bolsas

El joven pagó a la cajera y con un “hasta luego” salió del supermercado llevando la compra repartida en dos grandes bolsas.

Al llegar a casa distribuyó latas, embutidos, pan, huevos y yogures por los rincones de la despensa y la nevera. Una de las bolsas, ya vacía, fue directamente a la papelera del baño, donde sirvió de recipiente de residuos de lo más variado y no siempre agradables. La otra, en cambio, fue a parar a un estrecho cajón, donde no entró luz en muchos días.

Pasadas varias semanas, de forma inesperada, el joven la sacó de aquel agujero para introducir en ella un paquete envuelto en hermoso papel de regalo.

El joven se la entregó a su amiga, que volvió a encerrarla en un cajón oscuro, tras vaciarla de aquel regalo de despedida.

Al día siguiente, la bolsa recuperó utilidad. Esta vez para aislar unos zapatos del resto del equipaje en el interior de una maleta. Maleta que se arrastró por ascensores, calles y taxis, hasta subir a una cinta desde la que cayó a la bodega de un avión.

Tras unas horas de gélido vuelo, se repitió la cinta, el taxi, las calles y el ascensor. La maleta se abrió en una habitación de hotel, donde la bolsa se desprendió de los zapatos.

Durante los días siguientes fue engordándose poco a poco, ahora con calcetines, bragas, camisetas que desprendían estrepitosos aromas a usado.

Cuando estuvo bien llena fue otra vez a la maleta. Y en ella, al ascensor, la calle, el taxi, la cinta y el avión, para repetir de nuevo la cinta, el taxi, la calle y el ascensor.

De vuelta en casa de la joven, la bolsa se liberó de su carga, pero no de su pestilencia. Creyó que era lo peor que le podía pasar, de lo que se desengañó cuando fue a cubrir el interior de la papelera de la cocina.

Días después, otra vez repleta, cayó en un bidón fétido, del que pasó a un sucio camión que la aplastaba mientras la trasladaba a un ardiente vertedero.

Allí, precisamente allí, se encontró con su vieja compañera, la bolsa con la que había salido del supermercado, y juntas se derritieron con la fermentación de los restos contenidos.

Los prejuicios de Woody Allen

Nadie es perfecto. Ni siquiera Woody Allen. Sin restarle méritos a su mucho ingenio ni a su independencia en el putrefacto Hollywood, no puedo pasar por alto el fiasco de su última película.

El servilismo pueblerino de la prensa, siguiéndolo por toda Barcelona, dándole bombo y platillo hasta a la más insignificante de sus muecas, ha hecho obviar el sesgo racista de su última historia. Una cinta repleta de prejuicios, precisamente hacia los españoles, tan orgullosos que se muestran de que eligiera la Península como plató.

Allen no se complicó demasiado. Ambientó uno de sus habituales guiones en Barcelona y Galicia (creo recordar). Y poco más. Eso sí, los dos protagonistas hispanos de la cinta, interpretados por Bardem y Cruz, son dos clichés, dos tópicos de latinos dignos de un cómic: personajes emocionalmente inestables, enfermizamente apasionados, incapaces de racionalizar sus vidas. Los únicos aparentemente cuerdos que presenta, ¿adivinan?, los norteamericanos que residen o visitan la capital catalana.

Mientras, la prensa y la crítica del Reino babean tras el genio bajito de las gafas enormes. ¡Qué cosas!

Juan Ladrillo

A Juan lo amamantaron a la sombra de los cirueleros, para dejarle dormir la siesta al borde de las huertas y que su madre pudiera cavar papas.

Juanillo endureció las manos a golpe de azada. Y escuchó el crujido de sus huesos al echarse los primeros sacos al hombro.

Con veinte años, ya cansado de cargar sobre la espalda, dejó el sacho y agarró la bandeja. Con un ridículo disfraz de hawaiano, se fue a lucir palmito a la costa, sirviendo copas a turistas semidesnudas que se tostaban al borde de las piscinas, entre decorados seudocanarios de cartón-piedra.

