días

 

Vivo en era de espirales concéntricas

De giros discontinuos a velocidades variables.

Días de vértigos y otros mareos.

Las ratas, resabidas, me adelantan por sus laberintos grises.

Las olas me zambullen y voltean en la eufórica marejada de noviembre

Yo me dejo arrastrar
Confiado
Seguro de la existencia de una orilla.

mapas

Aznar se enemistó con media Europa y metió al Estado español en una guerra imperialista, de espaldas a la ONU, con el propósito de darle un lugar en el mapa mundi. Eso dijo él. Su puesta en escena, todos sabemos de que forma tan explosiva y lamentable acabó.

Zapatero cumplió la promesa que le dio tirón electoral. Sacó al país de la guerra y se ganó la enemistad del gobierno Bush. Pero, miren por donde, aunque el saliente jefe del Imperio ahora no quiera invitarlo a arreglar su maltrecho capitalismo, resulta que los candidatos a la Casa Blanca dedican minutos de sus debates televisivos a hablar de ZP y del Estado español. Aunque sólo sea para tirarse en cara que no saben dónde está ni quién lo preside.

Por si fuera poco, hasta en uno de los muchos vídeos de campaña presidencial que circulan por Internet, los Republicanos intentan desprestigiar a Obama presentándolo como becario de Zapatero. Casi nada.

Obama – McCain, McCain – Obama. Como cantaba Carlos Puebla, “a mí me parece Ford lo mismo que Chevrolet”.

Resulta sorprendente la campaña que hemos padecido por estos lares en pro de Obama. Ya desde el inicio de la primarias en el Partido Demócrata. Y no sé si la simpatía generalizada por el candidato afroamericano es el resultado de semejante vapuleo mediático, porque el dato de que pueda ser el primer presidente no blanco de EEUU de Norteamérica tampoco resulta excesivamente relevante. Como ejemplo, la todavía secretaria de Estado Condoleezza Rice. Su condición de mujer y negra no ha dado ninguna orientación política que la diferencie de cualquier rubito de ojos azules que haya ocupado ese cargo.

Que los presidentes no son más que meros títeres de las multinacionales y los intereses económicos que los financian, es algo que se ha repetido y demostrado hasta el hartazgo. Precisamente, Barack Obama viene batiendo records de recaudación para su campaña. Por lo que, mucho me temo, con sus decisiones en el despacho oval tendrá que dar buena cuenta de hasta el último de esos centavos.

Gane quien gane, los marines no dejarán de interferir en cualquier parte del planeta para defender los intereses de sus empresas; sus industrias seguirán lanzando basura al espacio y desertizando el Amazonas; profundizarán en la explotación de mano de obra barata allí donde más barata la encuentren; apoyará a Israel en su machaque a Palestina; a Marruecos contra el Sahara… Continuarán invadiendo el planeta con sus productos, y nuestras cabezas con su cultura.

Mucho me temo que, para bien o para mal, por ahora, todo va a seguir igual.

cuestión de tiempo

Ese día volvió a llegar excesivamente temprano al salón del aeropuerto. Así que tuvo tiempo de sobra para leer la prensa y analizar al paisanaje que deambulaba por la zona, maletas en ristre. Y hasta para dejarse flotar entre los dibujos que decoraban el techo de la estancia, a bordo de los más disparatados razonamientos.

Tenía la estúpida costumbre de ser puntual. Obsesionado con organizar su tiempo y prevenir los posibles imprevistos que pudieran demorar su llegada en hora a la cita, siempre erraba en el cálculo y se adelantaba quince minutos. El margen de error era constante.


Le había calado hondo aquello de la falta de consideración que supone llegar tarde. Tampoco era persona especialmente sociable. Por eso, cuando iba a algún lugar era porque realmente le interesaba. De lo contrario no salía de casa. Por el mismo motivo, jamás esperaba más de un cuarto de hora por nadie. Si la persona citada se retrasaba más de 15 minutos, se iba sin dar explicaciones.


Este mal hábito había derivado en más de una mala cara. Sobre todo cuando la cita tenía lugar en la casa de la otra parte. No a todo el mundo le agrada que llamen a la puerta los comensales cuando aún no está puesta la mesa.


Las divagaciones que le llenaban la espera le llevaron también a la pregunta: “¿Cuánto tiempo habré perdido esperando?” Sin dudarlo un segundo, se concentró en el cálculo. «En cada ocasión derrocho 15 minutos. Al llevar y al recoger a los niños: 15 por 2, 30 minutos al día. Al llegar al trabajo: 15 diarios, 75 a la semana. En las dos o tres entrevistas semanales por asuntos laborales: 45 minutos más. En las reuniones de los jueves con los amigos: 15 más. En los almuerzos familiares de cada sábado y en la cena o almuerzo del fin de semana: sumo otros 30. A los dos partidos semanales: y 30 más.»


