"Los objetos nos llaman"



Viví con mi tío Felipe en un edificio en el que todos los pisos se comunicaban. Éramos familia, por lo que entrábamos y salíamos como si fuera una única casa.


Felipe fue uno de los muchos que pasaron la juventud vestido de militar y el resto de su vida hablando de la guerra. Cuando llegó la transición era ya sexagenario y , lógicamente, la interpretó en consonancia con su biografía.


No hace mucho me llamaron para decirme que había muerto. Pasó algunos años con la cabeza en otros tiempos. Su verborrea perdió coherencia, pero jamás su abrumadora fluidez.


Al recibir la noticia, mis recuerdos volvieron a aquellos años de cambios, en los que él no tardó en apuntarse a la moda de las revistas de destape. Mis hormonas, ajetreadas por la edad, no desaprovecharon la oportunidad que brindaban aquellas casas abiertas. Él me abrió la puerta a la mítica visión de los primeros cuerpos de mujer.


Compartimos miles de horas, conversaciones, risas y juegos, pero al saber de su muerte me sobrecogió una sensación de íntimo agradecimiento por algo que él, seguramente, jamás sospechó que había hecho.


Juan José Millás, en su último libro, Los objetos nos llaman, incluye el relato Los padres de los amigos, donde cuenta cómo cambian los hombres cuando quedan huérfanos de padre. Recomendable el relato, la reflexión y el libro. De Millás, casi todo.


Con permiso de Kundera


Milan Kundera puso en la mente de uno de los personajes de La insoportable levedad del ser una reflexión que arrastro desde hace unas cuantas décadas. Le daba vueltas el tal Tomás (creo que era él) al carácter acientífico de la vida. Pero, de tanto centrifugarlo, ya no sé cuánto de la cavilación es suya y cuánto me inventé. ¿Qué más da?


La esencia de la idea es la imposibilidad de aplicar el método científico a la vida cotidiana. Ni siquiera a los grandes temas que nos ocupan. No es viable contrastar los resultados de las decisiones que tomamos a diario con los que habrían arrojado las opciones que en cada momento descartamos. No podemos elegir el sí, volver atrás, probar con el no y, al final, quedarnos con el camino que más nos satisfaga.


La vida no es un laboratorio que permita aislar y controlar las variables para experimentar con ellas cada vez que lo consideremos pertinente. Tengo serias dudas hasta de si la Ciencia con mayúsculas puede hacerlo al ciento por ciento.


Así las cosas, nunca sabremos si hemos hecho lo mejor que se podía hacer en cada circunstancia. Tampoco es fiable ni aconsejable machacarse por lo mal que lo hicimos. Nunca constataremos si era o no la peor de las opciones.


La obsesión que tenemos por medirnos con los otros, en muchas ocasiones, nos lleva a lamentar que no tomáramos el camino que tanto rédito le aportó al vecino. Aunque coincidiéramos temporalmente en la misma encrucijada, jamás compartiríamos exactamente las mismas variables, influencias, habilidades, posibilidades… ni, por tanto, sus resultados. Volviendo a la jerga de bata blanca, el mismo medicamento no sirve para todas las patologías ni para todos los pacientes.


En realidad, apostamos a cada minuto. Y hasta la más nimia decisión puede cambiar el rumbo de nuestras vidas. El pasear por una calle o por otra, por ejemplo, nos puede llevar a un encuentro, o no, con una persona que nos facilita una información que, días más tarde, resulta fundamental para la resolución de un problema que…


No es el efecto mariposa, pero sí igual de incontrolable.


Luego, siempre nos queda el taoísmo, y su recomendación de esperar de brazos cruzados a que el universo resuelva. Pero, buf, para eso hay que tener paciencia de chino. Por lo menos.


Retrato de familia

La abuela reza de rodillas, entregando su alma y su vida a imágenes de cartón piedra que le señalan el camino de otra existencia sin penurias.

El abuelo dedicó su juventud a cambiar el mundo, defendiendo ideologías y banderas que sigue rumiando hasta el final de sus días.

El padre, en cambio, invierte todos sus esfuerzos en amasar dineros y sacar brillo al apellido.

