Un chiste de parados


Dice el consejero canario del área que, debido a la crisis, pospone la consecución del “pleno empleo” en uno o dos años. Aguanten la risa. Tenía previsto el año 2013, pero no quedará más remedio que esperar al 2014 ó 2015. Tremendo.

El eslogan del pleno empleo es frecuente en las campañas electorales de casi todos los partidos políticos. Eso, o quizás por eso, no significa que tenga ni pueda ser real.

El sistema económico en el que ahora naufragamos se fundamenta también en la relación entre mano de obra y capital. Como saben, el segundo es quien tiene la sartén por el mango y lo que Carlitos, el tal Marx, llamaba el Ejército de Parados le da un incalculable márgen de maniobras.


Imaginen el poderío que tendrían los trabajadores en cualquier negociación si no existiera el temor a irse a la calle y que ésta no fuera larga, oscura y desoladora. El mismo del que ahora disfrutan los empresarios con la amenaza del despido.

Resulta evidente que a las empresas tampoco les interesan unos niveles de desempleo altos. No sólo por la posible conflictividad social que eso genere, el aumento del gasto público y el probable incremento de impuestos. Fundamentalmente por la generalizada disminución de poder adquisitivo y, por tanto, de las ventas.

Entre más ganan los trabajadores, más gastan y, al final, las empresas venden y ganan más. El paro masivo no les beneficia. Pero que no nos engañen, el pleno empleo, tampoco.

digestiones


Julián era trágicamente obsesivo, lo que aliñaba con una pasmosa facilidad para construir redes de razonamientos aparentemente lógicos pero que, ineludiblemente, llevaba hasta conclusiones disparatadas.


Su último gran paradigma afirmaba que nunca somos el mismo ser vivo, que estamos en continuo cambio. Y ya no en cuestiones de carácter o adaptabilidad social. Peor. Como era su costumbre, iba mucho más allá.


Se detuvo a pensar en las células, en sus mutaciones infinitas. “Mueren constantemente y, de forma simultánea, generamos otras nuevas que las sustituyen. Las eliminamos por los canales excretores ya conocidos, yendo a parar a la tierra, al mar, al aire. Las nuevas, en cambio, las reconstruimos inmediatamente, usando como materia prima lo que comemos, bebemos y respiramos.” Hasta ahí, la cosa iba moderadamente bien.


El problema lo introdujo su facilidad para la obsesión. Muy pronto empezó a mirar con otros ojos cada pieza de comida que se llevaba a la boca. “Este tomate que muerdo dentro de poco formará parte de mi piel. Quizás pase a estar en mi mano, en mi cara, en mi pelo. Este filete, seguramente, acabe siendo mi cintura.” Así hasta el infinito.


No tardó en sentirse un poco tomate. Un poco bistec.


Como era de esperar, siguió atando cabos. Y concluyó que, del mismo modo, las materias que él excretaba irían a integrar las papas, el pescado, la lechuga. Más grave aún, dedujo que era muy probable que volviera a comerse materias primas que ya había ingerido y eliminado antes.


De este modo, se dijo, “al mismo tiempo soy yo y la zanahoria que rayo para la ensalada”.


Se sintió un antropófago peculiar. Sobre todo cuando recordó a su vecino, el que falleció recientemente y fue incinerado. Sus cenizas, en una emocionante ceremonia, quedaron esparcidas por el océano, en una bahía próxima, con abundante fauna marina, frecuentada por pescadores locales. Los mismos que proveen los congeladores de los restaurantes donde Julián suele ir a comer cada domingo.

Oleajes

Las olas baten fuertes ahora. Resulta inútil nadar a la contra. Mejor mantener el sosiego y recordar que siempre vienen en series. Que a una grande le sigue otra mayor. Y luego, otra. Pero, pasadas unas cuantas, siempre vuelve la calma.

Quemar las fuerzas contra el oleaje, intentando alcanzar la seguridad de una roca, nos deja sin posibilidad de deleite en la quietud, cuando llega.

