Un trato de coherencia

Hagamos un trato. Un pacto de coherencia. Si alguna vez te has quejado del disparate consumista navideño; si en más de una ocasión, sin comerlo ni beberlo, te has visto arrastrad@ a comprar regalos innecesarios con la previa seguridad de que acabarían en el rincón más perdido de un armario que nadie abre, si esto de la Navidad te parece un rollo patatero, bienvenid@ al pacto.


A ver. Definamos los puntos:

En primer lugar, ¿qué tal si a todas las personas proclives a gastar su dinero en regalarnos, les pedimos que se abstengan? Bastará con decirles que no necesitamos nada material. Que muchas gracias, pero no.

Para seguir, podemos no caer en la tentación de comprar nada innecesario a nadie, por mucho que lo queramos, convencidos como estamos de que el cariño, también el amor, es francamente otra cosa.

A nadie le gusta quedar como el bicho raro, el amargafiestas de la pandilla, de la familia, del grupo de lo que sea. Hagamos el esfuerzo, sacudámonos el peso del qué dirán.

Para compensar, propongo que regalemos horas de conversación, de compañía, paseos silenciosos por la orilla de cualquier abismo, un rato de atención, empatía, asertividad, la propuesta firme de escuchar sus proyectos -por mucho que de antemano nos puedan resultar absurdos-, un saco de abrazos, unas risas compartidas, una siesta con babas frente a un televisor la tarde de cualquier domingo…


Vale, vale. Lo sé. Estos regalos cuestan más, pero estarán conmigo en que son obsequios realmente necesarios, no contaminan y, por ahora, ninguna multinacional ha inventado como sacar tajada de ellos.

¿Se apuntan?


Vivir de pie

Hay episodios de la historia contemporánea que requieren mayor esfuerzo imaginativo que revivir el terciario o el cuaternario.

Albañiles analfabetos, hombres hechos a sí mismos, convertidos en líderes honrados, que entregan sus vidas a la justicia social, a la revolución, a un mundo mejor…

Cipriano Mera, según cuenta el documental de su biografía, era un tipo así.

Me cibercrucé con el personaje en unos días en que le daba vueltas a las exigencias de cada momento: aquellos que reclaman acción, intervención decidida, frente a los que no permiten otra cosa que esperar, aguantarse la frustración y la rabia, en los que es preciso recogerse y, en todo caso, aglutinar herramientas para cuando vuelva la hora de actuar.

De espaldas

El Estado español sigue mirando hacia otro lado. Da igual quien esté en el poder. La historia tiene siglos: colonización, descolonización, machaque de derechos humanos…
Aquella vieja disculpa de mantener contento al corrupto Marruecos para que frene el islamismo radical, ¿alguien se la sigue tragando? Han entrado hasta la cocina. De la migración clandestina, válvula de escape de sus contradicciones sociales y económicas, de eso mejor ni hablamos. De la inversión española en sus infraestructuras o del capital canario en su industria, ¿qué decir? ¿Qué contar de los privilegios del reino alauí en sus exportaciones a la UE? ¿Y de su control del banco pesquero canario-sahariano?

Como suele ocurrir, no basta con mirar para otro lado. El conflicto no sólo está cerca. Está en casa. Por mucho que al ilustre Moratinos todo le suene a demagogia.

Conversaciones trenzadas

Barranco Hondo. La Victoria / Javier López

Me acordé de ellos mirando las piedras acumuladas en la orilla, esas rocas redondeadas por las olas, que se apiñan como si se abrazaran, dándose calor, protegiéndose del frío.

Mi gurú de pies de agua se fascina con las piedras. Aunque se maravilla con la autonomía del reino vegetal, el único que se basta con el sol, el agua y los minerales de la tierra, sin depender de ninguna otra especie para sobrevivir, ella ve en las piedras la concentración de la memoria eterna, la historia de la Tierra y el Universo.

Mi admirado veinteañero Mr. Trivial defiende airado la superioridad del ser humano por encima de cualquier otra especie. Por su capacidad de construir y destruir, argumenta.

Mientras, los jóvenes de biografías perversas gritan desde el interior de sus jaulas ¡¡¡Soy el puto amo!!!

Puestos a construir jerarquías, me pregunto con qué variables debemos medir la superioridad, ¿es la autonomía la medida o debe serlo la capacidad de modificar el entorno?, ¿por qué no valorar la habilidad de adaptarse a la naturaleza causando en ella las mínimas repercusiones? Ya puesto, sigo cuestionándome si el mérito está en la mera superviviencia o en la calidad de la existencia ¿Quién es más feliz, el humano o la hormiga, el perro o su amo?

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La próxima semana, parece que el miércoles, se dedica un día en contra de eso que llaman violencia de género. No soy amigo de celebrar-conmemorar jornadas contra esto ni a favor de lo otro… esa agenda de la progresía saturada de eventos solidarios y buenas intenciones.

Hay actitudes que se interiorizan o no, que es preciso mamarlas desde pequeño o someterse a tratamiento de choque. Las vallas publicitarias ni los anuncios televisivos corrigen males endémicos.

Tampoco creo que esto de la violencia en la pareja sea nada nuevo. Sólo que ahora se cuenta y hasta abre telediarios. Algo que, hace unas décadas, era un derecho de los machos sobre sus hembras que, si huian de sus maltratadores, eran detenidas por abandono del hogar.

De cualquier forma, encontré este vídeo que, dentro de su dramatismo, me resultó estético, impactante. Aunque quiero pensar que ninguna de las personas que se asoman a este blog, ya sea por casualidad, precisan que les recuerden estos mensajes.

A saber, porque para el egoísmo patológico y violento no existen edades, clases sociales ni niveles culturales.