Ochos

Me llama un amigo y me pregunta si he escrito la carta a los Reyes. Le digo que soy republicano pero él, sin darse por aludido, insiste. Se empeña en que tengo que desear algo para el nuevo año. Tampoco le valen mis argumentos de mal comportamiento acumulado, está convencido de que aún estoy a tiempo de portarme bien hasta el día seis.


Me obliga a pensarlo, hasta a escribirlo. No sé si pretendía tanto. Lo cierto es que este fin de año se basta sólo, pues ya será una alegría que acabe 2008. Ha sido tan ajetreado que he terminado por revisar y elaborar una hipótesis: Todos los años acabados en ocho le han dado un revolcón a mi vida.

En 1968, calculo que fue cuando me escolarizaron, con lo que eso significa de final del paraíso hogareño y comienzo del adoctrinamiento socializador. Horarios y demás jerarquías.

En 1978, creo recordar, pasé del colegio al instituto. Bluf, digo BUP, cuántos universos por explorar.

En 1988 acabé los estudios, salté del sistema educativo al mercado laboral. De cabeza, sin paracaídas ni red. O sea, sin alfombras ni padrinos.

2008 aún lo digiero.

¿Deseos?, me bastará con que pase. Estoy convencido de que 2009 será, como mínimo, más agradable. Menos tormentoso.

Luego están los budistas, para quienes el deseo es el origen de todos nuestros males. El consumismo es detestable, querer siempre más y no valorar lo que se tiene es un absurdo que la publicidad explota muy bien. Pero tampoco imagino una vida sin deseo, que no tiene nada que ver con la ambición, ese gusano que corroe las organizaciones y el ingenio.