De repente te haces mayor
las arrugas recorren tu risa
tus manos se tornan ásperas
la vista, borrosa
las responsabilidades, eternas
Llover sin nubes
reír sin ganas
bailar sin pies
vivir con miedo.
Comer sin hambre
soplar sin aire
correr sin prisas
amar con freno.
Dormir sin sueño
soñar sin pasión
nadar sin agua
latir sin sangre
vivir sin ganas…
Aquel hombre vivía en medio de la nada. Nada por aquí. Nada por allá.
Llevaba consigo muy pocas cosas, aunque arrastraba una enorme sombra que revoloteaba tras de sí: su colección de palabras aladas, aladas y parlanchinas, que le murmuraban historias increíbles a las que se acurrucaba antes de desplegar sus sueños.
Tenía sueños de todos los tamaños y colores. Bien doblados, los llevaba en su viejo carrito de la compra, ordenados por texturas y utopías. Alguna vez, al sacarlos, sorprendía algún imposible arrugado. Esos días eran los peores, porque no descansaba hasta dejarlos perfectamente almidonados, como el que más.
Todos eran importantes, los de arriba y los del fondo del carrito, aunque algunos iban quedando tan abajo, que le resultaba imposible alcanzarlos, ni siquiera para airearlos.
Los había especialmente caprichosos. Sueños exigentes como niños malcriados, que pataleaban en cualquier lugar hasta ganar toda su atención, sin descansar hasta adormecerlo.
También los llevaba excitantes, rebosantes de abismos y picardías. Cíclicos e insistentes. Terroríficos y agotadores, de esos que garantizan un despertar aún más cansado que el comienzo. Ensoñaciones monocromáticas, infinitamente aburridas…
De todos los tipos, duraciones y ambiciones, pero solo sueños. Ése era su capital, palabras aladas, historias increíbles y puro sueño. Un reino onírico.
Por eso, cuando los hombres de corbata vinieron, de puerta en puerta, buscando cosas que revender, no supieron qué arrebatarle. No tenía nada que hipotecar, solo sueños por alcanzar. Todo por ganar.
Y si suelto los amarres del pánico
si me entrego al viento de la risa?
Y si pongo punto y final al callar
vocalizando el nombre de cada cosa
saboreando el silencio sin simular olvido?
Y si dejo de esperar la ocasión
la idolatrada
esa que nunca llega
la que está siempre por venir?
Y si despierto ya para vivir los sueños?
Si hago lo que me da la gana, lo que siempre quise?
Y si por fin me entrego a la vida,
ahora que se acaban los tiempos?
Padecía de adolescencia mal curada porque, como los catarros, la pubertad que no se ataja a tiempo se convierte en enfermedades terribles y otros monstruos de la inconsciencia. La mayoría, incurables.
Te esperaré en el penúltimo infierno
bajaremos juntos los últimos escalones
Antes de ser pasto del fuego
reviviremos aquellas tardes alcohólicas e incrédulas
de domingos invernales
combatiendo la humedad con la timidez de un sol brumoso
hasta acabar intercambiando piernas bajo sábanas descoloridas
Me miraré en tu espejo
y no reconoceré a este niño viejo
Refrescaremos los pocos recuerdos que no hayamos vendido
Esos momentos en que vencimos la rutina
cuando no fuimos lo que se esperaba de nosotros
las pocas ocasiones en las que encontramos la rendija y nos atrevimos
Todo lo demás, tiempo perdido
Los pasos que nos dictaron
nunca fueron nuestros
No se trataba de dejar huellas
tampoco de abrir caminos
Tremenda osadía
Solo era cuestión de ser
o dejarse arrastrar
Maldito dilema
En la penúltima, te espero.
La culpa fue del calendario (1)