la mujer jirafa


Vivía a kilómetros de altura. Y es que estiraba el cuello todo lo que podía con la única finalidad de mirar desde lo alto a su prójimo. Bueno, aunque para ella no eran tal cosa.


Siempre quiso llegar más lejos. No sabía hasta dónde, pues lo que realmente no soportaba era quedar por debajo de nadie. No es que rechazara las jerarquías, en absoluto. Lo que no resistía era estar en las capas bajas de la pirámide. Fuese de la naturaleza que fuera.


Para subir escalones, se apoyaba en quienes tuviera cerca. En quien pillara más a mano. Poco a poco ganaba su confianza, con el objetivo claro de enganchar el hombro ajeno hasta instalar allí sus manazas, primero, y sus rodillas, después. Acto seguido, alcanzada la nueva posición, renegaba con vehemencia del sujeto a costa del que había tomado impulso.


Cosas de la vida. Aunque todo el mundo, especialmente sus víctimas, siempre sospechó que perecería por causa de un tremendo constipado, fruto de la gélida soledad de sus alturas y maneras, no fue ése su final. Tampoco la fractura de cervicales ni la infección de la lengua que tanto arrastró para abrirse camino. No, en absoluto. Su final lo ocasionó una minúscula obstrucción de un diminuto vaso en el más pequeño de sus dedos. Precisamente en sus pies, aquellos que hacía mucho tiempo no recordaba dónde los tenía.


Ariadna y la oruga


Ahogada en soledades y silencios, despegó de su planeta hostil a bordo de una pantalla y un teclado de letras ya borrosas. Planeó por cientos de perfiles y conversaciones estúpidas, que le llenaron el tiempo, deshojando hora a hora las interminables madrugadas insomnes.


Presuntas confidencias de personajes virtuales, descoloridos en el interior de un pequeño recuadro, al otro lado de las olas y el salitre. O quizás a tan sólo unos metros de su piso de barrio ¿Quién sabe? Demasiado absurdo. Demasiadas tristezas en un único teclado.


Entre vendedores de abdominales achocolatados, promesas de polvos insuperables y fantasías de submundos perdidos, buscaba sin éxito la salida al zumbido de sus silencios penetrando en un bucle de revolcones con cuerpos desalmados. Sólo conseguía amplificar el eco.


Aquella madrugada fue distinta. Acababa de concertar otro de aquellos desencuentros en ninguna parte y, sin motivo aparente, volvió a retocar su cuerpo tuneado de macarra fatal. Los muchos piercings, tatuajes y depilaciones imposibles compartieron protagonismo con pintura de uñas y tacones, bolso de señora y abrigo de tres cuartos. Esa noche, ya frente al nuevo desconocido, se supo diferente.


Sabedora del resultado, de la pegajosa canción que la acompañaría de vuelta a casa, decidió no entregarse a otra sucesión de abdominales contorsionistas, de intercambios de flujos ni succiones. Se resistió a deslizarse por la misma espiral del mismo sumidero de la misma madrugada.


Sin abandonar el desparpajo habitual ni cultivar nada parecido al pudor, Ariadna exhibió su sonrisa y sus razones, sus sentimientos y cimientos. Su dolor.


((Al acompañante ocasional, que no usaba gafas de pasta negra ni tocaba el clarinete, se le quedó cara de vecino de Manhattan. Pese al orgullo de ser el elegido para presenciar aquella reconversión de la oruga, no dejaba de preguntarse ¿Tenía que tocarme a mí? ¿Tenía que ser precisamente esta noche?))

El juego de Amélie


Suena Stan Getz en Radio 3 y pone banda sonora al paseo en coche por la ciudad. La humedad distorsiona el brillo de las luces, ésas que empujan a una Navidad poco apetitosa.

Las imágenes evocan el juego estadístico de Amélie. Cuando se pregunta cuántas personas podrán estar haciendo la misma cosa en ese mismo instante. Disfrutando de un orgasmo, creo recordar.


La decoración de las calles desoladas del final de este noviembre, en cambio, me formula la pregunta de cuántas personas, precisamente ahora, estarán haciendo números para llegar a fin de mes.

historias de urgencias

I.

La Laguna, Tenerife. Año 2008. La población roza los 150.000 habitantes. Casi 20.000 menores de 14 años. No hay pediatras en los servicios de Urgencias. Si un niño se pone enfermo ni siquiera lo pasan con un médico, lo desvían directamente al municipio de Santa Cruz, al Hospitalito.



II.

Servicio de Urgencias de la lagunera avenida Trinidad. Una auxiliar apunta en un ordenador los datos de los pacientes que llegan a una sala de espera abarrotada. Entre estornudos y toses, de pronto se oye la voz aguda de la funcionaria: “Acaba de caerse el sistema. Se perdió la lista de pacientes y el orden de llegada. Así que se tienen que organizar ustedes solos”.


Caras de asombro, comentarios nerviosos, alguno jocoso y un leve eco de risas.


Unos minutos más tarde, personal sanitario intenta recuperar la información y tira de agenda para que algún contacto telefónico le recuerde cómo hacerlo. Nada. La lista de pacientes no aparece.


Finalmente, toma el mando el segurita del centro sanitario. Su criterio: “Que pasen los niños y los ancianos primero.”


III.

El Hospitalito está lleno de padres con chiquillos que tosen, que arden en fiebre, que se rascan sin control… La concentración de virus en la sala de espera nubla la vista a todo el que llega. Muchos, pese a la lluvia, prefieren esperar fuera.


La escena la interrumpe un hombre que entra con una joven inconsciente cargada a la espalda. Una tercera persona va con ellos y es la que pide permiso a quienes esperan para ser atendidos en la ventanilla. Nadie pone pegas, salvo la auxiliar. “No podemos atenderla, este centro es sólo para niños”, y le recita los lugares a los que puede ir.


Quienes le cedieron el paso en la cola se miran e intervienen. “ ¿Y si no llega a tiempo?, ¿si se pone peor por el camino?, ¿no la puede ver primero un médico?” Accede. Minutos más tarde, la joven es trasladada en ambulancia a otro centro sanitario.


La auxiliar se justifica: “Es que a veces montan estos numeritos sólo para colarse”.

Los tres eran orientales.


IV.

La sanidad privada de Tenerife: También hay colas. Tampoco hay pediatra. Sólo lo llaman si la urgencia es muy urgente.