ambiciones


Nunca entendí a quienes se afanan por una porción de poder. A ésos que pretenden mandar a toda costa. O simplemente mandar.

Jamás supe si actúan convencidos de tener la razón en todo momento, si realmente creen que su cerebro, único y solitario, es más ágil, clarividente y potente que el del resto de los mortales que le rodean, incluso en su conjunto.


Tengo serias dudas al respecto. Puede que, en realidad, sepan de sus muchas limitaciones. Y hasta que su tremenda arrogancia no sea más que un paraguas con el que protegerse del vértigo, el que les genera el abismo y el sinsentido. Como a todos.


Menos comprensible me resulta que se crean merecedores del pedazo mayor de la tarta.


Pero existen otros personajes a quienes entiendo menos aún, si cabe. Esa legión de personas que deambula a la sombra de los primeros.


Éstos, los segundones, optan por callar y repetir los discursos ajenos, se dejan la piel por unas palmaditas en la espalda y unas migajas de reconocimiento. Protegen su cutis del sol y se cobijan del frío bajo banderas ajenas. Son los francotiradores del discurso y los intereses de terceros, dispuestos a machacar a quien prefiera bailar a su propio ritmo.


Los segundones son todavía más nocivos. Sin ellos, los primeros no serían más que personajes patéticos sin futuro. Sin ellos, nos habríamos ahorrado episodios lamentables de la mitad del siglo pasado. Y muchos malos rollos cotidianos.

interpretaciones


I. Miró a su alrededor, ató cabos, y lo interpretó todo de muy mala manera. Tras semejante visión no se le ocurrió nada mejor que enroscarse en la espiral de su caracola. Allá adentro, en plena oscuridad, reinventó los motivos, magnificó los daños y hormigonó su lectura del mundo exterior, ése que tanto le desagradaba.

Muy rara vez, con mucho temor, se animaba a sacar una sola de sus antenas para confirmar, cómo no, que todo era aún peor de lo que imaginaba.



II. Miró a su alrededor y, como era de esperar, vio muchas cosas que no le gustaron. También por eso, optó por concentrarse exclusivamente en lo que realmente le satisfacía. En lo que consideró que valía la pena.

Y así fue, zigzagueante y optimista, esquivando todo lo que le desagradaba, sacando el mejor partido a las cosas buenas y los buenos momentos. Ésos que iba coleccionando en la espiral de su caracola, donde sólo entraba para reponer fuerzas y seguir adelante.

Ayer cumplió cinco años

Hace un par de semanas, la madre lo sorprendió jugando con palabras mientras lanzaba pompas de jabón. Le dio tiempo a apuntarlas. Decía algo así:



Vuelan bolitas como mariposas

donde las empuje el viento
con el aire libre

Vuelan bolitas como vuelan los pájaros

en el aire libre
del sol y las nubes

Poeta vuela

donde te empujen los pájaros y las nubes

hasta el castillo.

Saulo López, 15 de noviembre de 2008.

Para mí, sin duda, su mejor frase es la que usa para darnos las buenas noches:


«Te quiero hasta el espacio interior.
Un lugar donde nadie pasa frío.»

la mujer jirafa


Vivía a kilómetros de altura. Y es que estiraba el cuello todo lo que podía con la única finalidad de mirar desde lo alto a su prójimo. Bueno, aunque para ella no eran tal cosa.


Siempre quiso llegar más lejos. No sabía hasta dónde, pues lo que realmente no soportaba era quedar por debajo de nadie. No es que rechazara las jerarquías, en absoluto. Lo que no resistía era estar en las capas bajas de la pirámide. Fuese de la naturaleza que fuera.


Para subir escalones, se apoyaba en quienes tuviera cerca. En quien pillara más a mano. Poco a poco ganaba su confianza, con el objetivo claro de enganchar el hombro ajeno hasta instalar allí sus manazas, primero, y sus rodillas, después. Acto seguido, alcanzada la nueva posición, renegaba con vehemencia del sujeto a costa del que había tomado impulso.


Cosas de la vida. Aunque todo el mundo, especialmente sus víctimas, siempre sospechó que perecería por causa de un tremendo constipado, fruto de la gélida soledad de sus alturas y maneras, no fue ése su final. Tampoco la fractura de cervicales ni la infección de la lengua que tanto arrastró para abrirse camino. No, en absoluto. Su final lo ocasionó una minúscula obstrucción de un diminuto vaso en el más pequeño de sus dedos. Precisamente en sus pies, aquellos que hacía mucho tiempo no recordaba dónde los tenía.


Ariadna y la oruga


Ahogada en soledades y silencios, despegó de su planeta hostil a bordo de una pantalla y un teclado de letras ya borrosas. Planeó por cientos de perfiles y conversaciones estúpidas, que le llenaron el tiempo, deshojando hora a hora las interminables madrugadas insomnes.


Presuntas confidencias de personajes virtuales, descoloridos en el interior de un pequeño recuadro, al otro lado de las olas y el salitre. O quizás a tan sólo unos metros de su piso de barrio ¿Quién sabe? Demasiado absurdo. Demasiadas tristezas en un único teclado.


Entre vendedores de abdominales achocolatados, promesas de polvos insuperables y fantasías de submundos perdidos, buscaba sin éxito la salida al zumbido de sus silencios penetrando en un bucle de revolcones con cuerpos desalmados. Sólo conseguía amplificar el eco.


Aquella madrugada fue distinta. Acababa de concertar otro de aquellos desencuentros en ninguna parte y, sin motivo aparente, volvió a retocar su cuerpo tuneado de macarra fatal. Los muchos piercings, tatuajes y depilaciones imposibles compartieron protagonismo con pintura de uñas y tacones, bolso de señora y abrigo de tres cuartos. Esa noche, ya frente al nuevo desconocido, se supo diferente.


Sabedora del resultado, de la pegajosa canción que la acompañaría de vuelta a casa, decidió no entregarse a otra sucesión de abdominales contorsionistas, de intercambios de flujos ni succiones. Se resistió a deslizarse por la misma espiral del mismo sumidero de la misma madrugada.


Sin abandonar el desparpajo habitual ni cultivar nada parecido al pudor, Ariadna exhibió su sonrisa y sus razones, sus sentimientos y cimientos. Su dolor.


((Al acompañante ocasional, que no usaba gafas de pasta negra ni tocaba el clarinete, se le quedó cara de vecino de Manhattan. Pese al orgullo de ser el elegido para presenciar aquella reconversión de la oruga, no dejaba de preguntarse ¿Tenía que tocarme a mí? ¿Tenía que ser precisamente esta noche?))

El juego de Amélie


Suena Stan Getz en Radio 3 y pone banda sonora al paseo en coche por la ciudad. La humedad distorsiona el brillo de las luces, ésas que empujan a una Navidad poco apetitosa.

Las imágenes evocan el juego estadístico de Amélie. Cuando se pregunta cuántas personas podrán estar haciendo la misma cosa en ese mismo instante. Disfrutando de un orgasmo, creo recordar.


La decoración de las calles desoladas del final de este noviembre, en cambio, me formula la pregunta de cuántas personas, precisamente ahora, estarán haciendo números para llegar a fin de mes.