Agua de barranco

Eché a rodar risco abajo en busca de mi objetivo. Sin ruta fijada ni orientaciones precisas, apunté a la orilla como última parada.



Con el impulso arrastré la tierra que encontré a mi paso, hasta mezclame con ella, fundirnos en barro. Juntos seguimos la caída, que nos dio las fuerzas suficientes para atraer las primeras piedras. Con sus giros en medio del caudal, ensanchamos el cauce y sumamos a nuestro viaje a muchas más que se cruzaron por delante.



Por un momento nos creímos imparables. Arrasábamos con todo y nos sobraba potencia para echar a un lado a quien no quisiera sumarse. Un espejismo, pues poco a poco tropezamos con rocas de mayor tamaño, de las que no tienen ninguna intención de dejarse caer ladera abajo, de las acomodadas en el mismo lugar desde hace siglos.



Aunque en un primer momento pareció imposible, logramos saltar por encima de algunas y continuar dirección a la costa, que ya se adivinaba cerca. Se olía.



Con el empuje de la bajada y mucho empeño, erosionamos los impedimentos más frágiles, hasta colarnos por sus grietas.



No faltaron las trabas insalvables, las que no dejaron mejor opción que bordearlas en busca de terrenos más propicios para abrir camino. Y sin perder nunca la pendiente, finalmente, alcanzar el objetivo: la marea.



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entrelíneas

A modo de tobogán me deslizo por una enorme capitular y, girando entre sus espirales barrocas, salgo disparado hacia el margen izquierdo de la hoja. Caigo mordisqueando el vértigo, hasta sujetarme a la cola de una pe que asoma del siguiente párrafo. Intento sobreponerme del ajetreo pero, en pocos segundos, soy abducido por el texto que me hipnotiza con sus contenidos y sus ritmos. Sin saber cómo, empiezo a flotar entre sus renglones, zigzagueando por las velas y colas de haches, jotas, efes… La suavidad del paseo me adormece y me regala paisajes de ensueño, reflexiones nunca antes imaginadas, conversaciones con personajes desconocidos en tiempos no vividos y otras odas a la razón y al absurdo. Voy cambiando de páginas, de capítulos, navegando entre ideas por océanos de alfabetos alineados. Sin darme cuenta, me doy de bruces con el punto. Que nunca es final. Que siempre es suspensivo…

 

invisible



De repente un día decidí hacerme invisible. Quería ser nadie. Que no me reconocieran por la calle, que no me señalaran con el dedo ni tuvieran dato alguno sobre mi persona ni mi vida.



Guardé silencio. Dejé de opinar. No llevé la contraria ni pensé en voz alta. Vestí los colores y diseños que la moda marcó en cada momento. Compré donde todo el mundo lo que todo el mundo.



A los pocos días, nadie me veía. Ni siquiera me echaban de menos. Mejor aún, tampoco me recordaban. Me había fundido en el taconeo de los pasos sin rumbo, entre el abismo de las miradas perdidas y el silencio de las palabras huecas.



bolsas

El joven pagó a la cajera y con un “hasta luego” salió del supermercado llevando la compra repartida en dos grandes bolsas.

Al llegar a casa distribuyó latas, embutidos, pan, huevos y yogures por los rincones de la despensa y la nevera. Una de las bolsas, ya vacía, fue directamente a la papelera del baño, donde sirvió de recipiente de residuos de lo más variado y no siempre agradables. La otra, en cambio, fue a parar a un estrecho cajón, donde no entró luz en muchos días.

Pasadas varias semanas, de forma inesperada, el joven la sacó de aquel agujero para introducir en ella un paquete envuelto en hermoso papel de regalo.

El joven se la entregó a su amiga, que volvió a encerrarla en un cajón oscuro, tras vaciarla de aquel regalo de despedida.

Al día siguiente, la bolsa recuperó utilidad. Esta vez para aislar unos zapatos del resto del equipaje en el interior de una maleta. Maleta que se arrastró por ascensores, calles y taxis, hasta subir a una cinta desde la que cayó a la bodega de un avión.

Tras unas horas de gélido vuelo, se repitió la cinta, el taxi, las calles y el ascensor. La maleta se abrió en una habitación de hotel, donde la bolsa se desprendió de los zapatos.

Durante los días siguientes fue engordándose poco a poco, ahora con calcetines, bragas, camisetas que desprendían estrepitosos aromas a usado.

Cuando estuvo bien llena fue otra vez a la maleta. Y en ella, al ascensor, la calle, el taxi, la cinta y el avión, para repetir de nuevo la cinta, el taxi, la calle y el ascensor.

De vuelta en casa de la joven, la bolsa se liberó de su carga, pero no de su pestilencia. Creyó que era lo peor que le podía pasar, de lo que se desengañó cuando fue a cubrir el interior de la papelera de la cocina.

Días después, otra vez repleta, cayó en un bidón fétido, del que pasó a un sucio camión que la aplastaba mientras la trasladaba a un ardiente vertedero.

