Esfuerzos inútiles

Vale, que sí, que estoy de acuerdo en eso de la visión holística de lo humano, con aquello de las muchas patas sobre las que nos sostenemos y andamos: la física, la intelectual-cultural, la emocional y hasta la espiritual, para quien la tenga, juraría que no es mi caso. Aún así, hay pocas cosas tan inútiles como teorizar sobre los sentimientos.
No se trata de negarlos, en absoluto. Todo lo contario. Están en el meollo de todas nuestras cuestiones: acciones, reflexiones, salud… al tiempo que se dejan influir por todas ellas.
Es precisamente por eso que teorizar sobre la emociones es tremendamente subjetivo y  contextual. Las metaemociones son un constructo sesgado de lo que sentimos, una montaña de arena.
Mucho más si tenemos en cuenta la limitación de las palabras, que no hay verborrea capaz de describir todos los detalles de cada cosquilleo, cabreo, enamoramiento, indiferencia…
Sin entrar en el significado personal que cada cual le da a cada término. En tal caso, apaga la luz y vámonos.
Las emociones están para sentirlas, para dejarlas fluir. No nos queda otra. Ni reprimiéndolas dejan de condicionarnos.
Para todo lo demás están los poemas, los boleros, los tangos, la baladas, el rock and roll y hasta el havy metal. Lo que más nos valga en cada momento y ocasión.

El cuento que más te gusta

En una reunión familiar reciente -mi padre cumplió 80 años y convocamos a buena parte de la familia-, salió la recurrente conversación de a través de qué medios nos informamos de la presunta realidad.
Ocurrió lo habitual en una familia variopinta como la mía: los de El País, Público y otros medios alternativos de Internet miraban con recelo a los de El Mundo e Intereconomía. También viceversa.
Claro que, cada cual lee, escucha, ve la interpretación del cuento que más le gusta, negándose a percibir las que le distorsionan la concepción del universo que eligió ver.
En el fondo, todos sabemos que escogemos una versión sesgada de la realidad, interpretada a su vez por sujetos interesados.
Pero… ya lo decía Platón. 

Medidas antidéficit

No voy a decir nada nuevo, lo sé, pero si no escribo de esto, me asfixio.
El gobierno ZP se gasta la pasta pública en salvar a los bancos de sus pufos  de beneficios privados. Ahora que no le cuadran las cuentas y recorta gasto social, sin tocarle la tributación a los ricos.
La CEOE se frota las manos. Los sindicatos mayoritarios anuncian huelgas generales, de dudosa efectividad, dicho sea de paso.
Así está el patio.
Para leer:

estrategias

Si me atacas y me enroco, me encierro entre mis propias piezas, me inmovilizo, me asfixio. Tú ganas.
 
Si contraataco, abandono mi jugada, dejo de ser yo para responder a tus impulsos, quedo vulnerable e indefenso, avanzo a tu ritmo. Tú ganas.
 
Ahora que veo tus fichas, la caída de tu rey no es para mí un objetivo. Mucho menos los contoneos de esa reina tuya. Tampoco derrumbar las torres en las que habitas. Así que, pensándolo mejor, abandono este tablero. Tú ganas. Yo gano.
 

Gorgorito

Invierto tiempo y dinero en aprender a resolver conflictos de otra manera, a hablar de forma asertiva, a comunicarme sin violencia… pero, una tarde de mayo, se me ocurre ir con mi hijo al parque y un muñeco de trapo le enseña que los problemas se solucionan a mamporrazos. Ya me vale.

Lecciones

Mis chicos de biografías perversas tienen una facultad que siempre les agradeceré, la de llevarme a mis propios límites, allí donde tengo que redescubrirme, reformularme, reinventarme.
Uno de ellos, hace unas semanas, me transmitía sus inseguridades, sus temores, su incapacidad para afrontar el miedo a sus abismos. Sin proponérselo, me llevó a rebuscar entre mis recursos cotidianos, ésos que manejamos sin darnos cuenta, sin plena consciencia. Mecanismos de defensa, artimañas para autoengañarnos y echarle morro a cada nueva mañana. Me hizo ver que mi truco es fijarme en lo bueno, que es lo que me hace prestar atención y percatarme de todo lo genial y maravilloso que ocurre a mi alrededor cada día. Que cuando me ofusco en lo malo, no veo más que la mierda y se me escapa todo lo demás, que no es poco.
Otros, cuando sacan su ira irracional acumulada, me enseñan a controlar la mía. Especialmente cuando la disparan contra mí y sin motivo. Me dan lecciones en el borde de mi frustración y mi impotencia. Aprendo a respetarles sus tiempos, a observarles y  a adivinar sus estados de ánimo, sus motivos, descubriendo en ellos los míos.
Mis chicos de biografías perversas son una pasada. Y se supone que a mí me pagan por educarlos. No viceversa. La repera.