erosiones

Fueron los primeros. Nadie confiaba en ellos. ¿Cómo se atreven?, les decían. Serán ilusos, rumoreaban entre risas.

Pasaron los años y supieron esquivar los momentos de desánimo, que fueron muchos. 

Unos pocos se sumaron a la tarea. El viento, la bruma, la lluvia, las olas…

Con ellos llegaron los logros y, con éstos, más apoyos. Algunos se atrevieron a enraizar, profundizando en la labor, trabajando desde dentro.

Pasaron siglos y los osados se organizaron. Se constituyeron en pisos de vegetación, especializándose en cada tipo de suelo.

Así fue posible y, a pesar de la desconfianza, la roca acabó en la orilla, hecha arena.

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brumas


Hay días de neuronas enterradas
que esconden ideas bajo las piedras.


Ésos en que los axones giran desorientados
entre brumas espesas
confusas.

Días en que toca aguardar
por si se disipa la niebla
y, con suerte, al fango lo arrastra la lluvia horizontal.

relojes

El reloj de Cortázar era nuevo. Por eso, en su fondo, Julio veía la muerte.


Yo prefiero los relojes antiguos, porque tras sus esferas, allá al final, están los madrugones que ya me di, las lágrimas que ya enjugué, los fiascos y las meteduras de pata que ya viví, las amarguras que digerí… También porque, al fondo del todo, está aquel orgasmo de mis padres, el que trenzó el encuentro que aún desenredo, el que peino, el que soy.

historia natural

En algún siglo de este viejo planeta, tus células y las mías formaron un mismo organismo.

Una microbacteria, un árbol, un gigante o diminuto animal marino, un alga o un dinosaurio, un elefante o quizás un gusano. No lo sé. No puedo recordarlo.
El ciclo de la vida o el alimentario, qué más da, nos separó en algún momento y desde entonces recorrimos miles de seres y formas, cada uno por su cuenta.
Hoy, aquellas células con las que convivimos componen nuestros respectivos cuerpos, donde ahora se reconocen, se buscan, se compenetran, se funden…

qué crisis?

Si el dinero se crea pero no se destruye… ¿dónde porras ha ido a parar?

Ya vale con que lo convirtieron todo en ladrillos, en pisos que no venden. De ser así, lo tendrá quien vende los ladrillos. Digo yo, por empezar a buscar en algún sitio.

O va a resultar que es fotosensible, que desaparece como las vitaminas de las naranjadas, aquéllas que de pequeños nos hacían beber rapidísimo para que no perdieran sustancia. Anda, ahora que caigo, va a ser por esto que jamás ahorro.
¿Crisis? Para justificar despidos masivos y prácticamente gratis, recortes sociales, destrucción de derechos laborales que costó siglos conquistar… Y la banca sin cesar de hacer caja.
Al final, otro negocio redondo, otra campaña publicitaria planetaria, al estilo gripe A y timos similares.
Mentira, todo mentira.

calcetines


Desde sus primeras navidades le enseñé a gritar “Viva la República” al paso de los Reyes Magos en la Cabalgata. Lo hacía aún cuando desordenaba las palabrejas con tantas sílabas. 

El año pasado comenzó a sospechar que mi consigna no debía ser algo bueno y hasta advirtió a sus amigos para que no la corearan, por si se quedaban sin regalos, decía.

Este año, con sus siete recién cumplidos, al intentar convencerlo me preguntó qué es eso de República, lo de ser republicano. Cuando le expliqué que consiste en estar en contra de los reyes, cuestionó extrañado: ¿Por qué no te gustan? Sin ánimo de ser más panfletario de lo debido, le resumí que son personas que tienen muchas riquezas sin haber trabajado nunca para conseguirlas, que viven a costa del trabajo de los demás (hay tantos así). Sin dudarlo un segundo, contestó vehemente: “Pero éstos son buenos, Papi. Éstos comparten lo que tienen. En lugar de darnos dinero, van y nos compran regalos. Es como si repartieran sus riquezas”.

Tras un espeso silencio que, confieso, yo invertía en rumiar como rebatirle semejante argumento, zanjó la conversación concluyendo: “Claro papá, como eres republicano todos los años te regalan calcetines”. Será por eso.