Allí, precisamente allí, se encontró con su vieja compañera, la bolsa con la que había salido del supermercado, y juntas se derritieron con la fermentación de los restos contenidos.

Los prejuicios de Woody Allen

Nadie es perfecto. Ni siquiera Woody Allen. Sin restarle méritos a su mucho ingenio ni a su independencia en el putrefacto Hollywood, no puedo pasar por alto el fiasco de su última película.

El servilismo pueblerino de la prensa, siguiéndolo por toda Barcelona, dándole bombo y platillo hasta a la más insignificante de sus muecas, ha hecho obviar el sesgo racista de su última historia. Una cinta repleta de prejuicios, precisamente hacia los españoles, tan orgullosos que se muestran de que eligiera la Península como plató.

Allen no se complicó demasiado. Ambientó uno de sus habituales guiones en Barcelona y Galicia (creo recordar). Y poco más. Eso sí, los dos protagonistas hispanos de la cinta, interpretados por Bardem y Cruz, son dos clichés, dos tópicos de latinos dignos de un cómic: personajes emocionalmente inestables, enfermizamente apasionados, incapaces de racionalizar sus vidas. Los únicos aparentemente cuerdos que presenta, ¿adivinan?, los norteamericanos que residen o visitan la capital catalana.

Mientras, la prensa y la crítica del Reino babean tras el genio bajito de las gafas enormes. ¡Qué cosas!

Juan Ladrillo

A Juan lo amamantaron a la sombra de los cirueleros, para dejarle dormir la siesta al borde de las huertas y que su madre pudiera cavar papas.

Juanillo endureció las manos a golpe de azada. Y escuchó el crujido de sus huesos al echarse los primeros sacos al hombro.

Con veinte años, ya cansado de cargar sobre la espalda, dejó el sacho y agarró la bandeja. Con un ridículo disfraz de hawaiano, se fue a lucir palmito a la costa, sirviendo copas a turistas semidesnudas que se tostaban al borde de las piscinas, entre decorados seudocanarios de cartón-piedra.

No aguantó mucho. Al poco dejó la bandeja y volvió a la guataca. Esta vez para amasar cemento, con el que pegó los ladrillos que tanto le cambiarían la vida. El trabajo era duro, pero estaba mejor pagado.

Al ver como los bloques se convertían en oro, regresó al pueblo, arrancó los matos y llenó de adosados las tierras de sus abuelos. De la noche a la mañana, Juan empezó a disfrutar de renting, lifting y demás ieneges, de visas doradas, deportivos y todoterrenos, ropas de marcas y mil amores, que lo colmaban de sonrisas, fantasías y favores. Al menos eso creía él.

Se burló ruidosamente la primera vez que escuchó hablar de crisis. What crisis? “Eso no va conmigo”, dijo en voz alta, y siguió cambiando rústico por urbano, raíces por cimientos.

Antes de que fuera capaz de darse cuenta, los chorros de ingresos se le fueron secando. Le echaban la culpa a los americanos, los ninjas, las subprime y a no sé qué mil demonios, según le contaron, aunque siempre sospechó que el verdadero responsable era un tal Zapatero, uno que gastaba suela corriendo hasta China para que lo invitaran a desfacer semejante entuerto.

Fuera de quien fuese la autoría del enredo, lo cierto es que Juan se quedó con un montón de ladrillos sin vender y una montaña de facturas sin pagar. Los bancos lo llamaban a diario, aunque ahora sin sonrisas y ya no para desearle felices fiestas. Los concesionarios le fueron retirando uno a uno cada vehículo. Casi al mismo ritmo que desaparecían sus amigos y amantes. Hasta su mujer perdió el interés. Ella también se fue.

Esta es la historia de Juan, que volvió a dormir la siesta solo y en silencio, a la sombra de sus muchos ladrillos.

fragmentos



Estamos hechos de partes de otros

De pedazos de todas las personas que conocimos

o simplemente inventamos

construyendo historias con retazos

De las que quisimos y de las que odiamos

Fragmentos de cada individuo que analizamos con detenimiento y

también de quienes creímos mirar sólo de reojos

de pasada

Ni el tiempo ni la distancia nos desprende de nadie

Podemos repensarlos

reorganizarlos

cambiarles las etiquetas

hasta olvidar sus nombres y sus caras

Pero jamás borramos

Siempre sobreviven

reaparecen en un gesto

una frase

un tono

un prejuicio

un acierto

una imagen

un chiste

un aroma

una brisa

Siempre reaparecen

Aunque ya no seamos capaces de identificarlos

Somos trozos de ellos

De todos y cada uno de ellos

De lo que quisieron trasmitir

de lo que no pudieron ocultar

De todo lo dicho y de todos los silencios

Nunca conseguimos evitarlos

Sacarlos de encima

Somos eso,

el abrazo y la reprimenda

la sonrisa y la indiferencia

sus errores y los nuestros

la lectura de cada imaginario ajeno

la reconstrucción de cada vecino de acera

quesenospegacomoventosa

Somos eso

Todo eso