algo así. Me lo trajo a la memoria esta tarde la grata sorpresa de London River. Hacía tiempo que no salía de un cine satisfecho y agradecido por una buena historia bien contada.
London River, de Rachid Bouchiareb, premiada en Berlín y San Sebastián, llama la atención por la sencillez de sus formas y por el tratamiento humano de un tema tan presto al sensacionalismo sesgado y la lágrima fácil. Muy al contrario, partiendo de los atentados del fundamentalismo islámico habla del encuentro, de las semejanzas y los puntos comunes de dos personas de culturas y religiones diferentes que buscan a sus hijos tras las bombas, movidos por el mismo amor y compromiso para con su familia. Habla de los miedos y prejuicios que provoca la ignorancia.
Me gusta la historia que cuenta Bouchiareb porque desmonta mitos, porque muestra un Londres multicolor habitado por seres hechos del mismo barro, a quienes les late el corazón y les brotan las lágrimas por las mismas emociones, movidos  por los mismos sentimientos, capaces de apoyarse y ser solidarios aún siendo distintos. Su historia es también una linda forma de combatir el terrorismo.

Si no la has visto, corre, que ya apenas la tienen en dos pases. Y si no te gusta la peli, siempre te servirá para refrescarte un rato con el aire acondicionado de la sala y huir del bochornoso calor del agosto chicharrero. O de donde sea que lo estés pasando, claro.


medidas y afectos

La quería, sí, desde donde estaban hasta el mismísimo límite en que su cama se convertía en precipicio al oscuro abismo cotidiano. Ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta… así hasta el infinito.

Lo quería hasta el espacio interior, un lugar donde nadie pasa frío.
Se quisieron hasta el fondo a la izquierda, aquel lugar oscuro donde descargaron sus pasiones más secretas.
La quiso hasta el olvido.
Se amaban tanto tanto, que permitían que cada cual viviera su propia vida, sin concesiones, interferencias, compromisos ni explicaciones.