reflejos de ciudad

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renacimientos



Del adoctrinamiento católico de mi infancia me quedaron muchos prejuicios almacenados. Claro que, como todos, aproveché las mudanzas ideológicas para vaciar esos armarios. Una tarea larga y pesada aunque liberadora.

Así y todo, ya lo dice la psicología evolutiva: de lo que se mama de chico, siempre queda algo.

La mayoría de esas ideas no me son de ninguna utilidad en este mundo de depredadores: Amar al prójimo como a uno mismo. Ser siempre pobre para pasar por el hueco de la aguja. La Buenaventurada bondad y el castigo seguro de los malvados… Y más.

De otras, en cambio, me resisto a deslastrarme. Aunque, la verdad, mi relectura poco o nada tienen ya que ver con lo que me habían contado.

Esto de la navidad, por ejemplo, no logra enredarme en la ansiedad consumista. Tampoco en celebrar la llegada de un iluminado que viene a salvarme y acaba dejándose matar para redimir mis pecados. Buf, qué macabro!

En cambio, se me antoja que estos días tienen más que ver con el renacer, con reencontrarse y reinventarse. Con dar oportunidades, a la vida, a los amigos y a los enemigos… A mí mismo.

Recargar el tanque con energía limpia, poner el cuentakilómetros a cero y volver a arrancar.

Tiene que ver con la confianza. En uno mismo y en el resto. En que las piezas van encajando, a su ritmo, con su propio orden, en el momento preciso…

Imperfecto es una cualidad del Pretérito.  Si nos permitimos el renacer, todo lo demás queda por inventar.

Además, casi lo olvido, hay que hacerlo sin convertirse en un iluso. Nunca dije que fuera fácil.

2011


Si esta navidad, para empezar, en lugar de regalar objetos, obsequiamos algo de nosotros: unas horas de tiempo, una conversación, un rato de escucha o un silencio cómplice…

Si nos despojamos de la dependencia de las cosas y compartimos las imprescindibles: coches, casas, cocinas…

Si ponemos en común las ganas y las ideas…

Si dejamos de vivir en burbujas individuales, unifamiliares…

Si cambiamos el temor al prójimo por sentirnos parte de un todo, tomando conciencia de comunidad, de los recursos de los que disponemos y, de paso, buscamos el modo más racional de compartirlos, repartirlos, conservarlos…

Si admitimos que cada cual evoluciona a su ritmo y hacia donde considera pertinente, puede o se le antoja…

Si abandonamos las frivolidades estéticas y los uniformes, especialmente los ideológicos…

Si usamos las máquinas para lo que necesitamos y nos liberamos de la adicción al último modelo de cualquier cacharro…

Si, por una vez, probamos a comprar/consumir sólo lo que realmente necesitamos…

… entonces, entonces sí que 2011 será un año realmente diferente.

elásticos


Hay momentos, situaciones, que nos exigen una elasticidad suprema. Ya saben, la rama que se dobla y sobrevive, frente al rudo tronco que cae abatido por el viento. Aquel cuento chino.

No es que lo ponga en duda. Al contrario. Sólo que los elásticos también se enredan, como en el juego de la infancia, entre los dedos. Y, a veces, hasta rebotan golpeándonos la cara.

una de piratas


Hay épocas en las que es preciso cruzarse el sombrero de papel, empuñar la espada de cartón y surcar los mares, navegar rumbo al Imperio para, una vez allí, batirse a muerte contra todos sus guardianes hasta, al fin, alcanzar el cofre de los tesoros que durante siglos han expoliado.

Con el botín a bordo, recorreremos el mundo, desfaciendo las injusticias de la historia, financiando la agricultura y la cultura, avalando las industrias sostenibles, posibilitando que cada cual viva como le plazca en su tierra y que viaje sólo quien quiera, dando eco a la imaginación colectiva, aboliendo la dictadura de los mercados y el rodillo ideológico, garantizando el acceso a la salud, educando en la igualdad y la justicia.

Acabada la tarea, bucaneros, de vuelta a casa, a cultivar el huerto de las ilusiones  y  las chifladuras.

Y todo, antes de que suene el timbre, el que pone fin al recreo de nuestros sueños, el que nos vuelve a encerrar en las jaulas de la realidad.