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Una hora sin luces ni motores. Sesenta minutos sin el murmullo de televisores ni radios. Un rato desconectado de esta enRedina de Internet y sus aparatejos anexos. Una hora sin hacer ni recibir llamadas telefónicas, con los móviles apagados.

El planeta no sé si notará la diferencia. Yo seguro que lo voy a disfrutar. Y mucho.

¡ Apaga las luces !

Apaga las luces es una iniciativa de World Wildlife Found (WWF) por la que más de 1000 ciudades de todo el mundo desconectarán la iluminación de sus edificios más emblemáticos, entre las 20.30 y las 21.30 horas del próximo sábado 28 de marzo, en lo que pretende ser una llamada de atención a los líderes políticos del Planeta para que pongan coto al calentamiento global.
En Canarias, que sepamos, además de las miles de personas que se sumarán individualmente, el Cabildo Insular de Lanzarote ha firmado el documento de adhesión a la campaña La Hora del Planeta, de WWF.

Es una buena ocasión para relajar la vista, apagar luces, coches y electrodomésticos, dejar que los otros sentidos nos orienten y que este globo sobre el que flotamos se relaje. Aunque sólo sea unos minutos.

Haylos


Hay momentos para dejarlos pasar

Palabras para no escuchar. Mejor que sigan sin cruzarse con ningún eco

Hay personas que deambulan invisibles, insípidas, sin rastro de aroma ni recuerdos


Hay miradas desconocidas que se graban como tatuajes

Sombras fugaces que arrastran desde muy lejos

Silencios que retumban

Momentos que se instalan aquí, para siempre


Y atajos que no llevan a ninguna parte.

historias de no-ficción

Hace algo más de veinte años tuve el primer contacto con la informática. Recuerdo que tenía que hacer un trabajo de estadística. En quinto. En la ULL. El cerebro era una máquina enorme que se escondía, misterioso y gigante, en un cuarto contiguo. Al otro lado, los usuarios manejábamos terminales tontos, aquellas pantallas de letras verdes sobre fondo negro.

Ahora, en cambio, toda la vida transcurre a través de estos cacharros, cada vez más rápidos y ligeros. Las nóminas aparecen y desaparecen por Internet, por donde mismo conversamos, hacemos amigos y hasta, cuentan, se practica sexo. Compramos, vendemos, leemos la prensa, vemos películas…

La dependencia es tal que, cuando se caen los servidores, se paraliza el mundo: empresas, bancos, comercios. Por aquí se perpetran acosos, estafas, mentiras, asaltos a la intimidad…

Es la vida misma. Tanto, que hasta la omnipresente televisión está quedando en segundo plano en muchas casas. Estas endemoniadas maquinitas ya funcionan hasta en la guagua. Es que ya no hace falta ir a la oficina. Ni tenerla.

Internet hace posible situaciones ayer insospechables. Este blog, por ejemplo. Lo abrí para obligarme a escribir de forma regular. Para disciplinarme. Hace unos años usaba libretas y folios sueltos (esto es más ecológico).

Poco después alguien me enseñó a ponerle un contador de visitas (ese cuadratín que aparece en el extremo inferior de la página), con lo que descubrí que desde finales de diciembre han leído mis delirios más de cuatro mil personas. Para mi sorpresa, la mayoría desde fuera de Canarias.

¿Cuatro mil y pico? Los libros suelen salir en ediciones de mil ejemplares. Y cuando escribes en los periódicos, puedes saber a cuanto asciende la tirada. También, si te lo crees, la cantidad de ejemplares que se venden. Pero nunca sabes cuantas personas se paran precisamente en lo que tú has escrito o si usaron tus líneas para limpiar los cristales.

No hace mucho fui al estreno de un cortometraje y, al volver a casa, se me ocurrió escribir lo que aquella cinta me había dejado rumiando. Al día siguiente encontré un mensaje del director en mi blog. Son cosas que, hace unas décadas eran simplemente imposibles.

Aquí escribo sin vértigo, pues quienes entran y hasta puede que lean, ésos, ésos son seres virtuales, etéreos, invisibles. Pero en esto va y alguien se anima y hace un comentario. Es lo alucinante. Casi mágico. Porque es entonces cuando Internet se convierte en un camino de ida y vuelta.

excusas


De vez en cuando llega el minuto. Ése en el que todo se destapa, descubriéndose pueril, absurdo.

Todo se exhibe, entonces, como puro montaje de nuestras cabezas. Y de otras. Un guión inventado, una sombra del otro lado de la caverna con la que distraemos los días. Le fabricamos un sentido a nuestra peculiar pantomima y, de paso, nos obligamos a levantarnos otra mañana más.


Tenemos que creer en algo. En dioses, nóminas, equipos de fútbol, esloras de barcos, chicas del quinto, vacaciones lejanas, coches más contaminantes, mundos felices…


Excusas para seguir, aunque nadie sepa bien adónde.


huecos y demás espacios

Tronco hueco de un árbol en la Finca de Osorio, Teror, Gran Canaria.

Dice Lao Tse que lo importante de las cosas es el vacío que crean. En contra de la visión occidental que sobredimensiona el envoltorio, el diseño, para los taoístas lo relevante es el espacio que delimitan.

Así, lo esencial de un vaso es su cavidad. Una casa sin puertas ni ventanas, sin espacios libres, no sería una casa. Perdería utilidad.

La reflexión da para mucho, sobre todo si la llevamos al terreno de lo personal. Aunque allá cada cual con las ganas que tenga de cultivar precisamente eso, su espacio interior, o de emperifollar su envoltorio hasta taponarse todos los orificios.

La imagen de arriba es la de un árbol hueco. Utilidad no sé si tiene. Bonito sí quedó.