No aguantó mucho. Al poco dejó la bandeja y volvió a la guataca. Esta vez para amasar cemento, con el que pegó los ladrillos que tanto le cambiarían la vida. El trabajo era duro, pero estaba mejor pagado.

Al ver como los bloques se convertían en oro, regresó al pueblo, arrancó los matos y llenó de adosados las tierras de sus abuelos. De la noche a la mañana, Juan empezó a disfrutar de renting, lifting y demás ieneges, de visas doradas, deportivos y todoterrenos, ropas de marcas y mil amores, que lo colmaban de sonrisas, fantasías y favores. Al menos eso creía él.

Se burló ruidosamente la primera vez que escuchó hablar de crisis. What crisis? «Eso no va conmigo», dijo en voz alta, y siguió cambiando rústico por urbano, raíces por cimientos.

Antes de que fuera capaz de darse cuenta, los chorros de ingresos se le fueron secando. Le echaban la culpa a los americanos, los ninjas, las subprime y a no sé qué mil demonios, según le contaron, aunque siempre sospechó que el verdadero responsable era un tal Zapatero, uno que gastaba suela corriendo hasta China para que lo invitaran a desfacer semejante entuerto.

Fuera de quien fuese la autoría del enredo, lo cierto es que Juan se quedó con un montón de ladrillos sin vender y una montaña de facturas sin pagar. Los bancos lo llamaban a diario, aunque ahora sin sonrisas y ya no para desearle felices fiestas. Los concesionarios le fueron retirando uno a uno cada vehículo. Casi al mismo ritmo que desaparecían sus amigos y amantes. Hasta su mujer perdió el interés. Ella también se fue.

Esta es la historia de Juan, que volvió a dormir la siesta solo y en silencio, a la sombra de sus muchos ladrillos.

fragmentos



Estamos hechos de partes de otros

De pedazos de todas las personas que conocimos

o simplemente inventamos

construyendo historias con retazos

De las que quisimos y de las que odiamos

Fragmentos de cada individuo que analizamos con detenimiento y

también de quienes creímos mirar sólo de reojos

de pasada

Ni el tiempo ni la distancia nos desprende de nadie

Podemos repensarlos

reorganizarlos

cambiarles las etiquetas

hasta olvidar sus nombres y sus caras

Pero jamás borramos

Siempre sobreviven

reaparecen en un gesto

una frase

un tono

un prejuicio

un acierto

una imagen

un chiste

un aroma

una brisa

Siempre reaparecen

Aunque ya no seamos capaces de identificarlos

Somos trozos de ellos

De todos y cada uno de ellos

De lo que quisieron trasmitir

de lo que no pudieron ocultar

De todo lo dicho y de todos los silencios

Nunca conseguimos evitarlos

Sacarlos de encima

Somos eso,

el abrazo y la reprimenda

la sonrisa y la indiferencia

sus errores y los nuestros

la lectura de cada imaginario ajeno

la reconstrucción de cada vecino de acera

quesenospegacomoventosa

Somos eso

Todo eso

entre olas

Vivo entre olas. En pequeñas rocas salpicadas de salitre. Un lugar olvidado en medio de todos los océanos, por donde pasaron todas las civilizaciones en busca de sus mitos y fortunas.

Unos iban rumbo a los confines de la Tierra. Navegaban temerosos de caer en la cascada que adivinaban al otro lado del horizonte.

No tardaron en aparecer los otros, quienes recorrían el planeta para saciar sus ansias de poder. Para adueñarse de lo material, de lo divino, de lo humano. Y lo consiguieron.

Se quedaron mucho tiempo, hasta que decidieron expoliar otros tesoros, dejando aquí a sus vasallos y descendientes, a quienes les delegaron el sucio trabajo de vampirizar estos viejos peñascos, sus tierras y mares, sus playas y paisajes, con tal de que realicen puntualmente las transferencias acordadas.

Tanto unos como otros, los primeros y los últimos, llegamos hasta aquí en patera. Pero eso es algo que ya casi nadie recuerda.