Modelos


Un buen día se preguntó qué habría sido de su vida sin los otros. Los otros en los que se miraba y medía. Aquellos en base a los que se construyó. Ésos a quienes siempre quiso parecerse y los otros de quienes se afanaba por diferenciarse. Los que dejó atrás y los que siempre se empeñó en adelantar… Si no fuera por todos ellos, ¿que habría sido de él?


Quizás habría creado, inventado, improvisado, crecido.
Puede que se sintiera aliviado, sin tener que ser ni superar.
Es posible que sin los cadáveres de unos ni las nubes de los otros, sintiera el terror del abismo.
O que aprendiera a vivir sin los tiras y aflojas de las fuerzas de rozamiento humanas.

¿Quién sabe? Sólo es un suponer.

La imagen es de IRMA GRUENHOLZ. http://www.deplastilina.com

Cegatos

Recuerdo un fin de año en que un godo, de los que ejercen, me dio la noche. Uno de esos tipos que se quedan a vivir aquí y no paran de despotricar de las Islas y de nosotros. Tan petardo se puso que desbordó mis muchas ganas de ignorarlo.

En voz muy alta y sobrada de eses, ces y zetas, aquel personaje venía a decir que la única idiosincrasia de los canarios es que somos rematadamente idiotas. Especialmente porque las administraciones locales no le permitieron levantar un hotel en espacio protegido. Mira tú por donde. Los catalanes sí son diferentes, decía. Los canarios, igualitos que los de La Mancha, se jactaba el lumbreras.

Este mal recuerdo me viene porque acabo de hacer un viaje relámpago por medio archipiélago. Tres islas en seis días. Tiempo suficiente para reafirmarme en que cada una tiene su ritmo, su paisaje y su psicología.

Dediqué esos días a mover CANARIdoscopio.com. Un proyecto que, respetando las diferencias, pretende unir, tejer una red que facilite la comunicación, el conocimiento, el intercambio. Así y todo, tampoco faltaron los insularistas recalcitrantes, aquéllos a quienes lo primero que les interesa es el ADN del proyecto, de sus promotores.

La arrogancia del primero y el ombliguismo del segundo son dos formas de la misma ceguera, dos negaciones igual de castrantes.

Al godo, aquel treinta y uno de diciembre, le dije que tan listo no debía ser si en tantos años por estas ínsulas no se había enterado de nada.

Al del pedigrí, el otro día, le confesé que soy canarión, padre de un niño chicharrero de madre herreña. Que, por favor, no me estuviera contando pamplinas.

De lo superfluo


La televisión, la radio, los periódicos, las familias, los amigos y desconocidos, la gente por la calle… todo el mundo a todas horas está hablando de lo mismo, de la maldita crisis. Estamos todo el rato metiéndonos miedo unos a otros con lo mal que nos va y lo peor que nos va a ir, así que terminamos congelados, petrificados… incapaces de dar un paso por temor a estallarnos.

La situación económica crea un estado de opinión, una ideología (Karlitos, dixit). Y esa ideología influye nuevamente en la situación económica. Pura dialéctica materialista. Así que, o dejamos de llorar y nos ponemos las pilas, o acabaremos ahogados en tanta lágrima facilona.

Estamos en tiempos de siembra. De sembrar y poner cimientos.

Sin que sirva de anestesia, no está mal recordar como lo pasaron unas generaciones atrás durante la posguerra española. Aquello sí que era hambre.

Ocurre que ahora, si no cambiamos de coche a cada golpe de antojo, si no llevamos el último modelo de móvil, si no utilizamos el ordenata más potente del mercado ni vestimos con la marca de moda ni veraneamos lejos muy lejos… parece que morimos de miseria.

Estamos sobrados de necesidades absurdas. Por eso, este período nos vendrá genial para sacudirnos más de una dependencia superflua y volver a poner los pies en la tierra. Para redescubrir las grandes cosas que, normalmente, son las que no cuestan dinero.

Emigrantes

Insisto: Aquí todos llegamos en patera. La historia de la humanidad es una sucesión infinita de desplazamientos a lo largo del planeta. En busca de comida, huyendo del frío, de las guerras… Todo lo demás, puro discurso ombliguista, egocéntrico, egoísta, racista…

Sin África

Los descubrí gracias a un atasco en medio de La Laguna. Yo estaba atrapado en una cola. Ellos, sentados en un muro de Padre Anchieta, viendo pasar la mañana.

Aunque vistieran de formas y colores diferentes, iban uniformados. La gorra de la sudadera hasta la nariz, camisetas, vaqueros y zapatillas deportivas.

Era una pandilla habitual de la zona. Sólo les diferenciaba su procedencia: eran inmigrantes. El color de su piel y el ancho de sus fosas nasales les delataba.

Quizás, lo que me llamó especialmente la atención fue la aparente tranquilidad de sus miradas. Inmóviles, perdidas en alguina parte que no fui capaz de divisar.

Un detalle de su vestimenta me dejó pensando. Bajo la sudadera abierta, uno de ellos llevaba una camiseta con el dibujo de un globo terráqueo. Se distinguían en él todos los continentes menos uno. Debajo de Europa no estaba África. Por allí se extendía la mancha azul de los océanos.

Carnaval de calle

Me gusta el Carnaval de la calle. Me gusta porque lo vi a escondidas en los años oscuros, cuando los grises corrían tras cualquier cosa que se moviera. Lo tenía cerca, porque fue en mi barrio donde se aletargó hasta que pudo desparramarse por toda la ciudad.
Me gusta el Carnaval de la calle porque invita a quitarte las caretas, a ser lo que te apetezca, a hablar con cualquiera, a bailar como y con quien quieras, a transformarte y reinventarte.

Me gusta el Carnaval porque en esos días el caos se apodera de las calles. Todo vale y nada molesta.

Me gusta el Carnaval por sus raíces anticlericales. Por rebelde y contestatario. Por antiinstitucional.

Es por eso que cada año me obligo a salir al menos una noche. Aunque no me apetezca. Saco las cajas de los disfraces, recombino pelucas y trapos viejos. Un poco de imaginación y, hala, a la calle. Nunca me arrepiento.