Bastará con dejarse llevar. Disfrutar del vaivén, de los revolcones de espuma, que todo tiene su divertimento. Administrar las fuerzas y aguardar la ocasión para la reacción.

Al final, la vida siempre flota.

 

"Los objetos nos llaman"



Viví con mi tío Felipe en un edificio en el que todos los pisos se comunicaban. Éramos familia, por lo que entrábamos y salíamos como si fuera una única casa.


Felipe fue uno de los muchos que pasaron la juventud vestido de militar y el resto de su vida hablando de la guerra. Cuando llegó la transición era ya sexagenario y , lógicamente, la interpretó en consonancia con su biografía.


No hace mucho me llamaron para decirme que había muerto. Pasó algunos años con la cabeza en otros tiempos. Su verborrea perdió coherencia, pero jamás su abrumadora fluidez.


Al recibir la noticia, mis recuerdos volvieron a aquellos años de cambios, en los que él no tardó en apuntarse a la moda de las revistas de destape. Mis hormonas, ajetreadas por la edad, no desaprovecharon la oportunidad que brindaban aquellas casas abiertas. Él me abrió la puerta a la mítica visión de los primeros cuerpos de mujer.


Compartimos miles de horas, conversaciones, risas y juegos, pero al saber de su muerte me sobrecogió una sensación de íntimo agradecimiento por algo que él, seguramente, jamás sospechó que había hecho.


Juan José Millás, en su último libro, Los objetos nos llaman, incluye el relato Los padres de los amigos, donde cuenta cómo cambian los hombres cuando quedan huérfanos de padre. Recomendable el relato, la reflexión y el libro. De Millás, casi todo.


Con permiso de Kundera


Milan Kundera puso en la mente de uno de los personajes de La insoportable levedad del ser una reflexión que arrastro desde hace unas cuantas décadas. Le daba vueltas el tal Tomás (creo que era él) al carácter acientífico de la vida. Pero, de tanto centrifugarlo, ya no sé cuánto de la cavilación es suya y cuánto me inventé. ¿Qué más da?


La esencia de la idea es la imposibilidad de aplicar el método científico a la vida cotidiana. Ni siquiera a los grandes temas que nos ocupan. No es viable contrastar los resultados de las decisiones que tomamos a diario con los que habrían arrojado las opciones que en cada momento descartamos. No podemos elegir el sí, volver atrás, probar con el no y, al final, quedarnos con el camino que más nos satisfaga.


La vida no es un laboratorio que permita aislar y controlar las variables para experimentar con ellas cada vez que lo consideremos pertinente. Tengo serias dudas hasta de si la Ciencia con mayúsculas puede hacerlo al ciento por ciento.


Así las cosas, nunca sabremos si hemos hecho lo mejor que se podía hacer en cada circunstancia. Tampoco es fiable ni aconsejable machacarse por lo mal que lo hicimos. Nunca constataremos si era o no la peor de las opciones.


La obsesión que tenemos por medirnos con los otros, en muchas ocasiones, nos lleva a lamentar que no tomáramos el camino que tanto rédito le aportó al vecino. Aunque coincidiéramos temporalmente en la misma encrucijada, jamás compartiríamos exactamente las mismas variables, influencias, habilidades, posibilidades… ni, por tanto, sus resultados. Volviendo a la jerga de bata blanca, el mismo medicamento no sirve para todas las patologías ni para todos los pacientes.


En realidad, apostamos a cada minuto. Y hasta la más nimia decisión puede cambiar el rumbo de nuestras vidas. El pasear por una calle o por otra, por ejemplo, nos puede llevar a un encuentro, o no, con una persona que nos facilita una información que, días más tarde, resulta fundamental para la resolución de un problema que…


No es el efecto mariposa, pero sí igual de incontrolable.


Luego, siempre nos queda el taoísmo, y su recomendación de esperar de brazos cruzados a que el universo resuelva. Pero, buf, para eso hay que tener paciencia de chino. Por lo menos.