Con permiso de Kundera


Milan Kundera puso en la mente de uno de los personajes de La insoportable levedad del ser una reflexión que arrastro desde hace unas cuantas décadas. Le daba vueltas el tal Tomás (creo que era él) al carácter acientífico de la vida. Pero, de tanto centrifugarlo, ya no sé cuánto de la cavilación es suya y cuánto me inventé. ¿Qué más da?


La esencia de la idea es la imposibilidad de aplicar el método científico a la vida cotidiana. Ni siquiera a los grandes temas que nos ocupan. No es viable contrastar los resultados de las decisiones que tomamos a diario con los que habrían arrojado las opciones que en cada momento descartamos. No podemos elegir el sí, volver atrás, probar con el no y, al final, quedarnos con el camino que más nos satisfaga.


La vida no es un laboratorio que permita aislar y controlar las variables para experimentar con ellas cada vez que lo consideremos pertinente. Tengo serias dudas hasta de si la Ciencia con mayúsculas puede hacerlo al ciento por ciento.


Así las cosas, nunca sabremos si hemos hecho lo mejor que se podía hacer en cada circunstancia. Tampoco es fiable ni aconsejable machacarse por lo mal que lo hicimos. Nunca constataremos si era o no la peor de las opciones.


La obsesión que tenemos por medirnos con los otros, en muchas ocasiones, nos lleva a lamentar que no tomáramos el camino que tanto rédito le aportó al vecino. Aunque coincidiéramos temporalmente en la misma encrucijada, jamás compartiríamos exactamente las mismas variables, influencias, habilidades, posibilidades… ni, por tanto, sus resultados. Volviendo a la jerga de bata blanca, el mismo medicamento no sirve para todas las patologías ni para todos los pacientes.


En realidad, apostamos a cada minuto. Y hasta la más nimia decisión puede cambiar el rumbo de nuestras vidas. El pasear por una calle o por otra, por ejemplo, nos puede llevar a un encuentro, o no, con una persona que nos facilita una información que, días más tarde, resulta fundamental para la resolución de un problema que…


No es el efecto mariposa, pero sí igual de incontrolable.


Luego, siempre nos queda el taoísmo, y su recomendación de esperar de brazos cruzados a que el universo resuelva. Pero, buf, para eso hay que tener paciencia de chino. Por lo menos.


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