visiones


Tenía un ego tan desproporcionado que le impedía ver el árbol, el bosque, el río, la casa, el pueblo, la ciudad, la isla… y a sí mismo.

¿Lágrimas? Ésas no le molestaban. Sólo se las permitía en privado y a oscuras, para que no le erosionaran la imagen pública.

Suertes

Ando entre jóvenes de biografías perversas y otras más cercanas que acabaron en el mismo trullo. Sus vidas, sus picardías e inocencias, me subrayan la importancia de la suerte.

De la suerte al caer en una familia, en otra o en ninguna; en un punto geopolítico o en otro. Y de la suerte en la toma de decisiones frívolas en la edad de la inconsciencia.

Alguien intenta contarme -no me dejo, me resisto, interrumpo- que elegimos dónde y entre quiénes nacemos. Esos rollos del karma que, quizás, alivian la existencia a sus seguidores. A mí no me aportan nada, me suenan a meras excusas para seguir adelante. Prefiero quedarme en el presente, aunque suene a otro discurso comercializado, el del vivir el ahora.

Nos consuele o no, aquí estamos. Cada cual con sus gracias y sus miserias. Y por eso sigo, buscando puntos de encuentro y coincidencia.

El péndulo de Micandi

Lo explicaba en un taller de risoterapia: funcionamos como péndulos. Si estamos alegres y nos acercamos a la tristeza y mal humor de otro, uno de los dos será abducido por el estado de ánimo ajeno. Así, como las bolas de un péndulo, la que estaba quieta se mueve con la otra o, quizás, la inmóvil acaba paralizando a la segunda.

El otro día una frase de una canción comercial salió de la radio de mi coche para devolverme y mezclarse con aquella idea.

Nos levantamos por la mañana y nos dejamos arrastrar por los estados de ánimo de quienes nos rodean, de las noticias de la radio, del estrés de quien pita en la caravana de cada dia, de la arrogancia de algún mediocre, de la alegría de cualquier paseante… Sí, claro, interactuamos, nos empapamos del contexto… pero ¿cuántas veces nos escuchamos, miramos para dentro y vemos cómo nos sentimos ese día realmente?

No sólo está bien eso de la empatía, de interactuar con el entorno y los semejantes. En realidad es inevitable. Pero, se me ocurre, estaría mejor si atendiéramos a lo que de verdad sentimos, saborear nuestra tristeza, vibrar con nuestra propia alegría… Sólo así seremos menos maleables a emociones ajenas y, en su caso, contagiaremos lo más real de nosotros mismos.

¡Vaya! Pues sí que dan de sí un taller de risoterapia y una frase de cancioncilla comercial.

Castañas sobre fondo azul





Salimos en busca de las imágenes para el reportaje de un sendero por los castaños. Quizás también para la portada de la revista. No teníamos el día inspirado. Jugueteamos. Trepamos a los árboles. Sacamos decenas de fotografías, pero ninguna nos dejó satisfechos.

De vuelta a la Casa, me vacié los bolsillos sobre una mesa azul. Fue entonces cuando comencé a jugar con las castañas y la luz que se colaba por la puerta de cristal.