historias de no-ficción

Hace algo más de veinte años tuve el primer contacto con la informática. Recuerdo que tenía que hacer un trabajo de estadística. En quinto. En la ULL. El cerebro era una máquina enorme que se escondía, misterioso y gigante, en un cuarto contiguo. Al otro lado, los usuarios manejábamos terminales tontos, aquellas pantallas de letras verdes sobre fondo negro.

Ahora, en cambio, toda la vida transcurre a través de estos cacharros, cada vez más rápidos y ligeros. Las nóminas aparecen y desaparecen por Internet, por donde mismo conversamos, hacemos amigos y hasta, cuentan, se practica sexo. Compramos, vendemos, leemos la prensa, vemos películas…

La dependencia es tal que, cuando se caen los servidores, se paraliza el mundo: empresas, bancos, comercios. Por aquí se perpetran acosos, estafas, mentiras, asaltos a la intimidad…

Es la vida misma. Tanto, que hasta la omnipresente televisión está quedando en segundo plano en muchas casas. Estas endemoniadas maquinitas ya funcionan hasta en la guagua. Es que ya no hace falta ir a la oficina. Ni tenerla.

Internet hace posible situaciones ayer insospechables. Este blog, por ejemplo. Lo abrí para obligarme a escribir de forma regular. Para disciplinarme. Hace unos años usaba libretas y folios sueltos (esto es más ecológico).

Poco después alguien me enseñó a ponerle un contador de visitas (ese cuadratín que aparece en el extremo inferior de la página), con lo que descubrí que desde finales de diciembre han leído mis delirios más de cuatro mil personas. Para mi sorpresa, la mayoría desde fuera de Canarias.

¿Cuatro mil y pico? Los libros suelen salir en ediciones de mil ejemplares. Y cuando escribes en los periódicos, puedes saber a cuanto asciende la tirada. También, si te lo crees, la cantidad de ejemplares que se venden. Pero nunca sabes cuantas personas se paran precisamente en lo que tú has escrito o si usaron tus líneas para limpiar los cristales.

No hace mucho fui al estreno de un cortometraje y, al volver a casa, se me ocurrió escribir lo que aquella cinta me había dejado rumiando. Al día siguiente encontré un mensaje del director en mi blog. Son cosas que, hace unas décadas eran simplemente imposibles.

Aquí escribo sin vértigo, pues quienes entran y hasta puede que lean, ésos, ésos son seres virtuales, etéreos, invisibles. Pero en esto va y alguien se anima y hace un comentario. Es lo alucinante. Casi mágico. Porque es entonces cuando Internet se convierte en un camino de ida y vuelta.

excusas


De vez en cuando llega el minuto. Ése en el que todo se destapa, descubriéndose pueril, absurdo.

Todo se exhibe, entonces, como puro montaje de nuestras cabezas. Y de otras. Un guión inventado, una sombra del otro lado de la caverna con la que distraemos los días. Le fabricamos un sentido a nuestra peculiar pantomima y, de paso, nos obligamos a levantarnos otra mañana más.


Tenemos que creer en algo. En dioses, nóminas, equipos de fútbol, esloras de barcos, chicas del quinto, vacaciones lejanas, coches más contaminantes, mundos felices…


Excusas para seguir, aunque nadie sepa bien adónde.


huecos y demás espacios

Tronco hueco de un árbol en la Finca de Osorio, Teror, Gran Canaria.

Dice Lao Tse que lo importante de las cosas es el vacío que crean. En contra de la visión occidental que sobredimensiona el envoltorio, el diseño, para los taoístas lo relevante es el espacio que delimitan.

Así, lo esencial de un vaso es su cavidad. Una casa sin puertas ni ventanas, sin espacios libres, no sería una casa. Perdería utilidad.

La reflexión da para mucho, sobre todo si la llevamos al terreno de lo personal. Aunque allá cada cual con las ganas que tenga de cultivar precisamente eso, su espacio interior, o de emperifollar su envoltorio hasta taponarse todos los orificios.

