…buen descuadriculador será


Sintió que su cabeza estaba demasiado cuadriculada. Todo encajaba perfectamente en alguno de los muchos poliedros consecutivos y jerarquizados con los que medía, pesaba, etiquetaba cada fragmento de la realidad.

Sin motivo aparente, decidió buscar un descuadriculador que la descuadriculara, que buen descuadriculador debía de ser.

Cuando finalmente lo encontró, se sintió perdida, perdida y feliz, encantada por los muchos misterios que le ofrecía la vida.

Desorden violento



Era un tipo violento. Violento y desordenado. Seguramente alguna vez tuvo algo de sentido del humor, puede que hasta chispa y lucidez, pero lo había perdido todo por no se sabe qué bolsillos.


Solía tener arrebatos de cólera, manifestación de sus muchas frustraciones. Lamentablemente, también había extraviado, hacía ya mucho, las habilidades precisas para su manejo, si es que alguna vez las tuvo.


En una de aquellas explosiones, la ira, una vez más, lo llevó con violencia contra los suyos. No se sabe si le floreció una lucidez espontánea o se trató de uno de sus muchos desórdenes pero, lo cierto es que, en lugar de atacar primero a sus familiares y luego a sí mismo, esta vez, empezó por empeñarse con saña contra él.


Sus familiares, ilesos, lo llevan a enterrar.

Palabras


Lo que no tiene nombre, no existe. Se pierde en el tumulto de sus semejantes, bajo sustantivos genéricos.


Los nombres que no se pronuncian, los que ni siquiera se piensan, acaban olvidándose. Su semántica vuelve a diluirse con el significado de otros términos.


(((No sé si es cierto, pero suena bien. Y hasta puede que con las emociones ocurra algo parecido.)))


Oportunidades


Hacía tiempo que no cuadraban los números y esta vez no sirvió mirar a otra parte desoyendo las alarmas de los contables.

Los impagos crecieron al tiempo que huían los avales. Hubo que despedir a la plantilla, liquidar todo lo que se pudo… Los acreedores se quedaron con el resto.


El servicio de la casa también desapareció. No quedó más remedio que aprender a disfrutar del arte de los fogones, hasta de poner en práctica todo el sibaritismo adquirido en miles de sobremesas. Una exquisitez.


Los deportivos abandonaron el garaje, habitado ahora por un pequeño utilitario que, mira por donde, llega igual de lejos, consume y contamina menos, además de aparcarse en cualquier sitio.


El transporte público resultó otro gran descubrimiento: viajar sin estrés, aprovechar el tiempo para la lectura, hablar con compañeros de trayecto…


Los niños dejaron aquel colegio de hijos de empresarios, donde todos eran iguales, y comenzaron a relacionarse con chicos diferentes. De todos aprendieron.


Por las mismas fechas, se desintoxicaron de la moda y las marcas. Dejaron de comprar porque sí y de estrenar a cada instante. Hallaron tesoros en el fondo de sus armarios, por donde antes no tenían tiempo de bucear.


Empezaron a encontrar cerca lo que antes sólo buscaban en países lejanos. Ya no acudían a cócteles ni a fiestas. No los invitaban.


Cambiaron los clubes por las playas. El yate, por la arena.


Ampliaron sus interlocutores y sus temas de conversación crecieron. Ya apenas recurrían a los vaivenes bursátiles ni a las cilindradas de sus vehículos.


No tardaron mucho en hacer balance y concluir que a esta crisis le habían sacado mucho rendimiento.


De derechos y de humanos


Estos días se habla mucho de derechos humanos, de derechos humanos no respetados. Y no hace falta irse a los más sofisticados. Basta con echar un vistazo a la alimentación, la vivienda, el trabajo, la educación.


Al mismo tiempo, un reportaje ha devuelto a la palestra el ni siquiera reconocido de morirse cuando uno lo considere pertinente.


Ahí están siempre los detractores de la eutanasia, que tienden a hablar en nombre de su dios, empeñados en que sea el de todos.


En acercarle los mandos al paciente para que desconecte esos aparatos que le mantienen en semejante sinvivir, en poner en sus manos el interruptor, en eso ven un gesto antinatural.


No sospechan que lo que cambia el ritmo y los tiempos de la naturaleza es la intervención humana, pero al enchufar a un moribundo a una máquina para que respire, al doparlo hasta límites imposibles para que aguante el dolor como sea. Y para siempre. Sin remedio.


Quizás fue su mismo dios quien decidió hace tiempo esa muerte y, por contra, el intervencionismo clínico lo mantiene en esa seudovida.


Otra cuestión me llama mucho la atención de su discurso. Dicen los pancarteros de la vida ajena que el Estado no debe intervenir en la muerte de los ciudadanos. Liberales me salieron. Pero, ¿no lo hace ya, al impedir que cada cual se muera cuando le venga en gana?