La madre atesora colecciones interminables de electrodomésticos, con los que aspira, tritura y congela sus adversidades.

El tío cambia de trabajo cada año. También de domicilio, de país y de familia.

El primogénito se enfunda la fortuna paterna en ropas de marcas y coches de diseño.

La hija retoma el testigo del abuelo y lo reinventa salvando ballenas en océanos helados.

El nieto mayor busca en el sexo la salida de sus laberintos.

La nieta escarba en filosofías lejanas y técnicas de posturas complejas, interpreta el universo combinando números y azares.

El pequeño se oculta tras una trinchera de libros, protegido por su bata blanca, blandiendo una enorme calculadora.

Sentados a la mesa, todos se miran, festejan y callan.

TEA, sin artículo


Visité TEA antes de lo que tenía previsto. Pretendía evitar las colas y aglomeraciones tan habituales en estas islas ante cualquier inauguración. Sea de lo que sea. Pero resultó que una agenda cultural me jugó una mala pasada, convocando un acto en lugar y hora equivocados, por lo que me vi por las inmediaciones del nuevo recinto con los planes del domingo rotos.

Así fue que, como cantaba Aute, pasaba por allí, no había tumultos en la puerta y no lo pude resistir.

Al entrar comprendí la ausencia de riadas de curiosos. Pese al eslogan «ahora abre para todos«, la entrada no es gratuita.

De lo visto, prefiero el continente al contenido. Pero ya saben, sobre gustos, arte y estética todo es opinable y discutible. Tengo debilidad por algunos edificios y la primera impresión que me quedó de éste es muy buena. Mejor el interior que el exterior, sin duda. Quiero volver, también porque sus espacios invitan a estar, a caminar, a observarlos y atravesarlos, a descubrir sus muchos ángulos.

Aunque, a 2,5 € la entrada de residente, no sé si me saldrá rentable este rejo esteta que me he dejado crecer.

Sueños compartidos

 

Se lo pegó al pecho, abrazándolo con todas sus fuerzas. Cerró los ojos y visualizó cada uno de los deseos más íntimos que anhelaba compartir con él: casa, convivencia, viajes…

Pasados unos días, se enteró por la prensa. Cambió radicalmente de planes. Corrió en su busca, lo agarró entre los dedos y lo partió en mil pedazos antes de lanzarlo a la papelera.

No contenía la combinación ganadora.

 

progresos


Cuando aquel extranjero llegó a la isla quedó maravillado. Tanto, que decidió instalarse en sus costas.


Al poco tiempo pensó que aquel lugar podría enamorar también a otros viajeros y puso en marcha su plan: compró unos acres de tierras que los nativos siempre habían usado para cultivar alimentos. Él, en cambio, los sembró de alojamientos.


Con algo de difusión y el boca a boca, no tardó en colgar el cartel de «completo».


El éxito de su primera aventura le animó a hacerse con más y más fincas. Y a contratar a nativos para que atendieran sus establecimientos. Éstos aceptaron, porque sin fincas ya no tenian trabajo. Ni comida, que ahora compraban en los barcos, los mismos en los que llegaban los turistas.


Los aposentos para visitantes crecieron. Coparon más y más fincas, barrancos y montañas. Por supuesto, playas. Todas las que había las colmó de puertos y apartamentos. Y cuando ya no quedó ninguna, echó arena en bahías donde antes sólo había piedras para, seguidamente, acorralarlas de más edificios y muelles. No dejó paisaje sin atravesar con cables y autopistas. Ni montes sin carreteras, que saturaba de guaguas y más guaguas, con más y más visitantes.


A todo esto lo llamó «progreso».


Pero a medida que aumentaba su «progreso», disminuía la fascinación de los visitantes que arribaban a la isla. Ya no encontraban las emociones, los paisajes, los sonidos ni los olores que iban buscando desde tan lejos.


Poco a poco dejaron de llegar. Con el tiempo se fue hasta el primer extranjero. Desapareció, dejando tras de sí su progreso. Y a los nativos, que ya no tenían fincas ni trabajo ni barcos ni alimentos.