De derechos y de humanos


Estos días se habla mucho de derechos humanos, de derechos humanos no respetados. Y no hace falta irse a los más sofisticados. Basta con echar un vistazo a la alimentación, la vivienda, el trabajo, la educación.


Al mismo tiempo, un reportaje ha devuelto a la palestra el ni siquiera reconocido de morirse cuando uno lo considere pertinente.


Ahí están siempre los detractores de la eutanasia, que tienden a hablar en nombre de su dios, empeñados en que sea el de todos.


En acercarle los mandos al paciente para que desconecte esos aparatos que le mantienen en semejante sinvivir, en poner en sus manos el interruptor, en eso ven un gesto antinatural.


No sospechan que lo que cambia el ritmo y los tiempos de la naturaleza es la intervención humana, pero al enchufar a un moribundo a una máquina para que respire, al doparlo hasta límites imposibles para que aguante el dolor como sea. Y para siempre. Sin remedio.


Quizás fue su mismo dios quien decidió hace tiempo esa muerte y, por contra, el intervencionismo clínico lo mantiene en esa seudovida.


Otra cuestión me llama mucho la atención de su discurso. Dicen los pancarteros de la vida ajena que el Estado no debe intervenir en la muerte de los ciudadanos. Liberales me salieron. Pero, ¿no lo hace ya, al impedir que cada cual se muera cuando le venga en gana?

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