Como sardinas

Como sardinas en lata. Ésa fue la sensación que me dio ver los desnudos que retrató en Sidney el fotógrafo ése que da la vuelta al mundo captando imágenes de masas en bolas.


Al día siguiente, al cruzar a pie uno de los puentes sobre la autopista, pude ver decenas de coches que corrían por segundo, carretera arriba, carretera abajo. Miles de historias enlatadas circulando ordenadamente por las vías: solitarios escuchando la radio, parejas enfrascadas en viejas discusiones, progenitores adiestrando a la tropa camino de la escuela, soñadores de vidas lejanas conduciendo de memoria, administrativas retocándose el presente en el retrovisor, apuradores de mocos en el semáforo de turno…


Desde que nacemos, nos instalan en cubículos reducidos. Antes de darnos cuenta, nos ponen a formar filas vestidos de uniforme. Nos entrenan para trabajar hacinados en minúsculos puestos.

Ya puestos, cuando perdemos el empleo, seguimos haciendo cola.

Lo interiorizamos de tal manera que hasta nos cuesta entender el ocio sin bullicio.

Pasamos el año ahorrando para presuntamente descansar unas semanas en tumultos diferentes.

Así, hasta el final de nuestros días.