La imagen de arriba es la de un árbol hueco. Utilidad no sé si tiene. Bonito sí quedó.

Modelos


Un buen día se preguntó qué habría sido de su vida sin los otros. Los otros en los que se miraba y medía. Aquellos en base a los que se construyó. Ésos a quienes siempre quiso parecerse y los otros de quienes se afanaba por diferenciarse. Los que dejó atrás y los que siempre se empeñó en adelantar… Si no fuera por todos ellos, ¿que habría sido de él?


Quizás habría creado, inventado, improvisado, crecido.
Puede que se sintiera aliviado, sin tener que ser ni superar.
Es posible que sin los cadáveres de unos ni las nubes de los otros, sintiera el terror del abismo.
O que aprendiera a vivir sin los tiras y aflojas de las fuerzas de rozamiento humanas.

¿Quién sabe? Sólo es un suponer.

La imagen es de IRMA GRUENHOLZ. http://www.deplastilina.com

Cegatos

Recuerdo un fin de año en que un godo, de los que ejercen, me dio la noche. Uno de esos tipos que se quedan a vivir aquí y no paran de despotricar de las Islas y de nosotros. Tan petardo se puso que desbordó mis muchas ganas de ignorarlo.

En voz muy alta y sobrada de eses, ces y zetas, aquel personaje venía a decir que la única idiosincrasia de los canarios es que somos rematadamente idiotas. Especialmente porque las administraciones locales no le permitieron levantar un hotel en espacio protegido. Mira tú por donde. Los catalanes sí son diferentes, decía. Los canarios, igualitos que los de La Mancha, se jactaba el lumbreras.

Este mal recuerdo me viene porque acabo de hacer un viaje relámpago por medio archipiélago. Tres islas en seis días. Tiempo suficiente para reafirmarme en que cada una tiene su ritmo, su paisaje y su psicología.

Dediqué esos días a mover CANARIdoscopio.com. Un proyecto que, respetando las diferencias, pretende unir, tejer una red que facilite la comunicación, el conocimiento, el intercambio. Así y todo, tampoco faltaron los insularistas recalcitrantes, aquéllos a quienes lo primero que les interesa es el ADN del proyecto, de sus promotores.

La arrogancia del primero y el ombliguismo del segundo son dos formas de la misma ceguera, dos negaciones igual de castrantes.

Al godo, aquel treinta y uno de diciembre, le dije que tan listo no debía ser si en tantos años por estas ínsulas no se había enterado de nada.

Al del pedigrí, el otro día, le confesé que soy canarión, padre de un niño chicharrero de madre herreña. Que, por favor, no me estuviera contando pamplinas.

De lo superfluo


La televisión, la radio, los periódicos, las familias, los amigos y desconocidos, la gente por la calle… todo el mundo a todas horas está hablando de lo mismo, de la maldita crisis. Estamos todo el rato metiéndonos miedo unos a otros con lo mal que nos va y lo peor que nos va a ir, así que terminamos congelados, petrificados… incapaces de dar un paso por temor a estallarnos.

La situación económica crea un estado de opinión, una ideología (Karlitos, dixit). Y esa ideología influye nuevamente en la situación económica. Pura dialéctica materialista. Así que, o dejamos de llorar y nos ponemos las pilas, o acabaremos ahogados en tanta lágrima facilona.

Estamos en tiempos de siembra. De sembrar y poner cimientos.

Sin que sirva de anestesia, no está mal recordar como lo pasaron unas generaciones atrás durante la posguerra española. Aquello sí que era hambre.

Ocurre que ahora, si no cambiamos de coche a cada golpe de antojo, si no llevamos el último modelo de móvil, si no utilizamos el ordenata más potente del mercado ni vestimos con la marca de moda ni veraneamos lejos muy lejos… parece que morimos de miseria.

Estamos sobrados de necesidades absurdas. Por eso, este período nos vendrá genial para sacudirnos más de una dependencia superflua y volver a poner los pies en la tierra. Para redescubrir las grandes cosas que, normalmente, son las que no cuestan dinero.