De derechos y de humanos


Estos días se habla mucho de derechos humanos, de derechos humanos no respetados. Y no hace falta irse a los más sofisticados. Basta con echar un vistazo a la alimentación, la vivienda, el trabajo, la educación.


Al mismo tiempo, un reportaje ha devuelto a la palestra el ni siquiera reconocido de morirse cuando uno lo considere pertinente.


Ahí están siempre los detractores de la eutanasia, que tienden a hablar en nombre de su dios, empeñados en que sea el de todos.


En acercarle los mandos al paciente para que desconecte esos aparatos que le mantienen en semejante sinvivir, en poner en sus manos el interruptor, en eso ven un gesto antinatural.


No sospechan que lo que cambia el ritmo y los tiempos de la naturaleza es la intervención humana, pero al enchufar a un moribundo a una máquina para que respire, al doparlo hasta límites imposibles para que aguante el dolor como sea. Y para siempre. Sin remedio.


Quizás fue su mismo dios quien decidió hace tiempo esa muerte y, por contra, el intervencionismo clínico lo mantiene en esa seudovida.


Otra cuestión me llama mucho la atención de su discurso. Dicen los pancarteros de la vida ajena que el Estado no debe intervenir en la muerte de los ciudadanos. Liberales me salieron. Pero, ¿no lo hace ya, al impedir que cada cual se muera cuando le venga en gana?

Una genialidad, con 40 € de presupuesto.

Malviviendo Capítulo piloto from malviviendo on Vimeo.

Una genialidad como ésta, hecha con 40 €, tiene que sacarle los colores a más de un subvencionado y, sobre todo, provocar una hecatombe en las políticas culturales que padecemos.

Donde hay creatividad, de la nada salen joyas. De donde no hay, ni con millones y campañas, nada se podrá sacar.

No se lo pierdan. Puede que tarde un poco en descargarse, el montaje dura unos quince minutos. Vale la pena esperar, se los aseguro.

Para saber más, no dejen de visitar http://www.malviviendo.com

Desparejas



Hace tiempo que lo observo. Las personas que conviven durante décadas terminan pareciéndose. No sólo en las maneras de hablar ni en los gustos superfluos. No, eso se les pega en las primeras semanas de estar juntos. O quizás sea por eso que se juntan. A saber.

El parecido que me llama la atención es otro, el físico, porque he notado que los rasgos acaban asemejándose. El color o las manchas de la piel. La forma de los ojos. Las manos y hasta las arrugas. Con el tiempo, muchas parejas terminan pareciendo hermanos.


Siempre me dio por pensar que la explicación a este fenómeno estaba en la comida. Pasarse años consumiendo los mismos alimentos, combinados en las mismas recetas e ingeridos en las mismas frecuencias temporales, eso es lo que debe generar tales similitudes orgánicas.


Compartir cama y clima también tendrá algo que ver, supongo. Lo cierto es que no tengo ni la más remota idea. Pero ahí están ellos, tan iguales.


Luego hay otros que se parecen menos, pero les da por vestirse del mismo modo. El otro día me crucé con una pareja que físicamente no tenían nada que ver pero, para mi sorpresa, iban equipados exactamente idénticos, como hermanitos gemelos: camiseta, pantalón, zapatillas, calcetines. Hasta las mochilas y las bicicletas. Todo obsesivamente repetido. No se diferenciaban ni en una tonalidad.


La visión me dejó pensando, ya no en las causas de semejante mimetismo, sino en qué será de estos seres si alguna vez se separan. ¿Deambularán perdidos como siameses divididos? ¿Buscarán otro molde en el que metamorfosearse? No tengo ni idea.

Todos mienten


Me crié en un barrio obrero que gozaba de mala reputación, aunque nunca me ocurrió nada diferente en sus calles. Tampoco vi que a nadie le pasara. Fue lejos de él donde descubrí a los mayores delincuentes y presencié o padecí los peores atracos. Muy lejos de allí, todavía hoy, escucho historias estrepitosas en boca de gentes que nunca lo visitaron.

Con los años, me trasladé a una ciudad universitaria, pero los oráculos de la cultura y la intelectualidad no resultaron tan eruditos como presumían.


Por aquellos tiempos, me acerqué a quienes pretendían arreglar el mundo. Tampoco ésos acabaron siendo lo que megafoneaban.


Poco más tarde, cosas de la vida, habité en zonas residenciales de muy buen ver, pero sus vecinos no eran tan exquisitos adinerados, cultos ni educados. Ni siquiera todos eran honrados.


Trabajé en organizaciones donde unos pocos ocupaban grandes despachos y se embolsaban frondosos salarios. Se les suponía los más capacitados. Tremendo fraude.


Leí libros de autores renombrados con contenidos insulsos. Al mismo tiempo, escuché a magos analfabetos construir reflexiones maravillosas y relatar verdades como montañas.


Compré ropas de marca, que no me hicieron guapo ni elegante. Gasté dinerales en electrodomésticos, pero en su interior no hallé la felicidad eterna.


Lo único cierto debe ser que todos mienten.

nacionalismos

Todos lo estudiamos en clase, ¿no? La nación se la inventaron las burguesías para garantizarse el control de los mercados en un territorio.


El imperialismo, la globalización como lo llaman ahora, surgió poco después. Desde que algunos no se conformaron con su mercado local y les entró el apetito por el de al lado y el otro y el de más allá.


El éxito se lo garantizaron hipnotizando a los consumidores vecinos, de forma que comenzaron a comer, vestir y soñar precisamente con lo que ellos les vendían. También les resultó muy práctico desmantelarles los sistemas económicos, impidiendo que siguieran produciendo todo lo que necesitaran, no quedándoles más narices que comprarlo fuera. O sea, a ellos.


En fin, una panda de avariciosos que se comen unos a otros.


¿Alguien se cree eso que repiten hasta el aburrimiento? Aquello de la generación de riquezas para el conjunto de la sociedad y tararí tarará. Seguro que ellos tampoco. ¿Conocen a algún empresario que monte un negocio calculando la rentabilidad que obtendrán sus convecinos? Si encuentran a alguno, apresúrense en darle un nombre compuesto en latín y registrarlo. Será una mutación genética o algo así.


Por eso, cuando escucho los postulados nacionalistas, no puedo dejar de ver a alguien cabreado porque le comieron el mercado que quería para él solito.


No veo mayor problema en la raza, el pedigrí ni en el lugar de residencia de quien corta el bacalao y se queda con la mejor tajada. Sino en que exista alguien que parta y reparta.


También están quienes argumentan que la nación es un sentimiento. Y quienes ven en ella una cuestión lingüística, hasta de entonaciones y acentos. Siempre hubo quien vinculó la idea a una tela de colores, a una música y hasta a un equipo de fútbol. O quien se abrió mercados a cañonazos en nombre de la democracia. Quien construye autopistas para inyectar sus mercancías y succionar materias primas o trabajo barato, al tiempo que levanta murallas para que no salgan las personas…


Hay casi tantos ideólogos como fronteras.