Carnaval

Te puedes poner la máscara y olvidar.

Olvidar que los dígitos de la cifra del paro son inversamente proporcionales a los de tu cuenta corriente.

Dejar de pasar los euros a pesetas cuando lees los precios del supermercado…

Hacerte inmune a la publicidad. No permitir que te inoculen deseos estandarizados.

Ponerte la careta enterrada, bien adentro.

Aislarte de la chirriante batucada del euribores y dowjones.

Mirar por ahí adentro. Seguro que algo encuentras, que algo se te ocurre.

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olvidos

Despertó con la sensación de haber pasado años en aquella cama, bajo el calor de las mismas mantas. La cabeza casi tan entumecida como su cuerpo, arrugado de los pliegues de las sábanas. No reconocía el lugar. Mucho menos recordaba qué lo había llevado hasta allí. Ni lo sucedido la noche anterior. Ni el pasado día. Ni, en realidad, nunca.

Tras varios intentos logró levantarse. Tambaleó indeciso entre los muebles vetustos de aquel cuarto oscuro, impregnado de olor a humedad y aire viciado. Rodó unas cortinas polvorientas y, tras forcejear con los herrajes, consiguió abrir las ventanas. La luz lo cegó y el aire le hinchó los pulmones con una enorme bocanada.

Cuando recuperó la visión, continuó igual de confuso. No sabía interpretar aquel paisaje. No se veía en él. No le evocaba ninguna caída, ningún encuentro. Ni anécdotas ni personajes. Nada.

Al girarse, vio el reflejo de su rostro en el cristal empañado de la vieja ventana.

barrio IV. La casa de madera


En la esquina de mi colegio había una casa de madera. Allí nos reuníamos cada día, unos minutos antes de entrar a clase, por la mañana y por la tarde, a jugar a las chapas, con las cloacas de esquina a esquina como porterías.


Los escalones de aquella casa también eran punto de encuentro, cuando nos citábamos los fines de semana para salir a caminar por algún monte o a alguna playa perdida.


No recuerdo a sus moradores. Suelo perderme entre los parentescos y los complicados árboles genealógicos que mi madre se sabe a la perfección y se empeña en desgranarme, como si yo supiera de quienes me habla.


Estos días he vuelto al barrio. Pasé por allí. La casa de madera ya no está. Su solar lo ocupa un edificio de tres o cuatro plantas, una construcción igual a otras muchas que van acaparando espacios y lugares, desplazando fachadas que guardaban anécdotas y vivencias.


Me entristeció. Fue como perder una parte de mi intrahistoria. Los recuerdos se anclan en lugares, en puntos de referencia, en los que bordamos pedazos de memorias, ésos con los que nos construimos a nosotros mismos, los que nos hacen, los que nos hicieron. Si el mapa de nuestro pasado se desdibuja, es como si nos borráramos. Perdemos raíces. Dejamos de ser.

antifundamentalismo

Yo soy un moro judío que vive con los cristianos…

…vale más cualquier quimera que un trozo de tela triste…

…no sé que diós es el mío ni cuales son mis hermanos…

… a nadie di permiso para matar en mi nombre…

…un hombre no es más que un hombre…

…no hay pueblo que no se haya creído el pueblo elegido…

Jorge Drexler

Entretenidos

Preocupados por el disfraz del carnaval. El programa. Las noches que saldremos. Las vacaciones de los chicos en estos días. La hipoteca. El trabajo que si sí que si no. El Festival de Música que acaba. una Marta espectacular que saca tormentas y caricias tiernas de su piano. Una orquesta de Santa Cecilia que te hace levitar con su sonido sincronizado, mientras los ves disfrutar siguiendo las instrucciones de un cercano Pappano. Hay hasta quienes se preocupan por la excesiva tos del auditorio, ciertamente molesta, en el transcurso de los momentos más sutiles de las sinfonías. O se enfadan porque el libro programa del festival se entregó en el penúltimo de los conciertos. Invierten tiempo en cuestionarse cómo es posible que acabe el certamen sin que se entregue un avance de su próxima edición…

Mientras tanto, veintiuna personas, muchas de ellas niños, morían ahogados en nuestras orillas, a las que llegaron huyendo del hambre y de sus problemas.

Odiseas personales

¿Qué habría sido de Ulises si hubiera renunciado a Itaca?

¿En qué nos convertimos cuando abandonamos, cuando dejamos de perseguir los sueños, cuando nos plegamos en las arrugas de la rutina, cuando nos limitamos a hacer y a ser lo que se espera de nosotros?

¿Qué somos cuando no escuchamos la tentación de las sirenas, cuando no sentimos el abismo de los océanos?


"Negritud"

El corto de Patrick Bencomo (estrenado el 11 de febrero en Tenerife y el 12 en Las Palmas) lanza una idea de las que te llevas a casa para seguirla rumiando. Un paralelismo entre dos procesos masivos de movilización humana intercontinental, con varios siglos de distancia.

Sin palabras, Bencomo enlaza las cacerías de los europeos esclavistas tras la mano de obra gratis, hace unos pocos cientos de años, con la mano de obra que en nuestros días huye del hambre y se juega la vida para venderse a cualquier precio en el primer mundo.

El nexo común, más allá del color de piel que da título al cortometraje, Negritud, las necesidades y las víctimas de los todopoderosos sistemas productivos occidentales.

Dos versiones de la misma barbarie, con idéntico escenario: las costas africanas.

Hay que verla.Hay que pensarla. Hay que dejar de sentirse inmune, ajeno a lo que ocurre aquí al lado, en cualquier orilla. Algo habrá que hacer.