Reciclaje


Los malos recuerdos, la memoria tóxica y otras basuras le iban asomando siempre. Salían de cualquier bolsillo, se columpiaban de la coletilla de cualquier conversación. Estaba realmente cansada de tropezarse con ellos a cada rato. Quizás por eso se le ocurrió ir recogiéndolos y metiéndolos en una enorme bolsa.

Cuando acabó de reunirlos, hizo un buen hoyo en el jardín donde vertió todas sus malas experiencias y otras basuras personales. Después de cubrirlas con una capa de ideas fértiles, las regó con lluvia de sonrisas y, cada día, las abonaba con sus mejores augurios.

No tardó mucho en brotar una hermosa enredadera que, poco a poco, cubrió los muros del patio y trepó por las paredes de la casa, hasta tapizarlo todo con flores de fragancia risueña y otros aromas reconfortantes.

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Ochos

Me llama un amigo y me pregunta si he escrito la carta a los Reyes. Le digo que soy republicano pero él, sin darse por aludido, insiste. Se empeña en que tengo que desear algo para el nuevo año. Tampoco le valen mis argumentos de mal comportamiento acumulado, está convencido de que aún estoy a tiempo de portarme bien hasta el día seis.


Me obliga a pensarlo, hasta a escribirlo. No sé si pretendía tanto. Lo cierto es que este fin de año se basta sólo, pues ya será una alegría que acabe 2008. Ha sido tan ajetreado que he terminado por revisar y elaborar una hipótesis: Todos los años acabados en ocho le han dado un revolcón a mi vida.

En 1968, calculo que fue cuando me escolarizaron, con lo que eso significa de final del paraíso hogareño y comienzo del adoctrinamiento socializador. Horarios y demás jerarquías.

En 1978, creo recordar, pasé del colegio al instituto. Bluf, digo BUP, cuántos universos por explorar.

En 1988 acabé los estudios, salté del sistema educativo al mercado laboral. De cabeza, sin paracaídas ni red. O sea, sin alfombras ni padrinos.

2008 aún lo digiero.

¿Deseos?, me bastará con que pase. Estoy convencido de que 2009 será, como mínimo, más agradable. Menos tormentoso.

Luego están los budistas, para quienes el deseo es el origen de todos nuestros males. El consumismo es detestable, querer siempre más y no valorar lo que se tiene es un absurdo que la publicidad explota muy bien. Pero tampoco imagino una vida sin deseo, que no tiene nada que ver con la ambición, ese gusano que corroe las organizaciones y el ingenio.

Sospechas



Y si al final resulta que nada vale la pena. Ni el superordenata. Ni el coche de tus sueños. Ni el piso nuevo. Ni la segunda residencia. Ni el viaje a la quinta chimbamba. Ni el polvazo de tu vida. Ni cambiar el mundo. Ni la coherencia.

Si al final la nada es la única respuesta. Si el tal Sartre tenía razón y el vacío lo llevamos siempre dentro. Sin remedio.


Timos varios


Los libros de autoayuda son como los cursos del INEM (léase Servicio Canario de Empleo y similares), ésos con los que dicen pretender formar a desempleados para reinsertarlos en el mercado laboral.


El susodicho género libresco sólo resuelve la situación económica de sus autores y editores. La formación pública, por su parte, autoayuda exclusivamente al profesorado y a las entidades organizadoras.

De calles y fantasías

tonijerez.com


Uno le echa la culpa a las obras, que si la circunvalación, las vías peatonales, los cambios en el tráfico…, pero sospecho que la desmemoria de los años tiene mucho que ver en esto. La otra noche me perdí por mi ciudad, en las calles por las que crecí. Las confundía. Me vi incapaz de llegar a donde creía ir.

Es cierto que las obras cambian el concepto de Isla. Me rompen el esquema espacial que me costó años construir. Varían los tiempos de los trayectos y, con ellos, la percepción de la distancia. Los nuevos accesos pasan por lugares que antes estaban escondidos. Los puntos de referencia ya no están donde siempre, subiendo a la izquierda ni bajando a la derecha. Ahora sencillamente no se ven, descubriéndose nuevos paisajes y perspectivas.

Unos días después visité Telde. No dudé en buscarme un guía. Al amigo Ricardo, el mejor. San Francisco, San Juan… Por allí andábamos cuando entramos al universo de Antonio María, a la Casa Museo de Fernando León y Castillo. Encantado de ejercer de cicerone, el director del establecimiento nos sumergió en los muchos tesoros del inmueble, buceando entre los miles de detalles de cada cuadro, ésos que sabe iluminar con elaboradas interpretaciones, entre tantas reliquias, descifrando la simbología de cada rincón, que salpica con risas y anécdotas de su propia vida.


De las muchas lecciones con las que Antonio María sembró la mañana, una que él mismo recibió de su madre, que siempre va con él: “Cuando la realidad te agobie, que viva la fantasía”, le dijo ella de pequeño, rompiendo en mil pedazos la hoja del cuaderno, la que contenía aquella antipática división que no se dejaba resolver.

La caja de cartón

El teatro cine Hermanos Millares, en construcción. FEDAC.

Al abrir aquella caja de cartón, el salón se llenó de imágenes. Visiones de pasados que no todos vivimos.

Desfilaron personajes y anécdotas. Viajes a otras islas, de cuando los trayectos eran homéricos. Fotos a pie de avión, en un Barajas lejano, tras interminables seis horas de vuelo en aparatos de motores infernales.

Aparecieron algunos escritos, testimonios de las horas exactas de partida de aquellos barcos que se llevaron a hermanos y ahijados de guerra, rumbo a Ceuta, con futuro incierto, sin fecha de vuelta. Otros, con idéntica caligrafía simétrica, daban fe de la hora precisa del atraque del buque que los trajo, por fin, aunque sólo fuera de permiso.

Imágenes del Carnaval que fue, cuando las mascaritas ocultaban sus rostros. Y de bailes con novios que se llevó el tiempo.

Una tarde de risas, llantos y más risas. Completando biografías, ordenando personajes y recuerdos. Historias que ya no cabían en aquel pequeño recipiente acartonado.

Espirales

De vuelta a casa por Navidad.


Todo sucede a modo de espiral. Vamos dando vueltas por situaciones similares una y mil veces. Las afrontamos de forma distinta cada vez, porque ya no somos los mismos. Éllas, las circunstancias, tampoco reaparecen idénticas, aunque cuánto se parecen.

También influirá nuestra tendencia a etiquetar. Encontrarle parecido a lo nuevo con algo que ya conocemos nos da una cierta seguridad, una falsa sensación de control que nos tranquiliza. Creemos que comprendemos lo que pasa, aunque siempre se nos escapan miles de variables. Sin olvidar que la mayoría de los casos no tienen maldita explicación.