La despedida


Hay gente que no merece otra cosa
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Oportunidades


Hacía tiempo que no cuadraban los números y esta vez no sirvió mirar a otra parte desoyendo las alarmas de los contables.

Los impagos crecieron al tiempo que huían los avales. Hubo que despedir a la plantilla, liquidar todo lo que se pudo… Los acreedores se quedaron con el resto.


El servicio de la casa también desapareció. No quedó más remedio que aprender a disfrutar del arte de los fogones, hasta de poner en práctica todo el sibaritismo adquirido en miles de sobremesas. Una exquisitez.


Los deportivos abandonaron el garaje, habitado ahora por un pequeño utilitario que, mira por donde, llega igual de lejos, consume y contamina menos, además de aparcarse en cualquier sitio.


El transporte público resultó otro gran descubrimiento: viajar sin estrés, aprovechar el tiempo para la lectura, hablar con compañeros de trayecto…


Los niños dejaron aquel colegio de hijos de empresarios, donde todos eran iguales, y comenzaron a relacionarse con chicos diferentes. De todos aprendieron.


Por las mismas fechas, se desintoxicaron de la moda y las marcas. Dejaron de comprar porque sí y de estrenar a cada instante. Hallaron tesoros en el fondo de sus armarios, por donde antes no tenían tiempo de bucear.


Empezaron a encontrar cerca lo que antes sólo buscaban en países lejanos. Ya no acudían a cócteles ni a fiestas. No los invitaban.


Cambiaron los clubes por las playas. El yate, por la arena.


Ampliaron sus interlocutores y sus temas de conversación crecieron. Ya apenas recurrían a los vaivenes bursátiles ni a las cilindradas de sus vehículos.


No tardaron mucho en hacer balance y concluir que a esta crisis le habían sacado mucho rendimiento.