ambiciones


Nunca entendí a quienes se afanan por una porción de poder. A ésos que pretenden mandar a toda costa. O simplemente mandar.

Jamás supe si actúan convencidos de tener la razón en todo momento, si realmente creen que su cerebro, único y solitario, es más ágil, clarividente y potente que el del resto de los mortales que le rodean, incluso en su conjunto.


Tengo serias dudas al respecto. Puede que, en realidad, sepan de sus muchas limitaciones. Y hasta que su tremenda arrogancia no sea más que un paraguas con el que protegerse del vértigo, el que les genera el abismo y el sinsentido. Como a todos.


Menos comprensible me resulta que se crean merecedores del pedazo mayor de la tarta.


Pero existen otros personajes a quienes entiendo menos aún, si cabe. Esa legión de personas que deambula a la sombra de los primeros.


Éstos, los segundones, optan por callar y repetir los discursos ajenos, se dejan la piel por unas palmaditas en la espalda y unas migajas de reconocimiento. Protegen su cutis del sol y se cobijan del frío bajo banderas ajenas. Son los francotiradores del discurso y los intereses de terceros, dispuestos a machacar a quien prefiera bailar a su propio ritmo.


Los segundones son todavía más nocivos. Sin ellos, los primeros no serían más que personajes patéticos sin futuro. Sin ellos, nos habríamos ahorrado episodios lamentables de la mitad del siglo pasado. Y muchos malos rollos cotidianos.

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