Los prejuicios de Woody Allen

Nadie es perfecto. Ni siquiera Woody Allen. Sin restarle méritos a su mucho ingenio ni a su independencia en el putrefacto Hollywood, no puedo pasar por alto el fiasco de su última película.

El servilismo pueblerino de la prensa, siguiéndolo por toda Barcelona, dándole bombo y platillo hasta a la más insignificante de sus muecas, ha hecho obviar el sesgo racista de su última historia. Una cinta repleta de prejuicios, precisamente hacia los españoles, tan orgullosos que se muestran de que eligiera la Península como plató.

Allen no se complicó demasiado. Ambientó uno de sus habituales guiones en Barcelona y Galicia (creo recordar). Y poco más. Eso sí, los dos protagonistas hispanos de la cinta, interpretados por Bardem y Cruz, son dos clichés, dos tópicos de latinos dignos de un cómic: personajes emocionalmente inestables, enfermizamente apasionados, incapaces de racionalizar sus vidas. Los únicos aparentemente cuerdos que presenta, ¿adivinan?, los norteamericanos que residen o visitan la capital catalana.

Mientras, la prensa y la crítica del Reino babean tras el genio bajito de las gafas enormes. ¡Qué cosas!

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