Eso supone 345 minutos a la semana. A los que debería añadir otros quince por los habituales cumpleaños de los chicos o las salidas al cine, al teatro o a cualquier otro acto cultural al que acudía con frecuencia semanal. Total: 360 minutos semanales.


Seis horas”, exclamó, haciendo sonora su reflexión y rompiendo el silencio de la sala de espera de llegadas nacionales. “Podría invertir ese tiempo en hacerme algún master o asignaturas sueltas de cualquier titulación. O, sencillamente, en tumbarme al sol. O en saborear el café que siempre tomo a sorbos por el pasillo y que dejo a medias en el recibidor de mi casa, precisamente para llegar con quince minutos de antelación a todas mis citas”.


Más perplejo se quedó cuando hizo el cálculo mensual: “24 horas al mes esperando. Pierdo un día entero cada mes”. Tuvo la sensación de que se le escapaba un buen pedazo de vida por culpa de una estúpida obsesión. Una puntualidad que nadie le agradecía y que, de forma sutil y escalonada le robaba una buena porción de existencia. “Las grandes estafas siempre se hicieron peseta a peseta”, recordó. «Con doce días al año podría disfrutar de otras vacaciones».


El panel anunció la llegada del vuelo que esperaba. Puntual. Justo quince minutos después de que él llegara al aeropuerto. Pudo ver como los pasajeros tomaban posiciones junto a la cinta de recogida de equipajes. No la distinguió en el tumulto. Comenzaron a salir uno a uno los viajeros. Se fundían en saludos cariñosos, abrazos amistosos, besos fraternales. Pero ella no salía.


El vuelo desapareció del panel anunciador y ella no apareció. Una hora más tarde se fue solo de vuelta a casa. Esta vez, el vacío de la espera le había succionado unos cuantos minutos de más.


raíces


Mi hijo llega del colegio hablando de Halloween.

Unas chicas disfrazadas de brujas tocan a mi puerta pidiendo golosinas.

Por la noche, las calles se llenan de batucadas fantasmagóricas subvencionadas por gobiernos «nacionalistas».

¿Dónde estamos?

Agua de barranco

Eché a rodar risco abajo en busca de mi objetivo. Sin ruta fijada ni orientaciones precisas, apunté a la orilla como última parada.



Con el impulso arrastré la tierra que encontré a mi paso, hasta mezclame con ella, fundirnos en barro. Juntos seguimos la caída, que nos dio las fuerzas suficientes para atraer las primeras piedras. Con sus giros en medio del caudal, ensanchamos el cauce y sumamos a nuestro viaje a muchas más que se cruzaron por delante.



Por un momento nos creímos imparables. Arrasábamos con todo y nos sobraba potencia para echar a un lado a quien no quisiera sumarse. Un espejismo, pues poco a poco tropezamos con rocas de mayor tamaño, de las que no tienen ninguna intención de dejarse caer ladera abajo, de las acomodadas en el mismo lugar desde hace siglos.



Aunque en un primer momento pareció imposible, logramos saltar por encima de algunas y continuar dirección a la costa, que ya se adivinaba cerca. Se olía.



Con el empuje de la bajada y mucho empeño, erosionamos los impedimentos más frágiles, hasta colarnos por sus grietas.



No faltaron las trabas insalvables, las que no dejaron mejor opción que bordearlas en busca de terrenos más propicios para abrir camino. Y sin perder nunca la pendiente, finalmente, alcanzar el objetivo: la marea.



entrelíneas

A modo de tobogán me deslizo por una enorme capitular y, girando entre sus espirales barrocas, salgo disparado hacia el margen izquierdo de la hoja. Caigo mordisqueando el vértigo, hasta sujetarme a la cola de una pe que asoma del siguiente párrafo. Intento sobreponerme del ajetreo pero, en pocos segundos, soy abducido por el texto que me hipnotiza con sus contenidos y sus ritmos. Sin saber cómo, empiezo a flotar entre sus renglones, zigzagueando por las velas y colas de haches, jotas, efes… La suavidad del paseo me adormece y me regala paisajes de ensueño, reflexiones nunca antes imaginadas, conversaciones con personajes desconocidos en tiempos no vividos y otras odas a la razón y al absurdo. Voy cambiando de páginas, de capítulos, navegando entre ideas por océanos de alfabetos alineados. Sin darme cuenta, me doy de bruces con el punto. Que nunca es final. Que siempre es suspensivo…

 

invisible



De repente un día decidí hacerme invisible. Quería ser nadie. Que no me reconocieran por la calle, que no me señalaran con el dedo ni tuvieran dato alguno sobre mi persona ni mi vida.



Guardé silencio. Dejé de opinar. No llevé la contraria ni pensé en voz alta. Vestí los colores y diseños que la moda marcó en cada momento. Compré donde todo el mundo lo que todo el mundo.



A los pocos días, nadie me veía. Ni siquiera me echaban de menos. Mejor aún, tampoco me recordaban. Me había fundido en el taconeo de los pasos sin rumbo, entre el abismo de las miradas perdidas y el silencio de las palabras huecas.